La lengua es el látigo del culo. Parte 2

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– Padre, padre… doña Graciela desapareció en el aire…

– ¡Bendito sea Dios! ¿Y cómo pasó?

– Yo no sé, sólo se fue.

Con la cagalera que tenía no era de buen gusto hacer asunciones imprevistas, creía el cura, aunque, “¡qué carajo, milagro es milagro!”. Pero antes había dicho que iba a resucitar al tercer día. El reverendo abrió desmesurados los ojos.

– Y hay que construirle un altar –mintió María, de su cosecha.

El cura buscó a Cristina y a su tío Tulio para averiguar qué pasaba, y no los encontró en ninguna parte por lo que concluyó que también habían desaparecido milagrosamente con la vieja. Familia bendita. Así convencido decidió cumplir el último deseo de doña Graciela, “alma pura que al cielo ascendió”. Y no fue difícil porque medio pueblo se ofreció a construir el altar para rezar porque la vieja se quedara en el cielo y por su grandeza los ayudara con milagritos fruto de su pureza. Si era el caso le harían novenarios y declararían día patronal para el caserío.

Cuando llevaban tres días de espera, sufriendo un tortícolis de tanto mirar al cielo, y no aparecía empezaron a alegrarse. Podía ser que no bajara, rogaban.

– Padre llevamos tres días aquí. ¿Cuándo va aparecer la santa doña?

– Confíe. Pronto será.

– Pues ojalá porque el olor a mierda de este altar ya no se aguanta.

– El tercer día a de llegar señores.

Y llegó, y aparecieron Tulio con una borrachera de tres días y Cristina regresando de tres días sin su madre. Era domingo de resurrección. Se asustaron al verse llegar y con cautela asomaron a la casa, y para evitar que la vieja los matara subieron por una tapia lateral que daba al rio del lado opuesto del jardín. Cuando entraron no encontraron a doña Graciela por ningún lado, entonces les llamó la atención el tumulto de gente que había frente al mausoleo.

- ¡Puta se jodió la vaina, no nos pudimos librar de la vieja, ya empezaron a descender los primeros santos! –dijeron los más piadosos y pronto seguiría la doña, que molestia.

El pueblo entero se hincó ante los dos santos recién bajados del cielo. Cristina y Tulio no entendían nada extrañados ante el altar recién fundido, delante del mausoleo, en cemento blanco con lozas bien pulidas y brillantes, como había pedido la doña, según María.

– ¿En dónde está mi mamá?

– La María dijo que ustedes subieron al cielo y la doñita quería un altar para que le recemos eternamente.

Furiosos por la estupidez colectiva y guiados por el olor a mierda fresca que apestaba tumbaron el altar y ante la mirada atónita de todos encontraron a doña Graciela en su pulcro mausoleo, cagada hasta las orejas con la espalda y el resto del cuerpo escaldados.

– Y no que había subido al cielo.

– Pues no y por aprovecharse de la lengua de la María suficiente látigo recibió su culo.


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