El último viaje ( Final)

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Anteriormente: ... Las risas y pitorreos de Isabel no se hacían esperar; orgullosa ella de carecer de esos “inconvenientes”. En medio de sus sonoras rechiflas,  casi siempre hacía despertar al odiado señor Cifuentes quien, después de darles caza y penarles con su consabido sermón, les hacía subir hasta su despacho para dedicarles unos cuantos minutos de ardorosa “charla de cinto y tralla”, como él lo llamaba de forma vengativa y rebuscada. Y después, por separado, como siempre, llegaba su perversión…

 

***

 

-IX-

 

Cuando entró en su despacho le pareció haber dado un nuevo salto en el tiempo, volviendo a sentir esa idéntica y  desagradable sensación de haberlo vivido antes. De nuevo le apoderó el dolor de cabeza y tuvo necesidad de tomar asiento en aquella vieja silla que aún se conservaba junto al polvoriento escritorio del director.

 

El compartimento era de unos diez metros cuadrados, iluminado por un amplio ventanal que daba al jardín lateral, ahora casi tapado por unas entrecruzadas maderas de pino viejo; los muebles labrados a mano en una madera maciza de excelente roble, algo rebuscados pero acordes al gusto de la época, aún se mantenían en perfecto uso y no llegaba a entender por qué el Ayuntamiento no los había vendido a alguna almoneda, pues su antigüedad y excelente manufactura les hacía tener un gran valor para un coleccionista entendido.

 

Sobre la mesa se conservaba orgulloso un tintero de cristal y una colección de despuntadas plumillas desparramadas en una cajita de madera. Cuatro librerías remataban la composición del despacho; en la primera de ellas se acomodaban varios libros de registro del orfanato ordenados por años, mientras en la siguiente  se apilaban sin orden ni concierto, unos sobre otros, un montón de legajos y otros tantos libros de rigurosa contabilidad.

 

Un hueco se observaba en la primera de ellas, entre los registros de los años 1923 y 1925…

 

El año 1924 fue un año muy especial para Carlos e Isabel…

 

Tomó en sus manos el grueso libro existente sobre la mesa y lo abrió por el separador colocado entre las páginas 64 y 65 …

 

Un fuerte dolor le atravesó el pecho de nuevo… Leyó repetidamente con lágrimas en los ojos aquellas mortificantes y tumbadas letras escritas a plumilla:

 

«Asiento núm. 32.- Dos hermanos gemelos, niño y niña, nos han sido dejados en el día de hoy para su custodia y tutoría por el alcalde de esta Villa. Son hijos espurios del depositante y de mujer de monjil clausura cuyos datos no se nos facilitan por el interesado. Nos pide que se les ponga el nombre de Carlos e Isabel, respectivamente. Así lo hago constar, y traslado sus datos de nacimiento al Registro Civil, no haciendo mención expresa de su ilegítima filiación. Se les pone a ambos los apellidos de “Expósito de la Plaza” para el varón, y “De la Villa Expósito”, para la niña. Firmado y fechado en esta Villa el quince de Febrero de mil novecientos veinticuatro. El Director. Gregorio Cifuentes».

 

-¡Malditas..! ¡Malditas..! ¡Malditas..! ¡Todas ellas lo sabían..!

 

…«Estamos en el asiento número 32, pero… ¡que no se os ocurra decírselo…!»…

 

«¡Él es sólo mío…! ¿Me oís…?» -aquellas palabras perdidas en el tiempo le laceraban los tímpanos...

 

Colocó la bolsa de viaje encima del escritorio y la sacó para colocarla en la tercera librería…

 

Clara, Virginia, Antolina, Fernanda, Sara, Berta, Mónica y Marta…

 

Todas sus cabezas lucían ahora pútridas, colocadas una tras otra en el estante intermedio…

 

La de Isabel quedó perfecta en el noveno lugar ,acabando con ella la macabra lista…

 

«¡Él es sólo mío…! ¿Me oís…?» -salió esa voz de su boca…

 


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