LA MORSA (2 de 2)

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Jamás había oído el nombre de ese circo, y no sabía cómo iba a hacer para encontrarlo, pero tuve suerte de que la monja estuviera al tanto de su paradero:

–Lo último que escuché fue que estaban en Santa Fe –dijo–. Ojalá tenga suerte y aún sigan allí. Los circos viajan de una ciudad a otra sin descanso.

–Iré mañana mismo –le dije–. Muchas gracias por todo.

–No me lo agradezca, joven. Solo espero que usted se anime a hacer lo que yo no hice, y así logre desenmascarar a ese circo maldito.

La ciudad de Santa Fe está ubicada a cuatrocientos kilómetros de donde vivo. Considerando que los circos viajan incluso por diferentes países, me consideré afortunado de tenerlos a unas horas de viaje.

Ese sábado dije a mis padres que iría a lo de un compañero de escuela y que me quedaría a dormir allí. Así pude viajar en tren a Santa Fe.

Intenté dormir durante el trayecto, pero una y otra vez me despertaba la misma pesadilla. Soñaba que estaba en mi cama y el ser de siempre estaba frente a mí. Ese ser que no era una persona, sino una especie de morsa. Con una piel grisácea con pliegos, y dos colmillos como sables que podrían matarme sin esfuerzo. Me miraba fijo con ojos redondos, sujetándome con sus garras mientras dejaba caer saliva sobre mi rostro.

Luego de varias horas de viaje llegué a mi destino. Desde la estación se veía la enorme tienda principal del circo. Caminé hasta el lugar y vi el predio repleto de globos y guirnaldas, que adornaban el camino desde la calle hasta la entrada principal; decenas de sogas cruzadas sujetaban banderines de cada una de las diferentes funciones: las gemelas araña, la niña cíclope, el hombre más gordo del mundo…; todo era exuberante en aquel lugar, nada se hacía a medias en el circo de los hermanos Sierpinski.

La fila de gente esperando para ingresar parecía no tener fin, y junto a la entrada vi a un personaje de lo más curioso. Era un hombre alto y delgado, tenía puesto un traje blanco con rayas rojas y un sombrero de copa de los mismos colores; era el presentador.

–Pasen a ver –dijo–, pasen a ver. El circo de los hermanos Sierpinski llegó a la ciudad.

Unos enanos abrieron las vallas y la gente se apresuró por pasar, chocándose entre sí mientras el presentador los guiaba con su bastón.

Quise comprar una entrada, pero ya habían cerrado la ventanilla. Esperé entonces a que todos ingresaran y hablé con el presentador.

–Ya no hay más lugar, joven –dijo con una amarillenta sonrisa de dientes largos.

–Por favor, déjeme entrar. Vengo de muy lejos y no puedo esperar hasta mañana.

–¿Mañana? –dijo mientras le daba brillo a la bola en la punta de su bastón con un pañuelo– Mañana nos iremos de aquí. Nos iremos lejos, muy lejos de aquí.

No podía creer mi suerte. Había estado tan cerca de ingresar y quizás descubrir qué ocurrió con mi hermano. Decidí entonces esperar a que oscureciera para escabullirme.

*

Aguardé en la vereda de enfrente, mirando a la enorme tienda a rayas proyectando luces y sombras como una alegoría en donde la verdad se rehusaba a revelarse. En medio de la velada crucé la calle y salté la valla.

Me metí entre los grandes carros llenos de animales, recorriendo aquel laberinto de colores. Desde fuera el circo es un espectáculo como ningún otro, pero al otro lado de la valla la cosa cambia. Las tiendas estaban llenas de tierra, y en la oscuridad de la noche, las imágenes de los carteles se veían grotescas y morbosas.

Caminé despacio, por miedo a que alguien pudiera descubrirme, y cada sonido parecía provenir de las figuras de los carteles que es erigían como gigantes ante mí. Oía murmullos y pasos lejanos, y hasta una bestia soltó un rugido que me heló la sangre. En un momento escuché ruidos provenientes de una jaula y al darme la vuelta lo vi. Fue una de esas situaciones en las que uno no sabe qué es lo que está buscando hasta que lo encuentra.

Era un vagón, una jaula con ruedas. Estaba tapada por una cortina pesada y en la parte superior se leía: “El Niño Morsa”.

En ese momento unas personas se acercaron, pero logré correr la cortina un instante para echar un vistazo.

Allí estaba él, tenía una piel grisácea con pliegos, y dos colmillos como sables que podrían abrirme el abdomen sin esfuerzo. Me miró fijo con ojos redondos, gruñendo, aferrado a los barrotes con sus garras desproporcionadas.

Me escondí entre las sombras y esperé a que los hombres llevaran el carro mientras el ser que estaba dentro continuaba gruñendo desde el otro lado de la cortina.

Cuando se fueron yo salí de mi escondite, y corrí mientras escuchaba a lo lejos al presentador del circo: «Mitad humano, mitad animal. Cien por ciento monstruo».

*Aquel ser no me lo dijo, pero sé que me reconoció. Me pidió ayuda con su mirada y yo no se la di.

Recordé entonces haberlo visto de pequeño, hasta que un día desapareció de mi vida, pues mis padres habían decidido no criarlo más como a un hijo.

Esa noche no lo ayudé, y sé que no me lo perdonaré mientras viva. Lo dejé en el circo porque fui un cobarde, porque soy un cobarde al igual que mis padres.

Desde entonces, más que nunca, los veo a ellos seguir con sus vidas vacías, y veo sus miradas sin alma; unos ojos iguales a los míos. Ahora yo también cargo en mi interior ese profundo dolor superior a cualquier vergüenza.

Frente a mí pasan los días como los de un niño huérfano que espera a una familia perfecta que nunca llegará. Así, camino con tristeza hasta que cae el sol, momento en que estoy de nuevo en mi cama a punto de que quedarme dormido, sabiendo que tendré otra vez la misma pesadilla.

.

FIN


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