UNA GRULLA PARA AZAZEL (3 de 4)

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La segunda vez que lo crucé no tuve la misma suerte. Mi bandeja chocó con su brazo y un poco de puré de zapallo salpicó su musculosa blanca. Miré hacia arriba en lo que pareció una eternidad. Sus pectorales, que estaban a la altura de mi cara, se extendían en todas direcciones. Muy por encima vi lo que más temía: la mirada perdida de Viktor que, aun apuntando en dos direcciones cualesquiera, no tuve dudas de que se había posado en mí.

–Perdón –dije en vano, pues esa palabra no estaba en el pobre diccionario de Viktor.

Él no dijo nada, pero durante el almuerzo no dejó de mirarme, o al menos eso sentí. Yo solo lo vi unas pocas veces mientras intentaba descifrar si él tenía intenciones de matarme o solo darme una golpiza.

–No te preocupes por Viktor –dijo Rogelio esa noche–, él y yo jamás hemos tenido un problema, y aquí todos saben que eres mi compañero de celda.

Pero, como dije antes, los problemas pronto me encontrarían. Es que es difícil mantenerse alejado de ellos en un sitio atestado al punto en que indignaría incluso a los protectores de animales; donde las enfermedades florecen ante la falta de higiene; donde es preciso encontrar una salida para no enloquecer, ya sea la droga, la religión o, como en el caso de Viktor, un constante deseo de poder y destrucción.

Fue otra vez en el almuerzo cuando nos volvimos a cruzar, mientras llenábamos nuestras bandejas. Esa vez me encargué de no perderle la vista; no lo miraba a los ojos, por supuesto, solo miraba su enorme figura de reojo manteniendo la mayor distancia posible mientras íbamos recolectando los platillos.

Iba tan distraído que en un momento el cocinero alzó una especie de budín de pan que allí servían, y yo lo tomé; un budín que no era para mí, sino para Viktor.

Me senté sin darme cuenta en ese entonces, pero pronto mi bandeja fue eclipsada por una enorme figura. Viktor introdujo sus dedos deformes en el budín que yo tenía y sacó de allí unos pequeños paquetes que pronto puso en su bolsillo. Luego se chupo los dedos y habló en una voz tan grave que nadie podría imitar sin lastimarse la garganta:

–Te salvas por ser compañero de Azazel, pero él no podrá protegerte por siempre.

Ese día no paré de temblar. Por la noche Rogelio intentó tranquilizarme mientras hacía una nueva grulla de papel:   –Ya te dije que no te hará nada porque no quiere tener problemas conmigo.

–¿Crees que quiere matarme?

Al terminar la figura de origami la sumó a las otras y tomó un viejo libro:

–No tiene razones para hacerlo, él querrá darte una lección violándote.

Me sentí aún peor, y esa noche no puede dormir. Rogelio en cambio, leyó sin parar durante unas horas y luego roncó más que nunca. Eran ronquidos de una persona enferma, pues sus dolores no eran vanos; Rogelio estaba muriendo de cáncer.

                *

Los días pasaron y yo solo rogaba no hacer enfadar más a Viktor, no quería ni pensar en lo sucedido. Pero, siendo tan famoso en aquel sitio, muchos hablaban de él.

Otro altercado lo tuvo de protagonista; en el patio esa vez.

Un pelado estaba levantando pesas en la banca cuando Viktor se paró junto a él:

–¡Vamos! Una más –le dijo. A lo que el pelado continuó con un máximo esfuerzo–. Otra, ¡hazlo!

Los brazos del calvo se flameaban mientras Viktor insistía que continuara.

Al final, cuando no pudo más, lo ayudó sosteniendo la barra, que tenía no menos que mi propio peso a cada lado. Parecía que Viktor iba apoyarla en los soportes, pero en lugar de eso la soltó, y desde lejos se escuchó un chasquido ante el que todos volvieron la vista.

Al día siguiente supe que el golpe le provocó una fractura de esternón y de tres costillas al recluso. Por poco no murió ahogado en su propia sangre. Al oírlo yo también estuve cerca de morir ahogado con el almuerzo:

–Nadie sabe por qué lo hizo –dijo el muchacho de la cicatriz que le atravesaba el ojo–. Anda más enojado que nunca desde que se supo que tiene sida.

Fue otra noche sin dormir para mí. No solo por miedo a Viktor, sino porque Rogelio se quejó más que de costumbre a causa de sus dolores.

Me senté a su lado, y le sequé varias veces la transpiración de la frente con un paño.

–Hoy no hice una grulla –me dijo.

En ese momento pensé que deliraba, y estuve por llamar al guardia para que lo llevaran a enfermería, pero insistió con el asunto:

–Todos los días debo hacer una grulla, hoy no pude. Debes hacerlas tú. Prométeme que las harás tú a partir de ahora.   Yo no sabía hacer nada en papiroflexia. Entonces Rogelio me fue dando las indicaciones (me cuesta llamarlo Azazel, más aún cuando lo recuerdo en momentos como ese).

«Dobla el papel por su diagonal» me decía, «ahora levanta cada punta hasta la mitad» me explicaba.

Luego de varios errores y correcciones la terminé. No quedó perfecta, pero era una grulla entre tantas que había en la cama, y desde lejos nadie prestaría atención a los detalles.

–Ya está –le dije–. Yo haré las grullas que hagan falta hasta que te recuperes –pero Rogelio no contestó.

Había perdido el conocimiento. Lo llevaron a enfermería y yo dormí solo en la celda F7. Esa noche recé por primera vez, tampoco sabía cómo hacerlo, pero, al igual que la grulla, mi rezo fue uno más entre tantos que se escuchaban por las noches, y Dios desde tan lejos, no prestaría atención a los detalles.

Recé por Rogelio y también recé por mí, para que Viktor no se enterase de que yo estaba solo en el tiempo que mi compañero estuviese en enfermería.

Pronto supe que no era más que un Iluso. Las noticias corren rápido en un lugar atestado al punto en que indignaría incluso a los protectores de animales.

...

...continúa en la cuarta y última parte...


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