La conocí en un sueño

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"La conocí en un sueño y aunque apenas la recuerdo, me pareció magia ese precioso tiempo."

       Jose llegó a casa y cansado se sentó sobre la cama sin hacer de su habitación. Sobre la mesilla descansaba una botellita de agua a medio llenar, un pañuelo arrugado y una caja de pastillas casi nueva que había estrenado por la mañana. Por un momento pensó en repetir y tomar otro paracetamol, pero su estómago revuelto le hizo desistir. 

           Por la mañana la historia había sido diferente, tenía que concentrarse en el trabajo y acallar el latido en su cabeza. Ahora no era necesario pensar, todo lo que necesitaba era meterse entre las sábanas y confiar en que una noche de descanso obrase el milagro. Estornudó dos veces seguidas, se levantó y fue a la cocina, calentó en el microondas una taza de agua, sumergió en ella una bolsita de infusión de jengibre y añadió limón y una cucharadida de miel. Cinco minutos después, el líquido caliente en su garganta le hizo sudar y la humedad liberó en parte su nariz taponada. Se quitó la ropa de calle, se puso un pijama a cuadros pasado de moda y deslizándose en la cama apagó la luz.

Pronto Morfeo le acogió en sus brazos.

         Se encontraba en el casco antiguo de una ciudad, aunque no sabría decir cuál. El pavimento empedrado, los soportales del mismo material que, en días de lluvia, protegían a los paseantes al tiempo que se convertían en lugares privilegiados desde los que ver caer el agua sobre edificios que habían sido testigos de la historia.

        A su lado conversaban jóvenes, quizás algún conocido. La escena, aunque contemporánea, no parecía estar ocurriendo en un tiempo concreto. Podrían ser perfectamente sombras de un pasado alternativo o ecos del presente en el que discutían animadamente personas que ya no eran. El caso es que Jose intercambió algunas palabras, entre otros, con una chica de exquisita educación. En un momento dado, las puertas de lo que parecía un recinto espiritual, quizás una capilla que contaba su edad en siglos, se abrieron y las personas que estaban hablando entraron.

         Jose, tímido por naturaleza, decidió irse. Nadie le había invitado a entrar y no quería ser un intruso. Es más, le habían ignorado, como hacían otros. Algo decepcionado comenzó a correr, quería llegar lo antes posible a la estación de tren y volver a su casa, a ese lugar en dónde no tenía que pensar. 

Por el rabillo del ojo observó que alguién corría tras él. 

        Pudo detenerse, pero la historia que se había montado en la cabeza, su papel de víctima, de rechazado, le daba seguridad. Eso era preferible a dar explicaciones y tener que desnudar su realidad y mostrar a otros que, si los amigos eran tesoros, el estaba en la ruina.

       Finalmente, agotado, viendo que no llegaba a ningúnlado, se dejó caer sobre el cesped de un parque y cerró los ojos con la esperanza de quedarse dormido y despertar en casa, solo.

          Al abrir los ojos ella estaba allí, con esa sonrisa que desarma ejercitos, amplia como un océano, llena de pureza y de todo lo que tenemos de niños y perdemos al crecer. 

- ¿Volvemos?.- preguntó.

Jose asintió atrapado por aquella voz.

          De camino, ella le contó algo sobre una terraza, sobre su infancia, sobre un vecino que lanzaba una pelota sobre la valla de cristal que separaba sus casas. Le habló de lo que sentía entonces, de su mundo, su vida, sus sueños y de los años que pasan y no esperan por nadie.

        Entraron en el edificio, alguien leía frases que contenían oraciones. A cada frase le seguía el silencio, una frase seguida de una invitación a la reflexión. Jose observó a la chica, guardaba silencio, escuchaba y al mismo tiempo parecía no estar allí. Sus labios se movían como el que reza una letanía, con rostro serio a veces, otras, dejando caer alguna sonrisa a medio camino entre la tristeza y el consuelo.

        De algún sitio surgió una melodía, un canto gregoriano que doto, si cabe, de más misticismo a toda aquella escena dibujada en un cuadro de claroscuros. Jose sintió que faltaba poco para el fin, para salir y volver a oir la voz de esa mujer para...

        El sonido de la canción de la alarma se coló sin avisar, estridente, en el mundo de los sueños, devolviendo a nuestro protagonista a la realidad.

       Se sentía curado, tranquilo y sorprendido. Sorprendido de encontrar esperanza en sus pensamientos, sorprendido de sentir la necesidad de hacer cosas y cambiar.

        Temeroso de olvidar, encendió la luz para ver mejor, buscó lápiz y papel y comenzó a escribir apresuradamente, medio en prosa medio en verso, retazos del sueño, memorias que se difuminaban con rapidez y que dentro de unos minutos se perderían en eso que llaman olvido. 

        La conocí en un sueño y aunque apenas la recuerdo, creo que siempre llevaré conmigo lo que ahora siento. La conocí en un sueño y desde entonces, aunque suene un imposible espero, que ese ángel cruce el espejo que separa su mundo del nuestro.

 


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