EL BURRO (1 de 2)

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Mi nombre es Gustavo Golmayo y soy médico forense. Por once años trabajé en la pequeña morgue de El Amparo, el pueblo en que crecí, luego me trasladaron al Hospital Municipal de Santa Fe, donde trabajo en la actualidad.

En mi nuevo puesto debo realizar autopsias sin descanso, pues no solo se trata de un hospital muy grande en el centro de la ciudad, sino que además es el único que cuenta con una morgue en kilómetros. Por otro lado, dispongo de mucha ayuda; tengo un compañero a quien ya conocía de la facultad de medicina con quien nos llevamos muy bien, y hay gente que se encarga de la limpieza y de asistirnos en lo que necesitamos.

En mi viejo pueblo la cosa era muy diferente. Yo era el único en mi profesión, y por lo general trabajaba solo porque no me era fácil conseguir un asistente. Los empleados duraban pocos meses en el puesto, o bien por lo bajo de la paga, o por diversos sucesos que hacían que no quisieran regresar. Es que en aquella pequeña morgue han pasado cosas muy extrañas, de las que hasta el día de hoy no encuentro explicación.

Yo estaba acostumbrado a trabajar en tales circunstancias, pero no todos tienen la templanza necesaria para estudiar cadáveres de noche en una pequeña y fría habitación, mucho menos para ser testigos de tantos hechos que la ciencia no puede justificar.

Entre tantos asistentes que tuve siempre recordaré a uno de nombre Elías G.

Elías era diez años mayor que yo, y había nacido y vivido en el pueblo toda su vida. Era delgado y bastante inquieto; pestañaba con fuerza cuando algo lo alteraba, y se pasaba la lengua por los labios cuando estaba ansioso. Aquello llamaba mucho la atención, sobre todo porque tenía ojos grandes y acuosos, de un color verde claro, y sus labios prominentes destacaban sobre su fino mentón.

Elías seguía mis instrucciones, pues a diferencia de mí, no tuvo formación académica. Solo había terminado el colegio primario y dejó inconclusos sus estudios secundarios, pero obtuvo el empleo porque nadie más se había postulado en mucho tiempo. Estuvo casi un año en el puesto llegando a ser muy bueno en sus tareas, y hasta le fui tomando algo de aprecio; aunque debo decir que distó mucho de estar entre mis compañeros de trabajo preferidos.

Una noche trajeron un cadáver de un hombre robusto de mediana edad que había fallecido tras caer en un coma alcohólico. Era calvo, y tenía una barba oscura y tupida. Al ver su rostro recordé haberlo cruzado en algún bar, y una vez lo vi buscando pleito. Leí el informe en voz alta mientras Elías iba en busca de los instrumentos para la autopsia, pero apenas pronuncié el nombre del difunto dejó caer la bandeja que traía en las manos y se acercó corriendo.

–¡A este lo conozco! –dijo–. Fuimos compañeros de curso.

Era lógico que en un pueblo en el que todos nos conocemos y que pocos abandonan, viéramos a veces personas cercanas a nosotros. A mí me ha ocurrido de tener que realizar autopsias a varios vecinos y hasta a algunos parientes, pero jamás lo he exclamado a los gritos como lo hizo él; mucho menos, con una sonrisa.

Elías me dijo que ese sujeto lo había molestado durante toda la escuela secundaria, y se reía de él, entre otras cosas, por lo malo que era para los deportes. Luego se acercó al cadáver y gritó en su cara:

–¡Creo que ya no soy el más muerto para el fútbol!

Continuó riendo a carcajadas mientras yo lo miraba sorprendido. Supongo que todos tenemos nuestros rivales, y yo desconocía la historia completa, por lo que debo suponer que su actitud, aunque no sea noble, era entendible. Luego me ayudó a realizar la autopsia con total tranquilidad, por lo que asumí que se había quitado la revancha de su sistema y ya había dado vuelta la hoja. Pero poco después ocurrió un hecho similar.

Una mañana arribó a la morgue una señora que había sido atropellada en la curva de la ruta que va hacia San José. La mujer era de contextura pequeña, era rubia y de cabello largo. Al limpiar la sangre de su rostro pude notar que había sido agraciada. En ese momento llegó Elías, y al verla comenzó a reír.

–¡No lo puedo creer! –dijo– ¡Es Rita!

En efecto, así se llamaba la difunta. Mi ayudante me contó que más de una vez la había invitado a salir y ella siempre se negó; la última vez que habían hablado lo terminó insultando, y hasta le dijo que era el último hombre en el planeta con quien se acostaría.

Luego de terminar la autopsia de Rita, guardé sus restos en uno de los cajones y de nuevo vi a Elías sonriendo, y hasta le regaló un saludo burlón con la mano mientras yo cerraba la puerta del cajón.

Le dije que esa actitud era inaceptable, que no iba a seguir tolerando su falta de respeto a los difuntos, y que si no tomaba el trabajo en serio me vería obligado a escribir un informe para pedir su despido. Enseguida se mostró arrepentido, y me prometió que no volvería a comportarse de aquel modo.

El tiempo transcurrió y no volvimos a cruzar a ninguno de los tantos enemigos que Elías parecía tener. O tal vez sí lo hicimos, pero no les guardaba tanto rencor como para que le hicieran perder la compostura. En definitiva, todo marchó mejor desde nuestra conversación, incluso me disculpé por el modo en que le había hablado. Era evidente que su vida no fue fácil, y todo el asunto quedó enterrado; al menos por un tiempo.

Semanas más tarde trajeron a la morgue el cadáver de una señora mayor. La mujer había sido profesora de educación primaria. Tenía el cabello blanco y hace poco se había jubilado luego de treinta y cinco años de trayectoria docente. Yo la conocía, pero no había sido su alumno, aunque sí lo fue mi hermano, y también, como lo imaginarán, lo fue Elías.

Su rostro se iluminó al verla. Abría y cerraba sus enormes ojos mientras se lamía los labios de manera compulsiva.


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