JUNTOS HASTA LA MUERTE (2 de 2)

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Los restos de Joel me tomaron muchas horas de trabajo. Tenía el torso destrozado, como si hubiese estado en medio de una explosión. Debí tomar registro de cada perdigón bajo su piel para determinar con precisión la distancia y el ángulo del disparo. Hice un trabajo con sumo detalle que pudiera ayudar lo más posible para que hubiese justicia por aquel joven y también por su madre, que sufrió más que nadie al recibir la noticia. Poco después de lo ocurrido, la pobre mujer vendió la casa y dejó el pueblo para nunca regresar. He oído que viajó a su país, donde tuvo gemelos. Me gustaría creer que aquella historia es cierta.

Luego de detallar la ubicación de las municiones, analicé otros elementos que pudieran determinar la magnitud del supuesto altercado previo al disparo; como si el difunto presentaba otras heridas o si tenía ADN del señor F. bajo las uñas. Tal y como lo esperaba, no hallé señales de que aquello hubiese sido en legítima defensa. En mi opinión, Ernesto F. asesinó al joven a sangre fría, pero el caso ni siquiera fue a juicio, el hombre tenía suficiente dinero para comprar a quien fuese necesario. Lo que él no sabía es que esa impunidad solo sería pasajera; el destino tenía preparado un castigo mayor para el asesino, lamentablemente ese castigo llegó por el lado de su hija.

Tres días después de la muerte de Joel, Rocío fue hallada en un hotel cerca de Santa Fe. Yacía en la bañera con cortes en ambas muñecas.

Cuando me trajeron sus restos quedé tan o más impactado como cuando vi el cadáver de su novio. Estaba blanca como un espectro; toda su sangre se había ido por el drenaje de aquel hotel. La profundidad de los cortes en sus muñecas evidenciaba que el dolor que había sentido por dentro la dejó incapaz de sentir dolor físico.

Aquel final era demasiado trágico, y yo no podía soportar tener a ambos entre esas frías paredes. Sabía que era tarde para intentar reparar lo ocurrido; no tenía modo de darles un mejor final, ni yo ni nadie. Solo se me ocurrió tener un detalle con ellos que, lo admito, no era más que una tontería. Lo que hice fue cambiar de lugar el cuerpo que estaba en el cajón contiguo al de los restos de Joel, para luego poder poner allí el cuerpo de Rocío. Fue lo máximo que pude torcer el triste destino que les tocó: brindarles la compañía uno del otro por unos días, pues pronto los enterrarían en lugares apartados. A ella, en la parcela familiar en la sección más elevada y lujosa del cementerio. A él, en algún lugar del terreno en donde pastaban las cabras de Angora.

Me dispuse a preparar el cadáver de Rocío con ese pequeño consuelo en mente; limpié sus heridas junto con los ríos de sangre que tenía dibujados en los brazos. Y hasta lavé la sangre que tenía en la punta de sus cabellos, que jamás se vieron tan rubios como aquella noche.

Una vez que terminé de limpiar el cuerpo, comencé a escribir el informe mientras recordaba aquella vez en que los había visto en vida. Fue una noche que los vi sentados en un banco en el parque. Se veían felices juntos, mirándose a los ojos mientras él sostenía su mano pequeña y blanca, que brillaba a la luz de la luna.

Hoy quizás ya estoy endurecido, pero mientras intentaba escribir el informe no pude evitar que se me llenaran los ojos de lágrimas. En todos los años que llevo en este oficio jamás deseé tanto tener un compañero de trabajo proveniente de otra ciudad, que se hiciera cargo del asunto sin sentirse afectado por el contexto como me pasaba a mí.

Decidí salir un instante a tomar algo de aire; había estado entre esas paredes durante muchas horas seguidas y necesitaba desconectarme por un momento.

Tomé un poco de aire fresco y encendí un cigarrillo. Miré a lo lejos y vi la parroquia que había hecho construir el bisabuelo de Rocío hacía más de un siglo. Si aquel hombre hubiese sabido en qué terminaría la novela de su familia, estoy seguro de que no habría aportado todo ese capital, mucho menos para la construcción de un templo en el que sus descendientes no podrían volver a visitar sin ahogarse en llantos. Si él hubiese sabido lo que pasaría, habría huido de aquel sitio que ningún dios y ningún santo puede salvar.

Regresé cabizbajo para terminar de preparar el cuerpo de Rocío, pero al ingresar no lo vi en su lugar. En medio de la morgue se encontraba la camilla en la que le había estado realizando la autopsia, pero estaba vacía.

Intenté recordar por un momento si ya había puesto el cuerpo de Rocío en el cajón junto al de Joel como había planeado, pero al mirar vi que éste estaba abierto y vacío también.

No podía entender lo que estaba ocurriendo. Claro que ya era de noche y yo estaba cansado, así que no sabía si era el estrés el que me había afectado tanto que ya ni recordaba lo que había hecho.

Miré a mi alrededor desesperado, y de pronto choqué con la bandeja de instrumentos, tirando todo al suelo. Me agaché a recogerlos, y fue entonces cuando vi dos huellas junto a la camilla en donde había estado Rocío. Eran dos pequeñas huellas que apuntaban hacia afuera, como si alguien se hubiese bajado de ella con total naturalidad.

Moví todo lo que había alrededor para que no me hicieran sombra, y mirando a contraluz seguí el rastro de las huellas. Noté entonces que aquel ser que las había dejado había caminado por la morgue.

Seguí el rastro y caí de rodillas al ver que éste se dirigía al cajón en el que estaba el cadáver de Joel.

Me fijé si las huellas se dirigían hacia la puerta, como si Rocío hubiese ido a despedirse de su amado para luego huir de la morgue y del pueblo. Pero no había nada; las huellas terminaban allí mismo. Abrí entonces la puerta y saqué la camilla del cajón. Estaba pesada, y así adiviné lo que estaba a punto de encontrar. Allí estaban los dos cadáveres abrazados, mirándose a los ojos, y aunque sus cuerpos ya estaban rígidos, Joel sostenía la mano pequeña y blanca de Rocío, que brillaba como una luna, bajo los tubos de luz fría de la morgue.

.

FIN


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