Estatal 401 (2 de 2: Final)

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Antes: Sí se anima cuando escucha a las avecillas que se acercan a trinar cerca del porche. Cuando se sienta a contemplar el exterior, ya ahíto de carne después del almuerzo, se enorgullece al pensar que aquel lugar es sólo suyo, que no existe peligro alguno de que se lo arrebaten...

***

-III-

Mason no sabe leer, pero entiende lo que dicen los libros de ilustraciones que dejaron sus padres, olvidados en la alacena. Aún recuerda el tono de sus voces al leérselos. Eran mágicos, llenos de cuentos increíbles, de historias en las que los enanos bailaban alrededor de un fuego y unos corceles de trenzadas crines aparecían enjaezados con elegantes adornos tejidos con hilo de oro, brillantes y perlas, tirando sin esfuerzo de hermosos carruajes de un cristal azulado y transparente.

Cada día, cuando lo poco o nada que hacer está hecho, se sienta en el porche y disfruta de las ilustraciones; le hacen soñar, siente que lo mantienen aferrado a aquel mundo infantil que aún no ha superado, y por eso es feliz. Se recuerda vagamente con pantalón corto y se sorprende de no llevarlo puesto ahora. El de su padre, raído y sucio, se le ha quedado pequeño, y eso que él también era muy grande y corpulento. Pasa una y otra vez las hojas de aquellos viejos libritos procurando no ensuciarlas con la inmundicia de sus dedos; después, cuando nota que el sueño lo embarga por la gran comilona -el hígado asado le había sabido exquisito-, los guarda con respeto de nuevo en su alacena y, sentado en la mecedora de su padre, disfruta de la siesta al silencio amable del atardecer.

La vida de Mason transcurre tranquila entre el reflejo de un rayo de luna y la primera llamarada del siguiente amanecer. Hace veinticinco años que sus padres no están y apenas recuerda sus caras. Tan sólo el olor del último asado de hígado que comió de ellos. Desde entonces, nadie lo ha cuidado, nadie se acuerda de él; sin ellos se acabó aquello de tener su alimento dispuesto y sin esfuerzo alguno. Su mentalidad es débil, aunque ni lo sabe ni lo entiende.

Tampoco le importa, sólo el hambre le preocupa. 

-IV-

Ahora siente de nuevo el tronar en su estómago y se despereza chasqueando los dedos para servirse otro almuerzo. Está contento; comer le hace muy feliz, babea al pensarlo y lo disfruta plenamente. En la cocina toma el cuchillo que había afilado la tarde anterior y también el plato de aluminio que viene usando desde niño.

Bajando al sótano, se da cuenta de su presencia y evita mirar lo que cuelga sobre la pared del fondo; le da miedo, la teme, su filo le trae unos recuerdos que en su mente infantil asocia con su soledad y hace que su mano tiemble. No obstante se sobrepone y, con verdadera pericia de cirujano, consigue cortar un tajo bien grande de la pieza. Cazada veinte días antes, ahora luce colgada al frescor del almacén, desangrada, eviscerada y lista…

Pero algo ya seca, y casi consumida.

También nota que empieza a oler a un rancio muy rancio; ese hedor le gusta -se dice-, pero es consciente de que los huesos tan sólo blanquean el músculo y no matan el hambre.

Es hora de hacerse con otra. Mañana no habrá desayuno. El hacha le da miedo, mucho miedo. Le trae extraños recuerdos de niño… Pero no hay más remedio.

-T’á güeno… Vale… No hay más, se acabó… -se contesta a sí mismo en voz alta y gangosa, plegándose a ello.

Saldrá nuevamente de caza, buscará y llenará la despensa con otra suculenta pieza para otros veinte días más. La caza no le preocupa; es fácil, él sabe muy bien dónde encontrar su alimento. Así ha sido durante muchos años desde que acabó con las dos primeras piezas…

Hay mucha comida ahí fuera -planea en su mente-…

En la carretera.

Las que otros no quieren pararse a cazar.

Solitarias…

Haciendo autostop.


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