EL ARTE DE IMAGINAR. (1ª parte)

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 EL ARTE DE IMAGINAR.

 Miscelánea.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Visitar museos es una de las mejores escapadas de mí misma que más me gusta hacer desde que tenía dieciocho años. Mi primera incursión fuera de mí, y no ser consciente, la realicé al visitar por primera vez el museo del Prado.

El arte es esa capacidad de crear y emocionar al espectador entre otras cosas más. Descubrí el arte y especialmente a los pintores impresionistas en los fascículos adjuntos al comprar el periódico los fines de semana. Todavía los conservo. Ojeaba el diario de reojo, mi interés estaba en el cuadernillo de arte. Releía cada página redactada por expertos en arte y atendía con interés el análisis desmenuzado de cada pintura analizada. Los pintores impresionistas y en general, las vanguardias de principios del siglo XX siempre han evocado esa capacidad de emocionarme y asombro al mismo tiempo. Me fascina la pincelada nerviosa plasmada sobre el lienzo, aparentemente aleatoria, pero perfectamente sincronizada con el dibujo. El color modela las formas y las diversas tonalidades le otorgan al cuadro una composición armónica. El paisaje y todo lo habitado en él encajan. Una obra de arte, y especialmente una pintura, siempre atiende a invitarte a entrar en él. El artista plasma su micro universo emocional, pero también tienta al espectador a bucear en su imaginario sensorial en la obra. No es nada novedoso esta inmersión sensitiva en el arte, especialmente para aquellas personas altamente sensibles. Este es mi caso. Los artistas plasman más allá de una buena técnica, composición o tema; una impresión. Muchos de ellos hablan a través de sus obras, es su medio de comunicarse. Atendidos por el don de captar instantáneas en su mente. Siempre he querido saber cómo y por qué eligen esa combinación creativa, qué los ha llevado ahí. Esa es la razón por la cual, cada vez que me gusta una obra de arte, escapo de mí misma y me sumerjo en el cuadro, como si formara parte de este. Actúo de voyeur: observo sin ser vista. Mis primeras veces, de manera inconsciente. Ahora, en cambio, la provoco.

Mi primera incursión fue, recién cumplidos los dieciocho años, en el museo del Prado. Octubre era un mes de transición hacia el invierno, ahora, en cambio, es la prolongación de un verano de San Miguel que termina en enero. La excusa de una boda me brindó la oportunidad de ir al museo. Recuerdo con mimo esa sensación de curiosidad y nerviosismo según me acercaba a la entrada. No iba sola, pero no impidió que mi atención en los cuadros fuera trascendental. El recorrido por las salas más concurridas las visité como una turista más, todo y que me impresionaron muchas obras como a cualquiera que aprecie el arte. Sin embargo, otras, quizás por la banalidad del tema, o qué sé yo, me llamaron la atención. Una de ellas, fue la obra de las Lavanderas de Goya (1780). Es la típica estampa de mujeres lavando en la ladera del río en actitud de reposo. La composición centrada de las mujeres muestra una instantánea de reposo y confidencia entre ellas. Las miradas cómplices entretejen mi relato imaginario. De manera inconsciente me sumergí en el cuadro y a cada paso que observaba podía escuchar sus relatos. El río es el lugar idóneo para evadirse de sus quehaceres cotidianos y pesares. Como una bocanada de aire fresco, era su momento donde podían soñar con otra vida y liberarse de sus cargas como madres, hijas y esposas y ser ellas mismas conectadas con el lugar que les estaba brindando su espacio. Las montañas a lo lejos dan paso al valle por donde el río discurre en aguas mansas y los árboles les dan soporte para tender la ropa lavada. Las mujeres conectan con el paisaje, todo en él es armonía. El trabajo duro del oficio no quita que se regocijen en sintonía con el lugar. La tonalidad de los vestidos y mandiles empastan con el color de fondo del paisaje. Las pinceladas y el color vislumbran las vanguardias que vendrán un siglo más tarde. El ojo de Goya captó la inmediatez, el color de ese paisaje en cuestión, pero también plasmó un oficio y la complicidad de amistad, más allá de representar la típica estampa de lavanderas chismosas y entrometidas.

Todas ellas vecinas, puerta con puerta acostumbraban a ir al río a lavar sobre media mañana en invierno, cuando el sol apuntaba alto y el agua del río se convertía en aguas templadas, aun así, las manos se entumecían y frotar la ropa requería fuerza y movimientos rápidos para liberar la suciedad de las manchas mezcladas de ceniza y de jabón. La mejor estación para lavar sin duda es el verano. Iban, eso sí, de buena mañana, en cuadrilla, ataviadas con sus capazos anchos y profundos cargados de ropa, tarareando canciones populares que alentaban su trabajo.

Amalia, la mayor de todas, y sentada sobre la roca, abraza a Rosa y María, como si fueran sus hijas. Viuda y madre de seis hijos, dos de ellos, murieron a temprana edad. Como podía, intentaba llevar adelante a sus hijos, dos de ellos, ya eran mozos en edad de casar. Sabía que en poco tiempo sus hijos dejarían de aportar en la casa, y todavía tenía dos niñas que criar. Ser lavandera, además de ser un oficio duro, no daba el jornal para sustentar una casa, quizás tendría que buscar otro trabajo. Ese era su pesar, pero en el río todo se desvanece, y eso ya vendrá. En cambio, Rosa y María, recién casadas, pero mal avenidas. Sus maridos se dedicaban a las tareas del campo, pero se pasaban más horas en las tabernas y en otras alcobas que en dedicarles atención. Solamente recibían reproches y de tanto en tanto, algún que otro azote. La resignación de un mal matrimonio y la responsabilidad de criar a sus hijos y cumplir con las tareas del hogar, eran sus cometidos. Ir al río, era el momento de evasión, de ser libres y por qué no, pensar que todo podía cambiar. La esperanza siempre es lo último que se pierde. En cambio, Carmen, la más joven de todas, y de espaldas a ellas, era la más ingenua y soñaba con ser una buena ama de casa y atender a sus hijos. Se crio en un hospicio y criada por monjas desafectas de cariño, vivió su infancia limpiando, rezando y soñando en poder salir de allí. Pilar pudo sacarla del hospicio al ser pariente lejana. Era la única que tenía un marido que la atendía con cariño, pero su pena, no haber podido tener hijos. Carmen suplía ese vacío. En el río todo sanaba.

Al terminar la jornada, vuelven de camino al pueblo a paso lento, cargadas en sus capazos de ropa limpia, dejan atrás el río y afrontar sus penurias con resignación, pero agradecidas de la amistad forjada.

Una ráfaga de aire en la sala me obliga a salir del cuadro. Mi relato imaginario se desvanece. La gente de mi alrededor me invita a seguir la visita del museo. Miro hacia atrás, y vuelvo a mirar el cuadro. Mi inmersión en la obra me descoloca por un momento, será el primero de muchas más.

 

 



 

 

 

 

 

 


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