La paciente abrió los ojos. "Héroes, delincuentes y cobardes"

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Laura abrió los ojos. 

       Notaba la boca seca y por un tiempo, que le pareció extrañamente largo, no sintió su propio cuerpo. 

     Lo primero que notó fue el calor de un líquido que fluía, sin que pudiera hacer nada por evitarlo, entre sus piernas.

Sintió vergüenza, impotencia, miedo.

      La habitación estaba vacía, las paredes desnudas, frías, pálidas, sin alma. Una silla de metal, huérfana de compañía, la cama vestida de blanco, monótona. El tacto de las sábanas más aspero que suave. Un cable fino, transparente y hueco conectaba la muñeca aguijoneada con el suero. Un aparato de plástico pinzaba el dedo índice de su mano derecha. 

      Silencio, silencio solo roto por el rítmico sonido del luminoso panel que informaba al mundo, mediante periódicos pitidos, de que la paciente aun se encontraba entre los vivos.

     Unos minutos después, un joven con barba de dos días y ataviado con una bata blanca entró en la estancia.

     Laura sintió, durante un instante, alivio de ver que había alguien. Luego recordó el líquido que pintaba de amarillo intenso una zona de la sábana y su rostro se ruborizó violéntamente.

- Estás despierta. - dijo el médico con tono neutro.

       Ella, aunque no había sido una pregunta, asintió con la cabeza. Necesitaba comunicarse, trató de decir algo, pero las palabras que se formaron en su mente no llegaron a convertirse en voz.

- Tranquila. La voz volverá pronto. - dijo.

     Luego, percatándose de la situación, añadió con voz neutra y tono reconfortante. 

- Voy a llamar a alguién para que limpie. - 

    Una mujer, algo más mayor que el doctor, entró en la habitación acompañada de una chica joven que empujaba un carrito con sábanas limpias y utensilios de aseo.

     La mujer de más edad, de un tirón, retiró la sábana, exponiendo el cuerpo de Laura. Una venda ancha rodeaba su vientre, el resto era desnudez. Valiéndose de una toallita húmeda, las empleadas limpiaron el orín que se encontraba entre las piernas. Luego, colocaron a la paciente boca abajo y siguieron con el aseo. Pronto, una nueva sábana limpia cubrió el cuerpo de la enferma que respiro con alivio tras recuperar algo de dignidad.

   El alivio no duró mucho.

    La dignidad tampoco.

- Duele. - logró balbucear notando una creciente y continua molestia en el abdomen.

- Enseguida nos ocupamos del dolor. - dijo el doctor.

    Poco después, una tercera mujer entró en la sala. Añadió un medicamento al suero y luego preparó una inyección.

       Laura siempre había tenido un miedo irracional a las inyecciones, sin embargo, cuando la aguja perforó su nalga y el líquido penetró en el músculo, no pensó en el escozor, ni en la enésima humillación a la que estaba siendo sometida, apretó los dientes y se aferró a la promesa de que pronto las drogas suministradas mitigarían el lacerante dolor que sentía bajo la venda.

*****

Laura abrió los ojos. Se había quedado dormida.

      Aliviada, notó que el dolor del abdomen se había reducido notablemente, pasando a ser una molestia menor. 

Movió el brazo sin pensarlo, descubriendo que aun tenía la vía conectada. 

     Su mente, ya sin la imperante necesidad primitiva de gestionar el sufrimiento físico, se llenó de preguntas. Los recuerdos no terminaban de ser lo suficientemente claros como para encontrar respuestas.

    Una hora después, cuando el joven doctor volvió a interesarse por su estado, la pregunta escapó de su pensamiento y se transformó en voz. 

- ¿Cómo he llegado hasta aquí? ¿qué me ha pasado? -

- ¿No recuerdas nada? - replicó el galeno.

    Laura se tomo su tiempo antes de responder. Había imágenes, retazos inconexos de un suceso que su mente, indecisa, quería olvidar y recordar con igual determinación. El rostro de una persona que acababa de conocer, el niño y alguién encapuchado ¿con un cuchillo?... Un grito, un forcejeo y luego dolor, oscuridad y olvido.

   El móvil del doctor sonó y tras atender la llamada, abandonó la habitación sin tiempo a hablar con la paciente.

    Laura permaneció despierta, con el semblante de quién ha perdido la fe en la humanidad. Las lágrimas no tardaron en anegar sus ojos, emborronando su visión, distorsionando la realidad. Sollozó por espacio de varios minutos, lloró hasta que, vencida por el cansancio, cerró los ojos.

*********

Un ruido la despertó.

- Laura, vengo con una persona. - anunció el doctor.

- Hola Laura, ¿cómo estás? - respondió una mujer visiblemente emocionada.

- Ella te explicará mejor que yo. ¿Por cierto, cómo va el dolor? - intervino el doctor.

- Bueno. - respondió la paciente resoplando.

- Está bien, en una hora vendrá la enfermera a ponerte otra. Os dejo solas.

       Cuando la puerta de la habitación se cerró, la recién llegada, entre alabanzas y muestras continuas de agradecimiento, narró la historia. Para Marta, que así se llamaba la visita, Laura era una heroína. El ladrón había entrado en el local, había amenazado a todo el mundo y, cuando la mujer le había reprochado su comportamiento, aquel tipo se acercó a ella y, ante la pasividad de otros clientes, comenzó a pegarla e insultarla. Uno de sus hijos, que no contaría con más de once años, trató de defender a su madre, desviando parte de los golpes. En aquel momento Laura intervino, el ladrón sacó un cuchillo y se lo clavó.

    Marta gritó. El asaltante, al ver sangre abundante manando de la herida dejó caer el arma y huyó. Los allí presentes se comportaron como cobardes, unos huyeron sin mirar, otros miraron pero igualmente salieron del local, una chica comenzó a marcar el 112, pero pensándoselo mejor, siguiendo la política de cero problemas, desistió antes de pulsar el dos. 

     "Mamá, hay que llamar." Marta reaccionó y llamó. Aquella mujer, aquella desconocida, por algún motivo les había ayudado y ahora, tal vez, lo pagaría con su vida.

- ¿Por qué lo hiciste? - preguntó Marta acabado el relato.

    Laura no se atrevió a responder, quizás porque no tenía respuesta. Ella no era atrevida, ni valiente. Ella era quizás justa, pero seguro que no era la única.

- Actué sin pensar. - respondió finalmente para romper el incomodo silencio.

    Marta observó a Laura unos instantes y luego, acercándose, la besó en la mejilla y dijo.

- Eres un ángel.

- Si fuese un ángel y tuviese alas te aseguro que habría salido volando de aquí hace mucho. - 

- No, tú eres la única que pensó y actuó como un ser humano. Gracias, gracias de todo corazón. Sé qué mis palabras no van a curarte en dos días, que aun te quedan días de dolor. Sé que el mundo es injusto, y la ley... la ley más. Pero si así lo quieres, vendré a verte todos los días porque mi hijo y yo te debemos, al menos, el seguir creyendo en la humanidad.

      Laura pensó, pero no se atrevió a decir lo que pensó y, en su lugar, musitó sin mucha convicción un "de nada".

     Fuera, como si se tratase de una metáfora, la noche iba devorando al mundo, sumiéndolo en la oscuridad bajo cuyo manto acechaban y crecían, amparadas en una sensación de impunidad, cada vez más y más carreras delictivas.

Fin


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