En cuanto se jubiló, Sampayo, divorciado hacía poco, se mudó a una casa ubicada en Atlacomulco. Se la había heredado su madre. El propio heredero resolvió encargarse de las reparaciones. Planeaba gozar del retiro en la casa heredada y poner en renta la que había comprado en la Ciudad de México. Había ido pocas veces a su nueva residencia, que era de un piso con tres habitaciones, dos baños, sala, comedor y cocina, todo amplio. Cuando entró, vio que el polvo se había acumulado y que las puertas apenas podían abrirse. Revisó cuidadosamente el sitio, a la par tomando notas; presupuestó los arreglos y consideró que no gastaría mucho para que el entorno fuera tan agradable como antes.
No recordaba ese “antes”; lo habían mandado a la Ciudad de México a temprana edad, supuestamente para estudiar en un colegio famoso. En realidad, sus padres no habían querido exponerlo a sus constantes peleas. Sampayo no tardó en advertir que la pareja no podía verse ni en pintura; un día, su madre lo llamó para decirle que había llegado a un arreglo con su padre: este se iría tras convertirla en propietaria de la casa. El chico preguntó a dónde se iría el señor, a lo cual la madre respondió que no sabía.
Pasaron los años. Sampayo no volvió a saber de su progenitor, que de por sí era dado a múltiples vicios, entre los cuales destacaban las mujeres. Sin duda, en algún momento se había refugiado con una en cualquier parte. El caso es que la figura paterna se olvidó, la madre empezó a tener problemas de salud y, finalmente, murió a solas. Dejó un testamento, del cual se enteró puntualmente su retoño. Luego del funeral de su madre, Sampayo se dirigió al que fuera su hogar en la niñez, salió al jardín y, entonces, vio la casa en el árbol.
En aquel tiempo había sido vistosa; era amplia y parecía sólida. Sampayo supuso que la había construido su padre, quien, antes de perderse de vista, había destacado como maestro de obras y carpintero. El lugar ocupaba unos diez metros cuadrados y no tenía divisiones; se accedía a ella por una escalera de caracol. Parecía un brazalete de madera para un tronco grueso y nudoso. Sampayo nunca preguntó para qué se había construido aquello ni si alguien entraba ahí. El caso es que el tiempo y los elementos lo deterioraron.
Sampayo tenía dos hijos que ya estaban casados y, tal vez, le darían nietos pronto. Ante esta perspectiva, se dispuso a arreglar también la casa del árbol, con la idea de que la disfrutara toda la familia. La tarea llevó meses. Desde temprano, Sampayo se ponía a resanar y pintar paredes, arreglar jambas y marcos de ventanas, cuidar que la estufa no volviera a descomponerse. Solo requirió ayuda para cuestiones de plomería y herrería. En cuanto acabó con la casa principal, salió ansiosamente al jardín y puso manos a la obra.
Tardó un par de meses en remozar la estructura; remplazó tablones de madera, lijó aquí y allá, reacomodó el techo y cambió la puerta. Hasta le puso luz eléctrica. Había una pequeña ventana oval, por la cual se asomaba de continuo, seguro de haber oído que alguien decía su nombre. Estimó que el afán de ver a sus hijos lo hacía oír cosas; sin embargo, sus hijos no le hablaban por su nombre de pila. Dentro de la casa, miraba sobre el hombro de cuando en cuando, cediendo a la sensación de que alguien lo acompañaba. Puso dos o tres muebles en el interior, entre ellos un baúl que encontró en el desván. Nunca lo había visto. Era liso, oblongo y pesado. Tenía una cerradura; Sampayo trató, en vano, de levantar la tapa y, como no tenía la llave, decidió llamar a un cerrajero al día siguiente.
Inauguró la caseta horas después, tan pronto como cayó la noche. A la tenue luz de un par de lámparas, sentado en un sillón, fumando y bebiendo cerveza, volvió a escuchar su nombre, y esta vez reconoció la voz. Se atragantó con la bebida, tosió, y escuchó entonces que le daban las gracias. Incrédulo, trémulo y con los ojos como platos, se levantó y se acercó a la puerta; se asomó cuidadosamente al exterior y distinguió a su madre —cuyo cadáver él había visto hacía años, en el funeral— a pocos metros al pie del árbol.
No pudo articular palabra alguna. Por su parte, el espectro recalcó: “Gracias por subir el baúl”. Luego desapareció, mientras esbozaba una sonrisa. El hijo, horrorizado, seguía sin poder hablar, pero su oído continuaba tan aguzado como siempre. Oyó un crujido a sus espaldas, un crujido que solo podía causar la tapa del baúl, que hacía horas no se había podido abrir. Empezó a volverse, y entonces el hedor a putrefacción le llenó los pulmones y lo hizo tambalearse. Antes de desplomarse sobre la puerta, rodar escaleras abajo aparatosamente y morir con el cuello roto, creyó ver una mano huesuda, negruzca y medio extendida muy cerca de su rostro, como queriendo acariciarlo.
El cadáver de Sampayo fue hallado por sus hijos, quienes, tras hacer un recorrido por la casa del árbol, se toparon con la momia del abuelo —muerto por envenenamiento hacía años— cuando, sin necesitar llave alguna, abrieron el baúl.
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