El cobertizo
Andaba de excursión por un bosque frondoso. Al pretender abrirse paso sobre un montón de piedras, se torció un tobillo; profirió una interjección, apretó los dientes y se sentó en el suelo, tras lo cual examinó la zona dañada; no había fractura, pero el dolor era intenso. Andando a tumbos sobre las piedras y quejándose a la par, encontró lo más parecido a un claro y decidió reponer fuerzas.
Bebió agua para tragar un antiinflamatorio, se relajó cuanto pudo y, al considerar que podía seguir su camino, se levantó. Era relativamente temprano, así que decidió acampar cuando estuviera por anochecer. Echó a andar, advirtiendo que el dolor apenas había cedido. Luego de recorrer unos seis metros, notó algo en el suelo. Se acercó y no tuvo que inclinarse para comprender que era sangre; formaba un rastro que se perdía a lo lejos, en la espesura. Hasta donde él sabía, la caza estaba prohibida en ese bosque, pero era posible que algún animal se hubiera lastimado. En ningún momento consideró que la sangre pudiera ser humana; quizá por su misantropía, no tomó en cuenta la posibilidad de que otro excursionista hubiera sufrido un percance grave.
Tras ponerse en cuclillas, tocar el líquido viscoso y negarse a probarlo, se decantó por la aventura y comenzó a seguir el rastro; si no hallaba vivo al animal que lo había dejado, podría usar el cuerpo para cocinarlo por la noche. Así que emprendió el camino lentamente, queriendo creer que el esguince no era especialmente serio, que la pastilla que había tomado bastaría para quitarle toda molestia.
Sin embargo, la caminata recrudeció el dolor, y parecía que el mochilón que llevaba a la espalda se hubiera vuelto más pesado. Se detuvo un instante para reponer fuerzas; se quitó con furia la mochila y solo así experimentó algo de alivio. Doblado sobre el estómago, se tocó el tobillo y notó hinchazón. Nunca le había pasado algo similar y, a decir verdad, no estaba muy seguro de cómo salir del predicamento. Sintió miedo.
En cuanto se incorporó, vio que el rastro de sangre terminaba ante un cobertizo de madera y con techo de lámina, sin ventanas y con una puerta estrecha y entornada. Intentó vanamente imaginar por qué esa estructura estaba en un lugar supuestamente inaccesible. Azorado y, sobre todo, temeroso, se preguntó si el animal herido se había metido ahí. Le pareció dudoso, pero no imposible.
Tras acopiar entereza, se acercó a la puerta y percibió un olor extraño, mezcla de algo dulzón y de cosas oxidadas. Empujó el batiente y apenas pudo notar un montón de herramientas o, mejor dicho, aperos de labranza. Sacó una linterna de un bolsillo e iluminó el resto del lugar; entonces palideció y tragó saliva, porque casi la mitad del cobertizo estaba llena de bolsas de plástico que, a todas luces, habían contenido sangre. Revisó varias con mano temblorosa y, tras leer las etiquetas que tenían pegadas, descubrió que se trataba de sangre de utilería.
?No es real ?oyó a sus espaldas.
Se volvió al ritmo de un grito breve, que amplió la sonrisa de quien había hablado; era un tipo de estatura mediana, pelo y barba crespos y mal cortados, vestido con playera blanca, chaqueta de piel sintética, pantalón de mezclilla y botines de gamuza. Estaba en el umbral, cruzado de brazos y sonriendo.
?¿Te asusté?
El excursionista tragó saliva, logró respirar acompasadamente e hizo un movimiento vago con la cabeza.
?Algo ?dijo.
El otro rio apenas, dio un paso al frente y extendió una diestra curtida y con las uñas sucias. El excursionista la estrechó a su pesar.
?Soy utilero ?dijo el hombre?. Estamos filmando una película cerca de aquí.
Tomó lo que parecía ser un azadón y, sin mediar palabra, lo usó para golpear un brazo del senderista, que dio un respingo, trastabilló y cayó de espaldas sobre las bolsas, llenándose la ropa de manchas sanguinolentas. En cuanto al golpe, apenas lo había sentido, pues el presunto azadón estaba hecho de hule espuma. Divertido, el utilero se golpeaba la cabeza una y otra vez con el objeto, siempre sonriendo.
El excursionista no se sobreponía al estupor; entendió que el utilero no había pretendido lastimarlo, pero ello no lo calmó. Desconfiaba de aquel hombre, se sentía inseguro. Trató de levantarse y emitió un gemido de dolor. El tobillo se había hinchado más y apenas le permitía caminar.
?¿Qué pasa? ?preguntó el utilero, viendo al otro aferrarse el tobillo con ambas manos?. ¿Te lastimaste?
El herido asintió con los dientes apretados y los ojos entornados.
?Nada más fácil ?repuso el otro?. Te llevaré con nuestro médico. Está en la locación, cerca de aquí.
Acto seguido, ayudó al senderista a levantarse, le tomó un brazo y lo puso sobre sus propios hombros. El herido apenas podía apoyar el pie derecho.
?Vamos despacio ?oyó.
Ya se alejaban cuando el damnificado dijo que necesitaba su mochila.
?Yo vendré por ella ?dijo el utilero.
Siguieron el camino. Con tono casi orgulloso, el utilero contó que filmaban una película de bajo presupuesto, que sin duda no se exhibiría en salas de cine, aunque no faltaría quien la comprara en internet. Se trataba de unos senderistas que se topaban con gentuza demente y mal intencionada, adicta al sufrimiento ajeno y al canibalismo; se hacían pasar por labradores ?aunque por ahí no hubiera nada que labrar? y usaban sus aperos para hacer trizas a sus víctimas.
El excursionista sintió que se le revolvía el estómago. Había estado caminando cabizbajo y, cuando iba a levantar la mirada para pedir un receso, el utilero se detuvo. Se vieron frente a un cámper amplio, muy viejo, percudido, con las ventanas pintadas de rojo y las llantas desinfladas. El excursionista alcanzó a ver otro cobertizo a lo lejos, bajo cuya puerta asomaba sangre en abundancia.
?¡Llegamos! ?exclamó el utilero.
La puerta se abrió y unas manos enormes tomaron al excursionista por la cabeza y lo hicieron entrar como si no pesara nada. Se le escapó un gemido patético cuando el médico lo tumbó en el suelo. Riendo entre dientes, el utilero cerró la puerta. El interior del cámper apestaba a desechos humanos y a quién sabe qué más; no tenía muebles, sino cobijas asquerosas y múltiples instrumentos romos y punzocortantes, que no eran de utilería. La iluminación provenía de cuatro quinqués de petróleo que daban a la escena un aspecto tremebundo. Por su parte, el médico era un tipo de dos metros, complexión hercúlea, cráneo mal afeitado y lleno de cortaduras y ojos demenciales. Vestía un overol grisáceo y cubierto de manchas y andaba descalzo. Un cubrebocas manchado de sangre y otros líquidos le cubría la mitad de la cara. La víctima apenas tenía fuerzas, pero se dispuso a vender cara la derrota. Al emprender la defensa, el médico lo arrinconó de un manotazo y le rompió el tobillo herido de un pisotón. La víctima perdió el sentido.
El utilero preparó dos ganchos en el cobertizo. El médico desnudó al menú de los próximos días, lo llevó sobre el hombro hacia el matadero y lo colgó por los tobillos, tras lo cual comenzó a eviscerarlo. El colgado se agitó un poco y luego se relajó.
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