Otro pasajero le comentó que el autobús se detenía en Rastrojo de vez en cuando. No más de tres personas solían bajar ahí. Era un sitio tranquilo y casi inencontrable. Esto último hizo que Gallardo decidiera quedarse. Había estado huyendo de unos hampones que querían matarlo por una deuda insoluta. Supuso que jamás darían con él en semejante localidad. Tras pasar un rato en la parada del autobús, fumando y preguntándose cómo empezar una nueva vida, se metió a una fonda y ordenó una comida opípara. En cuestión de horas, su apostura y su facilidad de palabra lo ayudaron a seducir a Felicia, la dueña del establecimiento. Ella era diez años mayor que él. Viuda, llevaba años esperando al reemplazo de su extinto marido, que le había sido infiel en más de una ocasión. Convirtió a Gallardo en su amante y lo alojó en su casa.
Durante un mes, Gallardo gozó del trato magnífico de Felicia, seguro de que se había salvado de los hampones. Ella, con tal de evitar no solo ser cambiada por otra, sino despertar un día y no ver más a su querido, aprovechó que este dormía para preparar un tónico que le había recomendado una bruja poderosísima, y del cual se había salvado el marido infiel. Felicia añadió unas gotas del tónico al café que bebió Gallardo después de despertar. El hombre, encantado, pidió que le rellenaran la tasa. Felicia, sonriente, lo vio beber todo el mejunje, que lo había condenado a no irse jamás.
A solas y oyendo boleros, Felicia suspiraba en la fonda cuando tres grandullones, mal encarados y armados, irrumpieron en el lugar y se abalanzaron sobre ella. Le exigieron, a punta de pistola, que dijera si conocía a cierto individuo, al que describieron detalladamente. Ella negaba con la cabeza cuando, con toda calma, Gallardo se presentó. Se quedó helado de impresión al reconocer a los hampones. No le dieron tiempo de girar sobre los talones. Uno de sus verdugos lo alcanzó enseguida y lo dobló sobre sí mismo de un puñetazo en el vientre. Por su parte, Felicia no se cansaba de forcejear, así que le cortaron la garganta con un cuchillo. Los ojos abiertos de su cadáver quedaron fijos en su amante, que yacía acurrucado en el piso, tosiendo y sintiendo cómo lo bañaban en gasolina.
Casi todos los habitantes del pueblo lo vieron trastabillar en la calle, convertido en antorcha humana y profiriendo alaridos. El cuerpo carbonizado cayó al suelo en una esquina y se quedó inmóvil; una partida de bomberos improvisados le echó cubetadas de agua fría para atemperar el hedor de carne humana quemada.
Los pueblerinos habían atestiguado otras muertes, pero no que las víctimas reaparecieran para atormentarlos. Enterraron tanto a Felicia como las cenizas de Gallardo; sin embargo, este comenzó a aparecer en plena calle, en las noches. Hubo testigos que aseguraron haberlo visto, envuelto en llamas y gritando, queriendo abandonar la región; sin embargo, dejaba de percibirse al alcanzar la esquina donde había caído para no moverse más.
Por un tiempo se toleró la presencia fantasmal y no faltó el empresario que medró de ella; así, se propagó la creencia de que Rastrojo, cuyo nombre se cambió a “El Quemado”, estaba maldito, y que quienes se hospedaran en alguno de sus “hoteles” verían al hombre llameante correr de acá para allá. Varios visitantes llegaron con escepticismo y se marcharon con horror, pues el espectro no los había defraudado.
Pasaron los años y el furor, y cada vez menos gente llegó a El Quemado y más salió de ahí. La construcción de carreteras acabó con gran parte de la zona; pero el horror constante de muchos trabajadores, que solos o acompañados vieron a la aparición, obligó a modificar el desarrollo de aquellas obras. Así, se mantuvo intocada la calle que Gallardo había recorrido hacía años, y que aún recorre, presa del fuego, profiriendo alaridos y esperando dejar el pueblo. Nunca supo, ni hay quien le diga, que Felicia lo había hechizado para no partir jamás.
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