El último mortal.

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Enviado el , clasificado en Ciencia ficción
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Marcus Vellinger observaba el vapor que se elevaba desde el puesto de tacos al otro lado de la calle. Sesenta y tres años, ciento cuarenta mil millones de dólares, y ahí estaba: sentado en una banqueta de concreto agrietado en un barrio de Ciudad de México que ninguno de sus asistentes podría ubicar en un mapa.

Trescientos sesenta y cuatro días del año, Marcus era un titán. Sus laboratorios en Silicon Valley trabajaban sin cesar en la reprogramación celular. Sus equipos en Suiza perfeccionaban la criogenia molecular. Había comprado tres startups de biotecnología solo en el último mes. Cada segundo de su vida estaba cronometrado, optimizado, diseñado para acercarlo un milímetro más a la inmortalidad.

Pero hoy era el día trescientos sesenta y cinco.

Una mujer pasó frente a él cargando dos bolsas del mercado, con el rostro marcado por surcos profundos que el sol y los años habían tallado sin piedad. No lo miró. Nadie lo miraba. Con su camisa arrugada de algodón barato y sus zapatos desgastados, Marcus era invisible. Exactamente lo que necesitaba.

Respiró el aire denso de la tarde, contaminado y cálido. En su torre de cristal en San Francisco, respiraba aire purificado con filtros HEPA de última generación. Aquí, inhalaba el escape de los autobuses y el olor a carne asada. Y por alguna razón inexplicable, le parecía más real.

Un hombre de unos cuarenta años se dejó caer en la banqueta junto a él, exhausto. Traía las manos callosas y la frente perlada de sudor. Sacó una botella de agua tibia y bebió como quien encuentra un oasis. Marcus lo observó de reojo. Ese hombre probablemente viviría otros treinta años si tenía suerte. Cuarenta si la genética lo favorecía. Luego, como todos, se desvanecería.

"Todos van a morir", pensó Marcus, y la idea no le produjo el pánico habitual que lo impulsaba en sus laboratorios. Aquí, en esta banqueta, rodeado del bullicio de la supervivencia cotidiana, la muerte le parecía casi... natural. Casi.

Porque Marcus sabía algo que ese hombre no sabía: que había una posibilidad, pequeña pero real, de romper las reglas. Los telómeros podían alargarse. Las células senescentes podían eliminarse. El envejecimiento no era una ley divina, sino un problema de ingeniería sin resolver.

Todavía.

Se puso de pie con dificultad, fingiendo más rigidez de la que realmente sentía. Caminó entre la multitud que regresaba a casa: oficinistas, vendedores ambulantes, estudiantes. Todos sudorosos, todos cansados, todos mortales. Se dejó llevar por la corriente humana, un multimillonario anónimo entre miles de personas que jamás tendrían acceso a lo que él estaba construyendo.

Por un momento, una fracción de segundo, Marcus consideró la posibilidad de que tal vez ellos tuvieran algo que él había perdido en su búsqueda. Algo en la forma en que esa mujer cargaba sus bolsas del mercado, o en cómo ese hombre bebía agua tibia con gratitud infinita.

Pero el pensamiento se disolvió tan rápido como había llegado.

Mañana regresaría a sus laboratorios. A sus algoritmos. A su guerra privada contra el tiempo. Porque si Marcus Vellinger iba a morir algún día, no sería sin pelear. No sería sin intentar ser el primero en cruzar esa frontera que la humanidad llevaba miles de años contemplando con resignación.

Subió al taxi que lo llevaría de vuelta a su jet privado, y mientras la ciudad se alejaba por la ventana, ya estaba revisando los últimos reportes en su teléfono encriptado.

El letargo había terminado.

La carrera continuaba.


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