La tarde del borrado, Alejandro revisó por última vez la lista en su tableta de pantalla opaca. Cada nombre tenía una marca verde: ciento cuarenta y tres personas dispuestas a morir en vida para no ser encontradas. Sebastián, a su lado, cerró la última caja de documentos que serían incinerados en el horno industrial del sótano. No eran solo papeles; eran diarios, fotos de infancia, títulos de propiedad y cartas de amor que ahora no eran más que combustible.
—¿Crees que funcione? —preguntó Elena, la mujer de Alejandro, acariciando al perro que no apartaba la mirada de su dueño, como si detectara el olor del miedo químico que flotaba en el aire.
—Tiene que funcionar —respondió Alejandro, sin mirarla—. Los agentes de la Agencia encontrarán vecinos comunes, facturas pagadas, vidas ordinarias. Hemos purgado los servidores externos; no hay rastro de nosotros en la nube, ni en censos, ni en registros bancarios. Somos un error de sistema que se ha corregido a sí mismo.
El Protocolo de Esterilización
El proceso había durado meses. No bastaba con un interruptor; tuvieron que desmantelar sus identidades como quien desarma una maquinaria delicada.
Primero fue la limpieza digital. Contrataron a especialistas en "agujeros negros" informáticos para inyectar scripts en las bases de datos gubernamentales. Sus huellas dactilares ahora correspondían a nombres genéricos en provincias inexistentes. Borraron cada fotografía en redes sociales, cada comentario en foros, cada preferencia de compra. Sus rostros fueron eliminados de los algoritmos de reconocimiento facial, reemplazados por una amalgama de rasgos promedio que no dispararían ninguna alarma.
Luego, las casas y negocios. El café de la esquina, donde se gestó la decisión, fue redecorado para parecer una franquicia insípida. En las viviendas, quitaron las molduras personalizadas, pintaron las paredes de un "blanco hueso" institucional y reemplazaron los muebles artesanales por piezas de catálogo numeradas. Las bibliotecas fueron vaciadas de cualquier libro que tuviera anotaciones en los márgenes. Solo dejaron manuales de instrucciones, diccionarios y clásicos que nadie lee.
Lo más difícil fue la familia lejana. Enviaron correos electrónicos definitivos, llamadas de despedida disfrazadas de mudanzas al extranjero, o simplemente el silencio absoluto. Cortaron los hilos que los unían al resto del mundo para que, cuando los investigadores preguntaran, nadie tuviera un recuerdo reciente al cual aferrarse.
El Círculo del Olvido
Afuera, en la plaza circular, toda la comunidad se reunía bajo la luz mortecina de las farolas. Algunos lloraban en silencio, abrazando a personas que mañana serían extraños. Otros reían con una histeria contenida, ansiosos por soltar el peso de lo que sea que hubieran hecho o visto.
Mañana despertarían con sus identidades básicas grabadas por hipnosis: "Soy Alejandro, contador, vivo en el número 12, pago mis impuestos". Sin contenido. Sin traumas. Sin el secreto que los obligó a esto. Sus manos temblarían al ver ciertos objetos —una llave antigua, una medalla oxidada—, pero no sabrían por qué. Los investigadores llegarían buscando respuestas sobre aquello que ocurrió en la frontera, pero solo hallarían rostros confundidos y ojos vacíos de pasado.
—Es hora —dijo Sebastián. Sus dedos rozaron el interruptor que activaría el pulso electromagnético localizado y la liberación del gas neuro-atenuante a través de los conductos de ventilación.
En la ventana del número doce, el gato de Elena observaba la escena. Él no había pasado por la cámara de privación sensorial. Él sabría qué nombre gritó Sebastián antes de perder la voz. Pero los gatos nunca hablan.
Sebastián apretó el interruptor. El zumbido eléctrico fue seguido por un silencio absoluto.
Mañana, el sol saldría sobre una comunidad de extraños que comparten una misma calle, un mismo miedo residual y una página en blanco por destino. Todo comenzaría de nuevo.
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