LOS DÍAS GANADOS DE ERNESTINA

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Acababa de cumplir 51, entraba, pues, en esa que llaman "edad critica. Pero Ernestina no opinaba igual. Se sentía en plenitud absoluta y seguía creyendo en el amor; en un amor auténtico.


Ernestina tenía una respuesta, que era a la vez una confirmación «Rosa»; la respuesta no admitía dudas, no admitía demoras. Era recordar su nombre; bastaba el surgimiento en su pensamiento de su cabellera castaño claro, el destello de sus dientes entre la flor rosada de sus labios..., y Ernestina sentía la aceleración instantánea de su  pulso, el calor creciente en su cuerpo y una placidez que la llenaba, convertía su mirada en una reveladora ensoñación ausente y, tantas veces, hacía que el vello de su piel se irguiera como una leve ola.

Con Rosa había tenido una conexión instantánea e inexplicable desde que se cruzó su camino, en el cruce de Diagonal con Vía Augusta, aquella mañana de lluvia fresca de abril al pasar el taxi.

Ernestina salía de la cafetería Rocher; iba sin paraguas y la llovizna se había convertido en chaparrón. Los dardos certeros de las frías gotas
de agua se colaban inmisericordes por el empeine de sus zapatos de tacón, y rápidamente formaron una diminuta balsa acuosa bajo la planta de sus pies. Automáticamente levantó la mano con los dedos extendidos hacia el parabrisas del taxi, y la  consabida palabra (taxi) vibró en el aire, con su
tono suave y cálido que no dejaba indiferente a nadie. Pero entonces la vio, alta, morena, vestida con una gabardina verde botella, pantalones tejanos ajustados, el viés de los bajos
del pantalón mostrando los torneados tobillos, caminando a grandes zancadas hacia la puerta
trasera del coche.

Automáticamente, Ernestina se mordió el labio inferior plegándolo hacia dentro, sobre los dientes inferiores, en un gesto que torció su
pequeña boca regordeta de manera encantadora..., infantil; y su mano resbaló en el viento, quedando laxa junto a su cadera. Su mirada azul
cielo se cruzó con las pupilas oscuras de Rosa.

La otra sonrió ligeramente, con la levedad de un pétalo de flor bajo la casi imperceptible presión de las finas patitas de un insecto recién 
aterrizado. Ernestina sin dejar de mirar a la mujer se encogió de hombros, mientras una curva linea de lluvia se caía desde la raya mediana de su cabello hasta la frente. En eso, la otra, con una mano en la manija de la puerta, le hizo una indicación de que viniera. Ernestina dudó..., pero sólo un segundo. No fue la ya franca y amistosa sonrisa
de la mujer, sino una atracción indescriptible, una fuerza que le hizo carecer de voluntad propia, lo que condujo sus pasos lentos hacia el taxi; hacia la mujer y hacia el taxi. «¿Vamos las dos? Seguro
que podemos apañarnos, ¿te parece?
Ernestina respondió con la cabeza y ambas entraron con agilidad en el vehiculo.

Rosa llevó el timón de la conversación. Salía del bufete en dirección a los juzgados, en la Ciutat de la Justícia... De repente cortó la conversación: «¡Ay, qué tonta!, no pensé... lgual no te va bien el camino...». La respuesta fue entre distraída y alegre: «No, que va es... perfecto.». La otra la miró; acto seguido se echó a reír. Fue el primer misterio irresoluble de la relación entre Ernestina y Rosa. Pero Rosa sintió desde su nuca hasta la médula espinal, desde su garganta hasta la pelvis, que para ella también tanto daba ya la dirección del taxi; que tanto daba el caso de
Carrizosa Enterteinment del juzgado número 2. Recorrió el perfil de Ernestina, su busto, las manos sujetas una con otra en el regazo;
descubrió la respiración agitada de la otra, sus ojos chispeantes que trataban de ocultar lo mismo que los suyos trataban de revelar sin
ambages; temerosos de que el instante se esfumase, que el hechizo se diluyese con los momentos, con la lluvia primaveral...

También a Ernestina le costó contenerse. Las manos de ambas estaban recogidas en el regazo; los dedos de cada una se desligaron entre sí; después las respectivas manos quedaron en el asiento trasero inertes y desarmadas, a cada costado interior, mientras los dedos inquietos y temblorosos se acercaron
hasta que los meñiques se rozaron, justamente cuando el azul eléctrico cruzó el cielo encapotado de la ciudad, que había dejado de existir a su alrededor.

Los dedos se separaron violentamente..., para un segundo más tarde volver a juntar el delicado roce de la piel.

Ahí, en ese punto exacto en la glorieta de Francesc Maciá, en aquel preciso segundo Ernestina se giró hacia  ella y Rosa supo que su mundo con Roberto se había hecho añicos definitivamente. Le costó contenerse no tanto por el gesto (esa inclinación leve del rostro de Ernestina, el brillo húmedo en sus ojos) como por la certeza súbita que la atravesó: aquéllo no era un encuentro más, ni una anécdota destinada a diluirse en la rutina. Era un umbral.

El taxi se detuvo en un semáforo. El limpiaparabrisas marcaba un compás hipnótico, y en ese vaivén Rosa sintió que el tiempo se estiraba, se volvía dócil, como si aguardara una orden. Ernestina habló entonces, con una voz más grave de lo habitual, una voz que parecía recién descubierta.
«Me llamo Ernestina.»

Rosa tardó una fracción de segundo en responder, como si el nombre acabara de abrir una puerta secreta en su memoria futura. «Rosa, encantada.»

No se estrecharon la mano. No fue necesario. El nombre, apenas pronunciado, ya había hecho su trabajo: se posó entre ellas como algo vivo, palpitante, reclamando espacio. El semáforo cambió, el taxi avanzó, y con él la ciudad volvió poco a poco a existir: los claxon lejanos, los típicos atascos de los días de lluvia, los pasos apresurados bajo paraguas, el olor a asfalto mojado.

Cuando llegaron al destino de Rosa, la puerta se abrió con un golpe seco de realidad. El trayecto había sido corto; imperdonablemente corto. Rosa pagó al conductor y, antes de bajar, se volvió hacia Ernestina. Durante un instante que pareció eterno, ninguna supo qué hacer con las manos, con la boca, con la promesa suspendida en el aire, pero ambas miradas hablaban por sí mismas.

«Quizá…» —empezó Rosa, y se detuvo.

Ernestina sonrió, esa sonrisa suya que era mitad timidez, mitad audacia recién aprendida.

«Quizá» —repitió— «nos volvamos a ver.» No era una pregunta. Tampoco una afirmación. Era un pacto tácito.
Rosa asintió, cerró la puerta y el taxi arrancó de nuevo. Desde la acera, vio cómo el coche se perdía entre la lluvia. Ernestina, desde el asiento trasero, apoyó la frente en el cristal frío y dejó escapar un suspiro que llevaba años contenido. Ambas, separadas ya por metros y por decisiones aún no tomadas, supieron lo mismo al mismo tiempo: algo había comenzado, y nada —ni la edad, ni los hábitos, ni los nombres antiguos— podría devolverlas exactamente al lugar del que venían.

Aquella noche, al llegar a casa, Ernestina no encendió la luz de inmediato. Dejó el bolso en la silla, se descalzó despacio y permaneció de pie, en la penumbra, con una mano apoyada en el pecho. El pulso seguía ahí, firme, joven. Sonrió para sí.

Había días que se perdían.
Y otros, que se ganaban para siempre.


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