La Universidad del Crimen

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El anuncio estaba pegado con cinta canela en la pared: “Se solicita personal para Custodia Penitenciaria. Urge.” No pedían experiencia, ni estudios, ni cartas de recomendación. Pedían fuerza. Pedían cuerpo.

A Luis Urrutia lo eligieron desde que entró al lugar. Tenía 19 años, estaba grandote, hombros anchos y mirada seria. El encargado del reclutamiento lo midió como si fuera herramienta.

—¿Experiencia? —preguntó sin interés.

—No, señor. Cargaba en una ferretería.

El hombre solo asintió.

—Firmas aquí. Empiezas el lunes. Uniforme te lo damos. Lo demás lo vas aprendiendo.

Esa última frase le sonó rara, pero Luis no insistió. Necesitaba el trabajo.

En casa, su mamá se preocupó.

—¿En una penitenciaría, mijo? ¿Y si te pasa algo?

Su papá fue más seco:

—Nomás no te confíes. Ahí hay gente mala. No te juntes con ellos.

Luis sonrió como quien cree que el peligro se controla.

—Yo voy a trabajar, jefe. Solo a cuidar.

El lunes cruzó los portones y sintió que entraba a otro mundo. Olor a humedad, cloro barato y sudor viejo. Rejas con juego, custodios cansados, miradas duras. Nadie lo presentó, nadie le explicó reglas. Un custodio viejo le aventó el uniforme.

—Aquí es sencillo: no seas héroe. No seas amigo de nadie. Y no preguntes de más —le dijo—. Aprende viendo.

Luis entendió rápido: no lo contrataron por su mente, lo contrataron por su cuerpo. Y dentro del penal, el cuerpo no protege… provoca.

Los presos lo notaron desde el primer día. Le hablaban con confianza falsa.

—¿Qué onda, nuevo? Tú eres de los fuertes, ¿verdad?

Otros lo trataban con burla, midiendo su paciencia. Luis no sabía cómo responder. Nadie le enseñó a tratar con reos, a controlar conflictos, a poner límites sin caer en provocaciones.

Y donde no hay capacitación, hay aprendizaje… pero del peor tipo.

En el patio, la prisión le empezó a enseñar.

Aprendió rápido que todo tenía precio: un cigarro, un favor, una puerta “mal cerrada”, una mirada que se ignora. Aprendió que las palabras pueden ser cuchillos y que la violencia puede ser idioma.

Un preso apodado El Charro se le acercó como quien se vuelve maestro.

—Tú estás verde, morro, pero estás grande. Si te pones listo, subes rápido. Aquí el miedo es moneda… si tienes miedo, pagas.

Luis lo escuchó, porque en un lugar así la guía vale oro, aunque venga del lado incorrecto.

Al principio sintió asco. Luego costumbre. Después… orgullo.

A las pocas semanas caminaba distinto: pecho inflado, mirada fría, sonrisa dura. Sus compañeros custodios le delegaban cosas, evitaban problemas. Los presos ya no lo trataban igual; ahora lo “respetaban”. O fingían respetarlo.

En casa, su mamá fue la primera en notar el cambio. Luis empezó a contestar golpeado, con frialdad.

—¿Por qué hablas así, mijo? No eres tú.

—Así se habla, ama. Usted no entiende.

Su papá lo confrontó:

—Aquí respetas, Luis.

Luis se rió, una risa que no era de muchacho.

—El respeto se gana.

Esa frase le dolió al papá como una traición. Ya no veía al hijo trabajador; veía a alguien con la mirada endurecida.

Luego llegaron las señales: tenis nuevos, dinero extra, un reloj caro. Su mamá preguntaba y Luis respondía rápido, sin mirar.

—Me fue bien. Me ayudaron.

No era ayuda. Era pago.

En la penitenciaría, Luis ya no solo obedecía: negociaba. Ya no solo vigilaba: controlaba. Comenzó a sentirse poderoso, como si el uniforme lo convirtiera en dueño de la vida ajena. El problema era que esa misma lógica lo estaba pudriendo por dentro.

Una noche, un custodio veterano lo jaló aparte.

—Morro… te estás pasando. Aquí todo cobra factura. No te metas tanto.

Luis lo miró como si viera a alguien débil.

—Usted ya está viejo. Ya no aguanta.

El viejo no se enojó. Solo suspiró.

—No es aguantar. Es saber salir vivo.

Pero Luis ya estaba graduándose en esa universidad: la del crimen.

Hasta que un día, durante un pleito entre módulos, Luis quiso imponer orden a golpes, creyendo que su tamaño bastaba. Empujó a un reo sin pensar. El reo cayó… y al levantarse sonrió con calma, como si acabara de tomar nota.

—Ya te vi, plebe.

Desde ahí algo cambió. Las miradas se volvieron frías, calculadoras. Ya no era respeto… era elección. Lo estaban marcando.

Luis reaccionó como reaccionan los que no saben: se hizo más duro, más violento, más altanero. Pero así no se gana seguridad. Se gana enemigo.

Los custodios lo evitaron. Los presos lo manipularon. Luis empezó a quedarse solo, sin darse cuenta.

Cuando el director lo cambió de área, lo sintió como humillación. Como si le quitaran el poder. Y entonces cometió el último error: buscó poder afuera.

Empezó a juntarse con “conocidos” de internos. Lo invitaban a fiestas, le ofrecían alcohol, lo hacían sentirse importante. Le decían “compa”, “jefe”, “usted es de los nuestros”.

Luis se lo creyó.

Una madrugada, después de una reunión, alguien le dijo:

—Vámonos, vamos a dar una vuelta.

Luis se subió al carro.

Nunca volvió.

El domingo temprano, el teléfono sonó en casa. Su mamá contestó con la voz temblorosa.

—¿Bueno?

La voz del otro lado fue directa, sin emoción.

—¿Familia de Luis Urrutia?

El corazón de la mujer se detuvo.

—Sí… ¿qué pasó? ¿Está bien?

Hubo silencio. Luego, la frase que derrumba vidas.

—Señora… su hijo fue encontrado sin vida en un baldío al oriente de la ciudad. Necesitamos que acudan a identificarlo.

La madre soltó un grito que parecía romper el aire. El padre tomó el teléfono con manos temblorosas.

—¿Cómo que en un baldío? ¡Él era custodio!

La voz respondió como oficio:

—Lo sentimos.

Cuando colgaron, la casa quedó en silencio. El padre se quedó parado, mirando el suelo, como si buscara al muchacho en un punto invisible. La madre lloraba sin consuelo.

Y lo peor no era solo la muerte.

Lo peor era entenderlo: a Luis lo contrataron por fuerte, pero lo dejaron solo, sin preparación, sin guía, sin límites. Entró como un muchacho trabajador y salió convertido en otra cosa.

La penitenciaría fue su escuela.

Ahí aprendió lo que no debía.

Y se graduó con el precio más caro: una muerte anónima, lejos de casa, en un terreno vacío.

Porque hay trabajos que no se improvisan.

Y hay lugares que, si no te enseñan a ser bueno, te enseñan a ser monstruo.


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