LENNON

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Enviado el , clasificado en Ciencia ficción
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- El futuro es como Lennon: te lo pinta todo muy bonito, pero en realidad huele a falacia - decía mi madre.  

No la culpo, porque ella era más de escuchar boleros en “Radio Intergaláctica”, especialmente aquellos que pregonaban amores de mala naturaleza, amores a cuentagotas, casi secos. Y será que mamá recordaba algo, o tal vez a alguien, porque iba donde las gallinas, cogía a la más despistada y le torcía el pescuezo con fuerza, más de la habitual. 

Rememoraba eso mientras esperaba que sellaran mi pase alimentario. Al tiempo, aquel niño se acercó para ofrecerme bayas: treinta monedas toda la bolsa – atacó inmediatamente al cruzar miradas. 

Le sonreí, apenado, negando con la cabeza, y es que también andaba corto de efectivo. Debió notarlo, porque insistió: veinte monedas y son tuyas. 

Me dio aún más pena decirle que sólo llevaba diez en la cartera, en principio, porque sé que a esas horas de la noche hubiese aceptado hasta cinco y quedaría yo como un aprovechado entre los que conformábamos la fila y, después, porque las bayas no gustan en casa y acabarían en el cesto, pudriéndose con los desperdicios. 

Le sonreí nuevamente y no contraatacó, pero se me clavó algo del hambre que habitaba en su mirada, tal vez porque era un hambre que había visto en los ojos de mis compañeros en las minas, y más aún, porque estoy seguro que ellos también me la habían visto a mí. 

Él debía estar curtido en negativas, porque se colgó la bolsa al hombro sin hacer mueca alguna e inmediatamente se distrajo con una rata muerta que los formantes esquivaban al ir avanzando.

Y sabrá el cielo qué le habrá pasado al roedor, porque la cantidad de sangre que había derramado no se correspondía con su tamaño, parecía, más bien, que hubiese sido ultimado un gato de talla mediana. 

El muchachito cogió lo que quedaba de la cola, alebrestando a las moscas, y luego la empezó a aventar como si fuese una pelota de arena; corría por ella y repetía el proceso sin parar: lanzar, correr, recoger, volver a lanzar, sin importarle que se desparramaban las entrañas del animal sobre el calzado de las gentes. 

Al ratito llegaron dos perros, atraídos por el espectáculo siniestro. Intentaron ganarse los restos de la rata y empezó la disputa a media calle. En algún momento, sin exageración, los perros y el niño intercambiaban mordidas por igual, arrastrando sus cuerpos en el suelo, prensándose del cuello por los dientes, entre alaridos de dolor. Y ganó el muchacho. 

Lo vi alejarse, ya sin las bayas, que acabaron rodando a unos metros cuando la bolsa fue aventada y se rajó en el calor de la batalla. 

Me extrañó sentirme más preocupado yo que él, porque iba feliz con el remiendo de rata. 

- Se va contento, va a comer algo de carne esta noche. En sus condiciones, un pedazo, el más mínimo, es una victoria contra el crujir de tripas – dijo el hombre que estaba detrás mío. 

Ni bien terminó de decirlo se anunció por el altoparlante que no había más raciones, a pesar del enojo colectivo y las manos mostrando en alto el pase alimentario que, según los gobernantes, aseguraba comida caliente y pan a cada hogar y todos los días desde el inicio de la nueva administración. Sabía que era inútil gastar fuerzas en protestas, así que me orillé, esperando que pasara la rechifla y comenzaran a marcharse. 

Calculé que se habían alejado lo suficiente y me agaché para recoger las bayas, al menos las que no fueron pisoteadas. Entré a la intimidad del baño, para enjuagarlas y poderlas guardar en el bolso de la chamarra sin el riesgo de pasar vergüenzas.  

Estando en eso escuché una puerta azotarse y vi huir al empleado de la proveeduría de alimentos, echando humo de tabaco barato y acomodándose los pantalones, sin siquiera reparar en mi presencia. Seguido de él salió una Andrómeda, una de esas brujas cósmicas, de piel violácea y proporciones vigorosas, famosas por sus vientres insaciables y sus nalgas perfectas, pero también célebres por transmitir la fiebre subdérmica, incurable hasta hoy. 

A través del espejo noté que se acercaba, todavía recogiendo con sus dedos los restos de saliva y fluidos acumulados en los labios para luego tragarlos mientras saboreaba, al tiempo que, con la otra mano, agitaba en mi cara el fajo de billetes que se había ganado, sonriendo locamente, casi aullando, con la mirada perdida, seguramente por la metadona de Cidonia. 

- Mírame, ¡mírame y di que no quisieras un poquito! – me susurró, entre su laberinto mental. 

Sentí una orfandad suprema, pero pude deslizarme y dejarla a su suerte. Así que aquí me tienes, con lo poco que alcancé a traer hoy… 

Cenemos y agradezcamos lo que ha caído, no pensemos en mañana, que podría ser una distancia que no cubramos. 

Vivamos el presente, aunque sea como Lennon, decía mi madre: hablando de paz y en realidad siendo una mierda, palabreando que no haya un abismo, cuando el infierno ya está sobre la tierra.


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