Sus visitas a casa empezaron a volverse frecuentes. La veía llegar y pararse en el recibidor para inmediatamente sacudirse el polvo lunar y eterno que se le acumulaba en la ropa; retiraba el visor y lo colgaba en la alcayata, y luego me buscaba, girando su rostro que se deformaba por el mosquitero que se interponía entre nosotros.
Sonreía entonces, con esos dientes bien proporcionados y la mueca innata debajo del parpado izquierdo.
Entraba, vuelta toda ella un caos ordenado y colocaba los refrigerios sobre la mesa; abría las puertas de la vitrina y cogía cacerolas sin ton ni son, para después cocinar cualquier cosa.
Nos sentábamos a la mesa, casi siempre en silencio. Un silencio confortable y transparente. Un remanso, de esos que legitiman la camaradería sin miramientos. Al principio creí - alertado por esas cosas que, imagino, nos pasan a los padres por la cabeza – que algo iba mal en su casa. Probablemente algún inconveniente de pareja que no se atrevía a contarme.
Pero pasó que vino uno de esos días, acompañada por el muchacho, y los vi tan bien que entendí que mis sospechas no tenían fundamento.
Así habrán pasado tres meses, con sus llegadas ininterrumpidas y las comidas eternas. Recibimos juntos el año nuevo, todo normal, muy bien, bailando las canciones melancólicas que ponían a esa hora en una estación que alcanzaba a pescar mi radio.
Y de pronto, días después, algo cambió en su comportamiento. Le notaba una urgencia en los hábitos y, a menudo, nuestra mirada se cruzaba, como queriendo decir algo, aunque sin decirlo.
Yo no abría el pico, por el miedo de escuchar cosas que hubiese preferido se mantuviesen inconfesables, y ella no decía nada porque, cuando lo intentaba, algo se le atoraba en la garganta.
Como decía mi madre, sin embargo, todo cae por su peso propio, y aún la verdad más escondida se revelará, reluciente, así sea hasta el juicio del fin de los tiempos.
- ¿Te has enterado? – me preguntó esa tarde.
- No. Procuro no prestar atención a los noticieros, sabes que trabajan para el estado y…
Me interrumpió, cogiéndome de la mano, su mirada fija y cristalina, penetrándome hasta el tuétano.
- Encontraron agua en Titán. Hicieron los escaneos necesarios y es totalmente segura para el consumo. La colonia va muy bien. Se hablan cosas maravillosas sobre la terraformación, papá. Y necesitan a los médicos. Nos necesitan allí a los médicos.
- No llores, hija, las cosas pasan.
- Es que no encontraba cómo decírtelo.
- Lo gritabas con cada movimiento, te conozco.
- Tendré que irme para ayudar, pero el señor Turner dice que construirá una base para que puedas visitarnos.
- ¿Ves? Es mejor si sonríes, justo así. Está bien, de todas formas, sabes que a mí las alturas no me gustan. ¿Y para cuándo?
- La semana siguiente, el viernes. Pero te prometo que estaré viniendo en estos días, en medida que los preparativos me permitan.
Luego se alejó en la madrugada fría, dejándome un “te amo con todo mi corazón” acompañado de un beso en la mejilla. Y yo me quedé un rato ahí, bajo el marco de la puerta trasera, porque dicen que así se permanece a salvo durante los sismos.
Al segundo día comprendí que no habría mucho tiempo para que viniera.
No importó, porque imaginarla en los centros de estudios médicos, comportándose de esa manera tan nerviosa que siempre me reprochó por haberle heredado, eso lo compensaba. Saber que estaba en las filas privilegiadas para que le tomaran las medidas y le proporcionaran sus ropas espaciales. Todo valía la pena de no verla.
La mañana del jueves recibí su mensaje, un tanto fulminante: “adelantaron la salida para hoy, por la tarde, no podré ir a despedirme. Luego te llamo. Cuídate”.
Y nunca más he vuelto a saber de ella. Las cuarentenas en ese sitio son muy prolongadas, y muchos no resisten.
Así que me debato entre la duda y la esperanza. Sé que, si su cuerpo no soportó los cambios, estoy lejos de la civilización, así que un empleado de gobierno no montará su deslizador y se dirigirá hasta estos lares para darme el pésame y la correspondiente pensión reparatoria.
Y también tengo la certeza de que, si ella sigue por ahí, revoloteando su cabello largo con el viento, alborotando el polvo universal con sus pasos, en cualquier momento se encenderá el comunicador y volveremos a encontrarnos, aunque mil astros, a manera de mosquiteros, se interpongan entre nosotros.
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