LOS OTROS

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Enviado el , clasificado en Terror / miedo
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Aquí la humedad del calor muerde, al igual que los zancudos; es por eso que los hombres andaban siempre con sus camisas de manta y manga larga, atados los paliacates en sus cabezas, combatiendo el sudor. 

Y digo que andaban porque ya no andan más, sus pasos están ausentes, como si se hubiesen puesto de acuerdo para marcharse al mismo tiempo, como evaporándose de un día para el otro, huyendo. 

El primero de sus cadáveres no tenía los ojos cuando lo hallaron, y esa violencia no se había visto en este sitio. Se escuchaba que pasaba eso, pero en la llanura, que es tierra de gentes con las pieles pegadas a los huesos, gente con dientes afilados y miradas turbias, sobrevivientes de la gran lepra. 

Luego fueron apareciendo los demás cuerpos: algunos ahogados allá abajo, en la gran poza, otros con el zarpazo de la bestia del monte, y los más comunes, que encontrábamos empotrados por el pecho a las ramas, escurriendo su sangre junto con la sabia de los árboles. 

A decir de algunos fue la bruja, vengándose de ellos por haber echado sus patas al fuego la noche aquella en que la acorralaron y casi la matan. No creo que fuese ella, porque a ella le gusta saborear niños. Pero eso es otro cuento. 

Escuché, también, que los hombres de aquí fueron víctimas de otros hombres de distintos lados, hombres que llegaron en la madrugada, moviéndose invisibles entre los altos follajes, de esos cabrones que se sienten poderosos en montón y bajo el amparo de las armas, tipos de mentes retorcidas, hacedores de males que al demonio mismo le parecerían grotescos. Tampoco creo que fuesen ellos los victimarios. Y eso también sería otro cuento, uno que no conviene pensar en voz alta, porqué sabrá quién o quiénes puedan estar escuchando. Tropezar con la propia lengua es peligroso. 

Por otra parte, mi abuelo cree que fue su dios el que empezó a castigarlos, orillándolos a irse para siempre. Un dios del que nunca ha dicho su nombre, pero que enfurece ante ciertas cosas, justo como las que vimos. 

¿La vez que encontraron a María en el río con las ropas rotas y la intimidad destrozada por un carrizo verde? ¿Las niñas que se perdían de camino a la escuela y que aparecían en las cantinas de otras poblaciones prostituyéndose para no ser masacradas? ¿Los animales que se perdían en las casas y aparecían destazados en las cuevas con aquellos símbolos paganos? Eso y más, aseguraba abuelo, eso y más fueron “nuestros” hombres los culpables, y por eso se pusieron el dedo de aquel dios encima. 

Yo diré que, lo que atacó a los desdichados de por aquí no fue la bruja, ni gente de otros lados… Y con lo del dios no puedo meterme, porque escapa a mis fronteras mentales. 

Yo pienso que fue un mal antiguo, un mal emparentado con las peores calamidades que han arrasado el mundo, un azote de otra época que alguien tuvo a mal desatar a esta hora, como el humo que danza cuando se quita la tapa de la olla, un mal del que nadie sabe el nombre y que, sin embargo, todos reconocen cuando ven que está parado en la loma, dispuesto a esparcirse. 

Como sea que sea los hombres ya no andan, no por este sitio. Son víctimas del mal más antiguo, uno del que no pueden huir, ese que viene de dentro de ellos mismos. 

Es ese el motivo del letrero colgado en la primera casa del pueblo, ese por el que preguntas y que dice: "no vengan, y si vienen, digan que no es seguro que regresan". 

Porque la humedad del calor muerde, al igual que los zancudos, al igual que los males, al igual que la vida, y aquí la vida últimamente no vale nada.


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