Mi compañera de viaje

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El bus partió a las once de la noche. Mi asiento estaba junto a una mujer de unos treinta años, cabello castaño, que apenas levantó la vista cuando me senté. El intercambio fue mínimo: un "permiso", un asentimiento cortés, y luego el silencio.

El bus tomó la carretera y el aire acondicionado comenzó a helar el ambiente. La vi frotarse los brazos, incómoda.

—Hace un frío del demonio —murmuró.

Saqué una manta de mi maleta.

—Podemos compartirla.

Dudó solo un segundo antes de aceptar. Extendí la manta sobre nosotros dos. El espacio era reducido y nuestros cuerpos quedaron inevitablemente cerca. Sentí el calor de su muslo contra el mío.

El bus avanzaba en la oscuridad. Todos dormían a nuestro alrededor. En un bache, su pierna presionó la mía y no se apartó. Ese roce, aparentemente casual, encendió algo entre nosotros.

Bajo la manta, nuestras manos se encontraron. Primero fue apenas un roce de dedos, luego nuestras palmas se juntaron, nuestros dedos se entrelazaron. El simple contacto me aceleró el pulso de una manera absurda.

Ella se reclinó contra mi hombro, su respiración cálida rozando mi cuello. Su mano liberó la mía para deslizarse sobre mi muslo, subiendo lentamente, deliberadamente. Yo llevé mi mano a su rodilla, sintiendo la tensión en sus músculos.

—Esto es una locura —susurró.

—Lo sé —respondí, mi mano subiendo por su muslo.

Su mano me tocó entonces, palpando mi erección a través del pantalón. Cerré los ojos, el placer del contacto era casi doloroso. Yo presioné entre sus piernas, sintiendo su calor a través de la tela.

No hablamos más. Nos desabrochamos mutuamente los pantalones, torpes pero urgentes. Su mano se deslizó dentro de mi bóxer, rodeando mi miembro con dedos cálidos y firmes. Gemí quedamente contra su cabello.

Metí mi mano en sus jeans, bajo su ropa interior, y la encontré húmeda, lista. Ella se estremeció cuando mis dedos acariciaron su clítoris, su mano apretando mi erección con más fuerza.

Nuestros labios se encontraron en un beso hambriento mientras nuestras manos trabajaban bajo la manta. Deslicé un dedo dentro de ella, sintiendo cómo se contraía alrededor de mí. Su gemido ahogado contra mi boca me enloqueció.

—Más —susurró, y añadí otro dedo, moviéndolos dentro de ella mientras mi pulgar circulaba su clítoris.

Ella me acariciaba con un ritmo perfecto, su pulgar rozando la punta sensible de mi miembro en cada movimiento. Estaba al borde, desesperado por liberarme.

—Voy a... —murmuré.

—Yo también —jadeó ella.

Su orgasmo llegó primero, sus paredes apretándose alrededor de mis dedos, su cuerpo temblando contra el mío. Eso me empujó al límite. Me corrí en su mano con una intensidad que me dejó sin aliento, mordiéndome el labio para no gritar.

Permanecimos así, recuperando el aliento, nuestros cuerpos todavía unidos bajo la manta. Lentamente nos separamos, nos limpiamos, reacomodamos la ropa.

Ella tomó mi mano y la sostuvo hasta que llegamos a la terminal.

El amanecer nos recibió cuando bajamos del bus. En el andén, nuestras miradas se cruzaron una última vez. Una sonrisa pequeña, un asentimiento. Luego cada uno caminó en direcciones opuestas.

No hubo despedidas, ni números intercambiados. Solo el recuerdo de un encuentro intenso en la oscuridad, entre dos desconocidos que se tocaron como si se conocieran de toda la vida, y que se separaron como si nunca hubiera pasado nada.


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