Ari: Prisionero de Mi Piel I
Por ENTRELINEAS
Enviado el 13/02/2026, clasificado en Adultos / eróticos
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Me llamo Arian, aunque todos los que me quieren de verdad me dicen Ari. Tengo 25 años y paso la mayor parte del tiempo en casa, trabajando como contador, escondido entre números rodeado de papeles y mi laptop que, a veces, se siente como la única compañía que me entiende y me da cierta paz.
Soy bajito, apenas un 1.50 cm, y peso 60 kilos. Pero mi cuerpo nunca se ajustó del todo a lo que se espera de un hombre: mi silueta es femenina: piernas torneadas, caderas generosas, mi trasero voluminoso; incluso tengo pequeños senos que se insinúan bajo la ropa y me hacen sonrojar cada vez que me los descubro en el espejo. Mi piel es blanca y suave, porque desde niño aprendí a cuidarla con cremas como si fuera mi tesoro secreto. Mis pies, pequeños reafirman mi femineidad con apenas 36, delicados, femeninos diría que son mi mayor atractivo… y cada detalle como ese me llena de una inocente contradicción.
Mi voz es tan fina y suave que, más de una vez, me han confundido con una señorita. Y aunque por dentro siempre he sentido esa voz femenina reclamando existir, yo no me considero gay. Para mí, no se trata de hombres ni de mujeres… yo simplemente creo que soy un hombre, aunque algo en mi interior me empuje a sentir y vivir como mujer. Y esa ambigüedad me asusta.
Soy tímido hasta lo ridículo: basta una mirada fija para hacerme bajar la cabeza y sonrojarme. Obedezco a todos sin chistar, como si temiera molestar al mundo con mi presencia. Nunca tuve una enamorada, jamás he besado. A veces me siento como un niño atrapado en el cuerpo de alguien que aparenta seguridad, pero que en realidad se quiebra con facilidad.
Esa inocencia me ha protegido, pero también me ha aislado. Porque todo lo que escondí, todo lo que nunca me atreví a confesar, salió a la luz una tarde cualquiera… por un descuido. Una cortina mal cerrada, un conjunto de lencería sobre mi piel, y unos ojos que me descubrieron. Ese instante lo cambió todo.
Mi historia comenzó mucho antes de aquel descuido. Yo era apenas un niño cuando mi padre decidió marcharse de casa. No tengo recuerdos claros de él; su rostro se desdibujó con el tiempo, como si se hubiera borrado de mi memoria para no dolerme tanto. Lo único que nunca olvidé fue la tristeza en los ojos de mi madre el día que nos dejó. Desde entonces, ella se convirtió en todo: madre, padre, guía y sostén. Trabajaba sin descanso para darme lo necesario, y yo, tímido y callado, la veía marchar cada mañana con un nudo en la garganta.
Siempre fui distinto a los demás niños. No era bueno para los juegos bruscos, me daba miedo él futbol, pero por el contrario era bueno en baile y gimnasia.
Me daba vergüenza mostrar mi cuerpo, y cualquier palabra fuerte era suficiente para hacerme llorar. Los otros chicos se burlaban, y yo bajaba la cabeza, incapaz de defenderme, con las mejillas encendidas de vergüenza. Me refugiaba en mis cuadernos, en los colores, en todo lo que me permitiera escapar de esa sensación de no encajar.
A los doce años, los médicos me dieron una explicación que cambió la forma en que me miraba al espejo: diagnosticaron que mi cuerpo no producía la testosterona suficiente, y que, en cambio, tenía un exceso de estrógenos. Era la razón porque mis rasgos eran tan delicados, caderas anchas, y pequeños senos como los de una señorita.
Por falta de dinero no pudimos corregir ese déficit de testosterona, a esa edad no entendía realmente lo que pasaba con mi cuerpo.
Yo no me veía como un “niño raro”, simplemente era yo. En ese entonces no pensaba en hombres ni en mujeres; me repetía que era un hombre, como cualquier otro, aunque en mi interior latiera una voz suave, femenina, que me hacía soñar con ser alguien distinto. Nunca me consideré gay, ni siquiera entendía lo que eso significaba con claridad. Lo único que sabía era que lo que sentía debía guardarlo como un secreto, porque en mi inocencia temía que el mundo me rechazara si alguna vez llegaba a descubrirlo.
Empecé a desarrollar un gusto por las prendas de mujer. Al principio fue solo curiosidad: tocar las telas suaves del armario de mi madre, acariciar un vestido como si ese roce pudiera calmar algo dentro de mí. Después, la tentación se volvió irresistible. Cada vez que me quedaba solo en casa, buscaba entre las prendas femeninas, me probaba alguna blusa, me miraba al espejo con el corazón latiendo a toda prisa. Había miedo, sí, pero también una dulzura inexplicable en verme así.
Con el tiempo, aquella curiosidad se transformó en hábito. En secreto, comencé a desear cada vez más ese reflejo, como si esas prendas me acercaran a la verdadera versión de mí mismo.
Aprendí a vivir con esa doble vida: el niño obediente, sumiso, tímido, que se sonrojaba por cualquier cosa, que bajaba la mirada para que nadie notara el rubor que me delataba; y la voz callada en mi interior que susurraba que tal vez yo nunca había sido un niño del todo.
Mi vida a los 25 años parecía tranquila, casi rutinaria. Pasaba la mayor parte del día frente a la computadora, trabajando como contador desde casa. Los números eran fríos, exactos, y en su silencio encontraba una especie de refugio. Allí no había juicios, ni miradas que me incomodaran, solo operaciones que siempre tenían una respuesta correcta.
Vivía con mi madre, que a pesar de los años seguía siendo mi apoyo incondicional. Ella salía a trabajar cada mañana, y yo la despedía con un beso tímido en la mejilla. Cuando estaba sola en casa, podía ser yo, al menos por un instante. Tenía una mejor amiga Cami. Tenía 20 años, era alegre, extrovertida, y siempre decía que yo era “más tierno que cualquiera de sus amigas”. Sus palabras me sonrojaban.
En mi interior, esa doble vida se mantenía en equilibrio: Ari el contador, obediente y tímido, y Ari la mujer escondida, que encontraba placer en las telas suaves, en la lencería delicada, en la fantasía de un reflejo distinto en el espejo. Cada vez que me probaba alguna prenda femenina, mi corazón se aceleraba como si estuviera cometiendo un pecado, y sin embargo había una dulzura inevitable en el gesto.
Esa tarde, el sol entraba con fuerza por la ventana de mi habitación. Yo había terminado un informe y, con la casa vacía, decidí darme un regalo: un conjunto de lencería nuevo que había comprado en secreto. Me lo puse lentamente, sintiendo el roce de la tela contra mi piel blanca, tan suave gracias a las cremas que usaba cada día. Me miré al espejo: mis piernas torneadas, mis caderas generosas, mis voluminosas y redondas nalgas, y mis pequeños senos resaltaban bajo la luz. Por un instante, me sentí hermosa.
Pero en medio de esa ilusión, olvidé un detalle: la cortina había quedado entreabierta.
Me moví frente al espejo, giré apenas, y de pronto escuché una voz desde la calle, profunda, burlona, que me heló la sangre:
CONTINUARA...
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