Hacía dos meses que no llovía y el pueblo parecía olvidado. Los perros insistían en ladrar siempre a la misma hora; todo se volvió religiosamente automático: los coches, las avenidas, los campos sembrados. Mi padre salía cada mañana antes que el sol a segar el trigo. Yo era la hija de, la hermana de, mi nombre no importaba.
Siempre me sentí atraída por la segadora, por sus cuchillas afiladas girando, por ese sonido cortante que hacía erizar la piel. He aprendido a manejarla y me da paz ver los campos dorados mientras paso por encima, desordenándolo todo. El dorado llega a cansar, aburre.
A mi hermano Alberto le encanta acostarse entre el trigo; sé el punto exacto donde duerme su estúpida siesta. Creo que el color rojo sería estimulante para un cielo seco, un cielo que se resiste a llover.
#natachagmendoza 2020
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