Los bares del Diablo
Por Natacha G. Mendoza
Enviado el 17/02/2026, clasificado en Cuentos
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Nunca bebí coñac, pero esta noche deseo tomar algo que arda en mi garganta. Siempre fui un hombre débil. Lo sé, no lo pude evitar. Mi madre invirtió mucho tiempo en esa labor, transmitió de manera efectiva sus miedos a mi cuerpo. Crecí con toda esa porquería revoloteando en mi sangre.
Cincuenta y tantos. Hace veinte que olvidé mi edad. Flaco —los huesos ganaron la batalla al hambre— y duelen. Cada día se retuercen y me obligan a tomar drogas. Pero no le echaré toda la culpa al dolor ni a mi madre.
Soy un adulto sin fuerza, un tipo que se arrastra a la barra de un bar para mojarse en algo que queme, porque de las mujeres no sé nada desde hace décadas. La soledad tiene cosas terribles. He hablado con mi muerte; la he mirado a los ojos muchas noches y, algunas, ha llorado por mí.
Es que ni ella me quiere. La muy zorra se aleja cuando, entre lágrimas y ansiolíticos, le suplico que me haga el amor. No va vestida de negro como muchos creéis —no—; es tan pura, tan blanca. Es una maldita luz que ciega toda la vida que te rodea. Marea un poco, pero es hermosa y tiene la voz más cruel que he escuchado jamás.
Me enamoré de ella sin remedio hace años, en el primer intento de suicidio. Sí, la invoqué. Sé que no le gustó: fue la primera vez que me abandonó. Me acostumbré a ese acto; la necesité muchas veces, muchas. Ahora ella viene sola. Aparece por la noche —siempre estoy acostado—, se sube en mi vientre y me mira. ¡Dios, cómo me mira! Ayer pude sujetarle la cintura y sentí sus huesos: eran blandos, muy blandos. Mis dedos se perdieron en esa suavidad.
Hace meses que no dice nada; solo me observa, solo llora. Tal vez esté cerca el momento, quizá pronto me desnude y deje que entre… Sé que el día que encuentren mi cuerpo vacío sobre la cama solo recordarán que sonreía.
#natachagmendoza
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