La seducción del vestido negro

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Me miro al espejo mientras decidí que vestido ponerme, está noche, es una cita especial. Al final me decantó por un vestido negro, es ajustado con escote de pico, lo que hará resaltar mi figura. No me maquillo mucho, me gusta ir natural, mi melena suelta, me pongo unos zapatos de tacón y me vuelvo a mirar al espejo. Sonrio, me gusta lo que veo.

Un mensaje de WhatsApp suena en mi móvil. Marcus que está en la puerta de mi casa esperando dentro del coche. Cojo el bolso negro pequeño y salgo de casa.

Me dirijo a su coche con paso ligero, abre la puerta y me dejo caer en el asiento.

—Hola —dijo ella, con una voz más suave de lo que había pretendido.

-Hola-respondio el.

Gira la cabeza para mirarle. Está tan guapo, lleva un pantalón azul marino y una camisa gris, lo que hace que sus ojos azules resalten y su pelo corto rubio.

Mientras salíamos de mi calle. Marcos manejaba con una mano, la otra descansando sobre la palanca de cambios. El aire acondicionado soplaba fresco, pero sentí un calor que venía de dentro.

—Te ves increíble —dijo él, sin apartar la vista de la carretera, pero con una sonrisa en la comisura de los labios.—Tú no estás mal tú mismo —respondí, intentando que mi voz sonara desenfadada, aunque el elogio hizo que un cosquilleo me recorriera el estómago. Me ajusté el cinturón de seguridad, sintiendo cómo el vestido negro se tensaba sobre mis pechos. Su mirada se desvió un instante, justo el suficiente para que yo lo notara.

El silencio no era incómodo, pero estaba cargado. Cada semáforo en rojo era una oportunidad para que sus ojos azules se posaran en mí, estudiándome, admirándome. Yo jugaba con el borde de mi bolso, grabando la servilleta arrugada que había tirado a la basura. Y sin embargo, aquí estaba.

 

—Adónde vamos? —pregunté.

Un sitio tranquilo. Donde podamos hablar sin que nadie nos conozca —respondió. Su tono era práctico, pero no frío. Había una franqueza en él que, a pesar de todo, me resultaba atractiva. No había juegos, no había pretensiones. Solo un deseo claro como el agua.

 

—Tu mujer sabe que estás aquí conmigo? —La pregunta me salió sin pensarlo. Necesitaba saberlo

Marcos ascendió, girando el volante para tomar una avenida más amplia. -Si. Y sabe adónde vamos. Es parte del acuerdo. Nada de secretos.

 

—¿Y no le importa?

 

—Le importa que sea honesto. Eso es todo.

Meneé la cabeza, todavía sin poder comprenderlo del todo. Mi mundo había sido siempre de parejas cerradas, de celos tácitos y posesiones disfrazadas de amor. Esto era un territorio nuevo, ya pesar de mis reticencias, sentía una curiosidad punzante, peligrosa.

 

—Yo no sé si puedo hacer esto —confesé en voz baja, mirando el perfil de su mandíbula fuerte, iluminado por las luces de los faros que pasaban.

 

No tienes que hacer nada que no quieras —dijo, y esta vez sí me miró directamente. Sus ojos, en la penumbra del coche, parecían más oscuros, más profundos. —Solo vine a tomar una copa contigo. A conocerte. Lo otro… es una posibilidad, no una obligación.

Sus palabras deberían haberme tranquilizado. En cambio, solo avivaron el fuego. Porque ahora era una elección, no una imposición. Y mi cuerpo, traicionero, ya estaba eligiendo. Recordé las fantasías en mi cama, las noches en vela pensando en sus manos, en su boca. La realidad estaba sentada a medio metro de mí, oliendo una colonia limpia ya hombre.

 

Llegamos a un pequeño restaurante con luces tenues y mesas separadas por cortinas de lino. Era íntimo, pero no siniestro. Elegante, pero discreto. Me bajé del coche y sentí el tacón hundirse un poco en el asfalto. Él apareció a mi lado en un instante, ofreciéndome el brazo. Lo tomé, sintiendo la tela gruesa de su camisa y el músculo firme debajo.

 

—¿Te gusta? —preguntó.

 

—Sí —dije, y era verdad.

Nos sentamos en un rincón. Pedimos vino. La charla fluyó más fácil de lo que esperaba. Hablamos de libros, de las películas malas del verano, de lo aburrida que estaba la piscina municipal sin la tensión de nuestros juegos de miradas. Cada vez que reía, su pie rozaba el mío bajo la mesa. Cada vez que él se inclinaba para escucharme, podía ver la línea de vello rubio en su pecho, asomando por el huevo de botones de su camisa.

Me alegre de que hayas venido —dijo de repente, cuando el segundo vaso de vino empezaba a calentarme las venas.

 

—Yo también —respondí, y esta vez no había duda en mi voz.

 

—¿Y la servilleta? —preguntó, con una ceja ligeramente arqueada. Un gesto de complicidad.

 

—La tiré. Pero memorice el número.

Su sonrisa fue lenta, victoriosa y completamente irresistible.  Extendió su mano sobre la mesa, con la palma hacia arriba. Una invitación. Dudé solo un segundo antes de colocar la mía sobre la suya. Su piel estaba caliente, sus dedos se cerraron alrededor de los míos con una presión que era a la vez gentil y firme.

No quiero presionarte —repitió, pero sus ojos decían algo distinto. Decían te quiero, y voy a esperar el tiempo que sea necesario, pero te voy a tener .

 

Y lo más aterrador era que yo también lo quería. Toda mi lógica, mis principios, mis dudas, se estaban disolviendo en el pozo azul de su mirada y en el tacto de su mano.

 

—No me estás presionando —susurré. —Estoy aquí porque quiero estarlo.

Él levantó nuestra mano entrelazada y depositó un beso suave en mis nudillos. Un escalofrío me recorrió toda la espalda, terminando en un punto bajo y dulce en mi vientre.

 

—Entonces —dijo, su voz un poco más grave—, ¿te gustaría ir a otro sitio? Algo más privado.

 

 Mi corazón dio un vuelco contra mis costillas. Esto era. El punto de no retorno. Respire hondo, sintiendo cómo el vestido negro me abrazaba, cómo los tacones me daban una altura y una seguridad que quizás no sentía por dentro. Lo miré a los ojos, a esos ojos que habían habitado mis sueños húmedos durante semanas, y asentí.

 

—Sí —dije. —Llévame.

 


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