Fuego fuera del Tatami Parte 1

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Me llamo Ivette y siempre he creído que las coincidencias no existen… solo los destinos que se van tejiendo con paciencia.

En mi vida nunca imaginé que un torneo de artes marciales sería el escenario donde mi deseo dejaría de ser imaginación para convertirse en piel.

Leonardo y yo trabajamos para la misma empresa, aunque en ciudades distintas. Durante meses nuestra conexión fue virtual: reuniones, proyectos compartidos y mensajes que, poco a poco, dejaron de ser estrictamente laborales. Descubrimos que ambos practicábamos artes marciales. Que a los dos nos emocionaba reservar un vuelo sin demasiados planes. Que él veía el mundo a través de su cámara y yo lo reinterpretaba en telas, colores y detalles de belleza.

Nuestra complicidad nació entre fotografías que me enviaba al amanecer —calles húmedas, montañas silenciosas, retratos espontáneos— y selfies mías antes de una competencia o probándome un vestido nuevo. Él decía que yo entendía la armonía del movimiento. Yo le respondía que su lente capturaba el alma de las cosas.

El torneo de artes marciales en mi ciudad fue la excusa perfecta para que, por fin, nuestras miradas se cruzaran sin pantallas de por medio.

Lo vi entrar al gimnasio con su uniforme impecable y esa calma y seguridad que lo caracteriza. Ahí estaba, alto, firme, con esa sonrisa que lo destaca de los demás. Cuando nuestros ojos se encontraron, sentí una descarga recorrerme el cuerpo. Había visto su imagen muchas veces, pero en persona su energía era distinta: más intensa, más real.

Competimos en categorías distintas, pero nos observábamos desde las gradas. Cada patada, cada giro, cada golpe ejecutado con precisión tenía un espectador especial. Cuando terminé mi combate y escuché el aplauso, su mirada era lo único que importaba.

Al caer la tarde, después de la premiación, la ciudad parecía suspirar con nosotros. Lo invité a caminar por el centro histórico. Él llevaba su cámara colgada al cuello; yo, aún con el cabello recogido y el maquillaje ligeramente desvanecido.

—Estás hermosa así —me dijo—. Fuerte, bella … y esplendorosa.

Nunca nadie me había dicho algo así, y menos después de un torneo, con el uniforme aún puesto y la piel tibia y humedecida por la actividad física.

Nos detuvimos en un mirador desde donde se veía la ciudad encendida. Las luces parecían pequeñas estrellas de un firmamento ordenado. Él levantó la cámara, pero en lugar de disparar, la dejó caer suavemente contra su pecho.

—Prefiero memorizar este momento —susurró.

Su cercanía me envolvió. Pude sentir el calor que irradiaba, la firmeza de su cuerpo tan cerca del mío. Mi respiración se volvió más lenta, más profunda. Apoyé la mano en su pecho, sintiendo íntimamente el latido acelerado de su corazón y del mío.

El primer beso fue pausado, como si ambos temiéramos romper algo sagrado. Sus labios eran cálidos, suaves y el beso decidido. Yo respondí con la misma intensidad contenida que uso en el tatami, pero transformada en deseo.

Mis dedos recorrieron la línea de su cuello hasta su nuca; los suyos se deslizaron por mi cintura, atrayéndome con una seguridad que me hizo estremecer. No era prisa lo que nos movía, sino una necesidad que había madurado durante meses de palabras guardadas.

El beso se volvió más profundo, más urgente. Sentí cómo mi cuerpo respondía al suyo, cómo la energía que usamos para combatir ahora se transformaba en otra clase de fuerza, íntima y electrizante. Su mano descendió por mi espalda, marcando cada curva con una delicadeza que contrastaba con la potencia que había mostrado horas antes en el tatami.

—Ivette… —mi nombre en su voz sonó como una promesa.

Apoyé mi frente contra la suya, sonriendo. En ese instante entendí que la belleza también estaba en la tensión compartida, en la anticipación de una resolución extremadamente esperada, pero sin esperanza.

La noche nos envolvía mientras nuestros cuerpos aprendían el ritmo del otro. Cada caricia era un descubrimiento; cada suspiro, una confesión sin palabras. No necesitábamos más que ese mirador, el murmullo lejano de la ciudad y la certeza de que, después de tanto tiempo separados por kilómetros, finalmente estábamos en el mismo lugar.

Al final del día en que competimos como guerreros, nos rendimos como amantes.

Y mientras sus brazos me rodeaban con firmeza y ternura a la vez, supe que algunos viajes no requieren avión… solo el valor de cruzar la distancia que separa los cuerpos y los corazones.

Después del mirador, después del primer beso que rompió meses de distancia, no quise que la noche terminara. Lo invité a mi departamento con la excusa de mostrarle algunas fotografías de la ciudad que él podría capturar al día siguiente. Ambos sabíamos que no era solo eso.

Aún llevaba el uniforme bajo un rompevientos ligero. Él sostenía su cámara en una mano, pero al cruzar la puerta la dejó sobre la mesa, como si entendiera que ahora la única imagen importante éramos nosotros.

Me miró de arriba abajo sin prisa. Esa mirada me desarmó más que cualquier rival en el tatami.

—Eres increíble —dijo, casi en un susurro.

Sentí el calor subir por mi cuello. No era una mujer insegura; sé quién soy. Pero frente a él había algo distinto: la deliciosa sensación de querer ser vulnerable, de entregarme a la protección de sus brazos y de su alma.

Me acerqué primero. Deslicé los dedos por su cinturón del uniforme, desatándolo con la misma precisión con la que ajusto el mío antes de un combate. Él respondió rodeando mi cintura, deslizando sus manos firmes, suaves y cálidas, con una mezcla de deseo y reverencia.

Cuando sus labios volvieron a los míos ya no eran cautelosos. Eran hambrientos.

Sentí su respiración volverse más profunda cuando mis manos recorrieron su torso, firme, ahora tórrido, vivo bajo mis palmas. El contraste entre la fuerza del guerrero y la vulnerabilidad del hombre, me estremecía.

Su boca descendió lentamente por mi cuello, dejando besos que quemaban y calmaban mi nerviosismo al mismo tiempo. Cada roce despertaba una corriente que me recorría el vientre y encendía mi interior, una tensión dulce que me acercaba a su cuerpo buscando más.

Desató mi uniforme con paciencia, como si desenvolviera algo precioso, valioso y sublime. Cuando la tela cayó al suelo, su mirada se detuvo en mí con una intensidad que me hizo sentir hermosa, poderosa y deseada. 

—No sabes cuánto imaginé este momento —confesó. Mientras con delicado tacto continuaba desnudándome, deshaciéndose de las prendas que quedaban en mi cuerpo.

Sonreí. Yo también lo había imaginado. Miles de ocasiones fantaseando, con las noches que tendríamos juntos en los hoteles durante nuestros viajes y en otras ocasiones después de entrenamientos agotadores.

Lo llevé hacia mi habitación sin dejar de besarlo ni acariciarlo mientras mis manos iban retirando su karategi.

 

 


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