Susurros en la altitud

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El vuelo de vuelta a Madrid atravesaba la oscuridad de la noche, un vasto manto negro salpicado por las luces distantes de las ciudades que quedaban muy por debajo. El avión, un Airbus A330, iba medio vacío, una rareza que permitía a los pasajeros dispersarse por la cabina como piezas de ajedrez buscando su posición más cómoda. Los motores rugían con un zumbido constante y monótono, una vibración que se sentía en el respaldo de los asientos y en el suelo bajo los pies.

Un hombre de unos treinta y tantos años se levantó de su ubicación original, cerca de la zona de embarque, y caminó por el pasillo central hacia la parte trasera de la aeronave. Sus pasos eran cuidadosos, evitando los brazos y piernas extendidas de quienes ya habían reclamado territorio. Al llegar a las últimas filas, eligió un asiento en el corredor, junto a la ventanilla, un rincón apartado donde el ruido de los motores resultaba más intenso pero donde también podía observar sin ser observado.

Se acomodó en el asiento, ajustando el cinturón de seguridad sin apretarlo demasiado, y giró la cabeza hacia la ventanilla. Allí abajo, a miles de pies de distancia, las ciudades eran manchas doradas y anaranjadas, constelaciones terrestres que parpadeaban con vida propia. Las luces de las carreteras trazaban líneas interminables, serpenteanado entre las poblaciones como venas de luz. Le resultaba hipnótico, casi meditativo, contemplar esa geografía nocturna mientras el avión la dejaba atrás a cientos de kilómetros por hora.

El insomnio era su compañero habitual en los vuelos. No importaba la hora, no importaba el cansancio acumulado, su cuerpo se resistía a rendirse al sueño en el aire. Había intentado todo: tapones para los oídos, antifaces, música relajante, incluso pequeñas dosis de melatonina, pero nada parecía funcionar. Al final había aprendido a aceptarlo, a hacer de esas horas suspendidas entre destinos un tiempo para la observación y el pensamiento.

A su alrededor, los demás pasajeros se habían distribuido estratégicamente por la cabina. Algunos habían reclamado filas enteras para sí mismos, estirando los cuerpos sobre los tres asientos contiguos, con mantas prestadas por la tripulación cubriéndolos como capullos. Otros preferían mantenerse cerca de las salidas de emergencia, donde había más espacio para las piernas. El murmullo de conversaciones había disminuido hasta convertirse en un susurro ocasional, interrumpido solo por el sonido de los carros de servicio de la tripulación guardando los últimos utensilios.

Fue entonces cuando su atención se desvió hacia una pareja sentada algunas filas más adelante, visible desde su posición estratégica en la parte trasera. La mujer tenía el pelo castaño, una media melena que caía justo por encima de sus hombros, con ondas suaves que parecían recién hechas a pesar de las horas de vuelo. Su piel, ligeramente bronceada, sugería días recientes bajo algún sol Mediterráneo o quizás una sesión de bronceado artificial antes del viaje. Cuando se giró momentáneamente para acomodarse, él pudo ver su rostro: una sonrisa amplia, natural, la clase de sonrisa que arruga los ojos y transforma completamente las facciones.

El cuerpo de la mujer era difícil de ignorar. Las caderas anchas llenaban el asiento de una manera que hacía que la tapicería estándar de la aerolínea pareciera insuficiente para contenerla. El pecho exuberante se elevaba y descendía con cada respiración, y incluso bajo la ropa de viaje, unos pantalones de algodón elástico y una blusa suelta, resultaba evidente la plenitud de sus curvas. Había una sensualidad en su postura, en la manera en que cruzaba las piernas, en cómo inclinaba la cabeza al hablar, que emanaba de ella sin esfuerzo aparente.

Su acompañante, un hombre de complexión similar, canoso en las sienes y con el rostro marcado por líneas de expresión que sugerían una vida de sonrisas y preocupaciones compartidas, permanecía cerca de ella en el asiento contiguo. De vez en cuando, sus manos se extendían hacia el cabello castaño, acariciando los mechones con movimientos lentos y deliberados, como quien toca algo precioso y familiar. Ella se estremecía ligeramente bajo ese contacto, un temblor casi imperceptible que él, desde su posición de observador, podía captar.

El hombre apoyaba la barbilla en la nuca de ella, susurrándole palabras que se perdían en el zumbido de los motores pero que provocaban en ella risas suaves, contenidas. Era un diálogo íntimo, codificado por años de convivencia, donde cada gesto y cada media sonrisa tenía un significado compartido. La mujer se reclinaba hacia él, buscando su calor, su presencia, como si el espacio entre sus cuerpos fuera el único lugar donde existía la seguridad.

La observacion se extendio  durante minutos .La manera en que el le rodeaba  los hombros con un brazo

 

 

 

 

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