Diez años no se arreglan.

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Anna dedicó un cuidado especial a la preparación de la cena, ya que celebraba su décimo aniversario. La mesa estaba meticulosamente dispuesta, con cada detalle perfectamente alineado. Mientras Fran regresaba de su jornada laboral, ella se dio una rápida ducha. Se vistió con un elegante vestido negro de tirantes, dejó su cabello suelto y se aplicó un suave tono de labial rosa, complementando su look con unas gotas de su perfume favorito.

Fran solía llegar alrededor de las diez y media y, para esa noche especial, Anna había preparado su plato preferido, que había dejado en el horno para que se mantuviera caliente. Para pasar el tiempo, se acomodó en el sofá con un libro que había comenzado, pero las páginas no dejaron rastro en su mente.

Al mirar el reloj, se sorprendió: eran las once. Fran nunca se retrasaba.

La inquietud empezó a crecer dentro de ella. Cogió el móvil y marcó su número. Sonó tres veces. No contestó.

Se sirvió una copa de vino.

Mi corazón empezó a latir con un ritmo incómodo contra mis costillas. Dejé el libro a un lado. Me levanté y caminé hasta la ventana, apartando la cortina. La calle estaba tranquila. Nuestro coche no estaba.

“Tranquila”, me dije. “Seguro que es el tráfico. O el trabajo.”

Pero Fran siempre avisaba. Siempre.

Volví al sofá. No pude sentarme. Paseé por el salón, pasando junto a la mesa perfectamente puesta. Las velas sin encender, los cubiertos brillantes… todo parecía una burla.

Le escribí un mensaje.

Fran, cariño, ¿todo bien? Te espero con la cena. Avísame, por favor.

No lo leyó.

Abrí el horno. El olor del guiso, que normalmente me reconfortaba, ahora me resultaba insoportable. Lo apagué.

Eran las once y veinte.

Entonces lo oí.

La puerta.

Un alivio inmediato me recorrió el cuerpo.

—¡Fran! ¡Dios mío, qué susto me has dado! —dije, caminando hacia el recibidor.

Pero me detuve en seco.

No era Fran.

Era una mujer.

No muy alta, con el pelo oscuro recogido de forma descuidada. Se quedó paralizada al verme, con el bolso aún en la mano.

Nos miramos.

—Perdona… creo que me he equivocado de casa —dijo.

Pero no sonó convincente.

Había entrado con llave.

Entonces lo entendí.

—No —dije, casi en un susurro—. No te has equivocado.

En ese momento, unos pasos sonaron desde el pasillo.

Fran.

—Anna… —dijo.

Entonces me di cuenta.

Esa mujer era su amante. No sé cuánto tiempo llevaba con ella. Se había equivocado de bloque; el suyo era el de más abajo.

Los ojos se me llenaron de lágrimas.

—¿Cuánto tiempo me llevas engañando? —dije—. ¿O no pensabas decírmelo nunca?

Fran se quedó mirando a la mujer. Ella se acercó a él.

No quise saber nada más.

Entré en el salón y cerré la puerta.

Me tumbé en el sofá, pero no pude retener las lágrimas.

Todos estos años…

“Anna, esta noche llegaré más tarde, tengo una reunión urgente.”

Otra semana. Otra más.

No sé cuántos años.

Qué estúpida he sido.

Me puse en pie, agarré el mantel y tiré de él con fuerza.

El golpe de los platos contra el suelo sonó más fuerte de lo que esperaba. Seco. Definitivo. Como si algo se hubiera roto ahí mismo, y no solo fuera la vajilla.

Me quedé de pie, respirando rápido, mirando el desastre. El vino extendiéndose por el suelo parecía casi sangre bajo la luz cálida del salón. Las copas rotas, la cena que hacía unos minutos estaba intacta… todo inútil ahora.

Y lo peor no era eso.

Lo peor era el silencio que vino después.

Un silencio raro, espeso, que ya no tenía nada que ver con la casa que conocía.

Me llevé las manos a la cara, pero ya no era un llanto contenido. Era torpe, desordenado, como si saliera de golpe todo lo que no supe ver antes. Cada “llego tarde”, cada excusa… ahora tenían otra cara. Y dolía más por lo evidente que se había vuelto.

—Qué ridícula… —murmuré.

No sé cuánto tiempo pasó.

El suelo seguía cubierto de cristales cuando oí movimiento en la puerta. Pasos lentos. Dudosos.

No sé cuánto tiempo pasó.

El suelo seguía cubierto de cristales cuando oí la puerta abrirse. Pasos lentos. Dudosos.

—Anna… —dijo.

 

Esta vez sí levanté la cabeza.

Lo miré sin lágrimas. Eso fue lo primero que noté: ya no estaba llorando.

—No quería que lo supieras así —añadió.

Asentí despacio.

—Claro —respondí.

Se acercó un poco más.

—Podemos hablarlo… arreglarlo.

Negué con la cabeza, muy suave.

—No —dije.

Se quedó quieto.

—Anna, han sido diez años…

—Precisamente —lo corté.

Me levanté despacio. Sentía el cuerpo extraño, como si ya no me perteneciera del todo, pero la voz… la voz era firme.

—Diez años no se arreglan. Se viven o se rompen.

Silencio.

—Y tú ya los rompiste.

Sus ojos cambiaron. Ahí sí apareció algo: miedo, quizá. O la certeza de que esta vez no había vuelta atrás.

—No significa nada —dijo, rápido—. Ella no significa nada.

Solté una pequeña risa. Sin humor.

—Eso es lo peor, Fran.

Di un paso hacia él.

—Que para ti no signifique nada… y aun así hayas sido capaz de tirarlo todo.

No respondió.

No podía.

Me giré hacia la mesa destrozada, hacia el vino seco, hacia lo que había sido una noche especial.

—Recoge tus cosas —dije.

—Anna…

—Hoy no —lo interrumpí—. Hoy no te vas a quedar aquí.

Por primera vez, su voz tembló.

—No puedes echarme así…

Entonces lo miré. De verdad.

—Sí puedo.

Pausa.

—Y lo estoy haciendo.

El silencio que siguió fue distinto. No incómodo. No tenso.

Vacío.

Se quedó unos segundos más. Como si esperara que cambiara de opinión. Como si aún no entendiera que ya no había nada que salvar.

Pero no dije nada más.

Al final, bajó la mirada.

Y se fue.

La puerta se cerró con un clic suave.

Y esta vez… no dolió más.

 


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