CUENTOS DE LA LUNA ROTA (11)
Por Eunoia
Enviado el 21/03/2026, clasificado en Amor / Románticos
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CUENTOS DE LA LUNA ROTA (11)
(Llámalo "destino")
La encontró en el portal del edificio. Se saludaron y fue ella la que abrió. Intercambiaron las frases de rigor, pero los ojos de ella eran escurridizos. El ascensor llegó a su planta y él salió despidiéndose con una sonrisa. Entró en el piso y lanzó a un lado la chaqueta y la mochila que había descolgado de su hombro. Se desnudó en la habitación y fue al aseo. (Sola, debe vivir sola. Nunca la he visto con nadie. Tiene una boca bonita..., divina —se corrigió—. Ese mechón pelirrojo...).
Salió de la ducha y se sentó en el taburete a secarse los pies y el resto del cuerpo. No tenía ganas de cocinar. Se sentía relajado. Se vistió y esperó el ascensor de nuevo. Abrió y se encontró con ella. (Hola... una coincidencia —se río suavemente. Bajó la mirada hacia sus propios pies—. Él no supo por qué lo dijo...; pero su voz sonó en sus oídos, inesperada y dulce—. Es el destino..., ya ves.)
Embarazo mutuo y un silencio. Ella lo miró cuando supo que él había desviado la mirada. La barba de tres días le daba un aire como de mendigo, un niño grande perdido. (¿Perderse con él? La idea la hizo ruborizarse). (Tú primera —Él sostuvo la puerta—. Bueno, que vaya bien.) Y después un par de segundos largos. No hubo respuesta. No le bastó. (Voy a buscar a Luisito...; su padre vendrá a recogerlo... Es su fin de semana. También él notó —esa, justamente, era la palabra— el relampagueo en la noche barnizada de negro azulada de su interior. Torpe, dobló un zapato al apretar el pie. Le tembló la voz. (Voy a buscar algo qué cenar, estoy holgazán... Un día duro —apareció aquella sonrisa confundida—). (Otra vez —pensó ella—). La mano de él continuó en el picaporte de bronce. (Ah, disculpe —la señora, una vecina, estaba impaciente, esperando que él reparase en su presencia—. Claro —sonrió—).
La puerta acristalada se cerró tras la figura evanescente de la vecina. Se despidieron. De repente, él se volvió. (Oye, ¿estarás sola también..., quieres..., quieres cenar conmigo? Hoy es viernes. —Ella se quedó parada. El corazón latía. En ese instante el aire se hizo fresco y penetró a raudales por las ventanas dilatadas de su nariz pecosa. Ladeó la cabeza y sonrió, mordiendo el labio inferior—. Perfecto..., dame quince minutos, voy a la puerta del Lasalle. Como un mecanismo, sus pies rotaron sobre sí mismos y llevada por el mismo viento de la tarde caminó veloz hacia la escuela. Él no se movió. Contempló su figura, baja, regordeta, el cabello rojizo se balanceaba a cada paso. Reconoció el hormigueo en el pecho. Se recostó en el tronco semipelado del plátano común, símbolo arbóreo de la ciudad, y saboreó aquel aire refrescante, nuevo y viejo a la vez..., sin duda eterno.
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