El duende de los ríos

Por
Enviado el , clasificado en Cuentos
32 visitas

Marcar como relato favorito

La sequía terminó por truncar el sueño frágil de los colonos en la implacable meseta. Esos hombres y mujeres debieron desplazarse hacia las tierras cimarronas, aunque pródigas, del sur. Casi con lo puesto, que era todo lo que tenían. Durante el éxodo, los rostros de aquellos infortunados revelaban un pánico alimentado por las habladurías: el sur era la tierra de los Ferrante.

Herederos de una vieja hacienda cafetera con la que sus antepasados sostuvieron a sangre y plomo el esclavismo, Ferrante era una palabra prohibida para los desplazados en los páramos sureños. Los límites de la hacienda se extendían cada vez más por fuera de sus confines legítimos, hasta donde llegara la voluntad y las ambiciones del clan. Eneas, el patriarca de la familia, diseñó la estructura de su hacienda tal como se pergeñó el negocio durante el colonialismo: a través del comercio de esclavos. La sangre de los oprimidos sentó las bases de la poderosa finca, a prueba de gobiernos y políticas de seguridad.

El patriarca había urdido una tosca mitología, con el fin de proteger sus tierras de virtuales ocupaciones. Eran unos relatos que procuraban infundir temor a quienes se atrevieran a circular por sus dominios. Uno de ellos daba cuenta de un duende sin cabeza que habita la selva, camina por la superficie de las aguas del río Almadán y emite sonidos estentóreos. Se trata del madrillo, una criatura atolondrada y temeraria, que aparece durante el atardecer y sodomiza a niños y mujeres.

Según estas leyendas truculentas existían, junto a otros seres de menor rango, las cardinas, unos arbustos similares a las malezas, que en determinados momentos del día pueden convertirse en ninfas, las que seducen y decapitan a los hombres que pretenden conquistarlas. 

La mitología del patriarca tenía una función preventiva. Si la advertencia no funcionaba, los soldados del ejército privado de Ferrante se encargaban de hacer ejecutar sus órdenes. Sabido es que los colonos desplazados por las sequías del norte temían más al Winchester de sus mercenarios que a los ociosos relatos de un cruel latifundista.

Los herederos de Eneas eran aún menos piadosos que el viejo patriarca. Su ley era la del fusil. En especial el temido Zé Carlos, nieto del fundador y encargado de vigilar las fronteras de la hacienda. Y aunque despreciaba los relatos concebidos con alguna eficacia por su abuelo, gustaba de compararse con el vigoroso madrillo, el duende de los ríos. 

Los colonos migrantes decidieron establecerse en los páramos linderos a la finca, muy lejos de las senzalas en donde vivían, hacinados, los esclavos trabajadores de la hacienda. Eran gente de paz, y así se lo hicieron saber a los hombres de Zé. Pero los Ferrante eran enemigos de sus vecinos, y comenzaron a hostigarlos. El conflicto cobró dimensión cuando los mercenarios del clan secuestraron a la esposa de un colono y se la entregaron al nieto de Eneas.      

En represalia, los migrantes incendiaron los campos de la finca cercanos a la frontera. La represión no se demoró: las milicias de Zé atacaron a los colonos que, desbandados, huían en masa hacia el norte, provocando una de las masacres más aterradoras en todo el páramo. Familias enteras fueron aniquiladas sin piedad bajo la supremacía de las armas. Ya nada sería igual en aquella tierra miserable, ni para los vencedores ni tampoco para los sometidos.

La hacienda cafetera continuó creciendo y expandiéndose a costa del comercio negrero y la crueldad de los Ferrante. Sin embargo, un episodio alteró el devenir de las cosas: el sanguinario Zé Carlos fue hallado meses después sin vida, degollado y arrojado a orillas del río Almadán, dentro de los límites de su propia finca. Con él desaparecía el brazo armado del clan, el hombre capaz de garantizar la represión, vital para avalar el sistema esclavista que su familia había instalado en esas tierras.

Nunca se supo quién cometió el horroroso crimen. Como siempre ocurre, el imaginario popular instaló versiones probablemente infundadas. La que sobrevivió da cuenta de que Zé Carlos había caído en las garras de una cardina –una de las ninfas seductoras, invención de Eneas– dada la extrema debilidad que el personaje tenía por las mujeres jóvenes. Aquella mitología ideada por el patriarca del clan permanecía viva, incrustada en el inconsciente de las generaciones locales.  

Los nuevos migrantes mantuvieron el pánico hasta mucho tiempo después de la caída del imperio cafetero de los Ferrante. Fueron esos colonos y sus temores quienes, sin quererlo, terminaron por imponer en toda la región los relatos del patriarca. Así fue como el otrora temido Zé Carlos se convirtió, con la fuerza de los años, en el madrillo, la criatura sobrenatural que representa para aquellos habitantes la suma de todos los miedos. 

Lo paradójico es que el fracaso de la mitología preventiva y tutelar de los tiempos de Ferrante recién habría de prosperar hacia el final del imperio esclavista que la hubo de instaurar. Los destinatarios iniciales de esa mitología se habían apropiado de los relatos para asignarles una connotación ajena, alejada de la intención original. El duende de los ríos pasó a simbolizar, para los desplazados de la implacable meseta, el miedo ancestral de sus antepasados ante la violencia ejercida por los latifundistas.

Zé es ahora el monstruo decapitado que merodea las tierras fértiles del antiguo enclave, surca ágilmente las aguas de los ríos y perturba la presencia humana, en especial, la de los niños y mujeres. Su rostro ha sido cancelado, en el imaginario migrante, y solo quedan las huellas de sus vejaciones e inequidades. 

Esa mitología sirvió, al fin, para narrar las injusticias de un sistema opresor disfrazado de legalidad. Si el clan Ferrante mantuvo hasta el final el poder económico, jamás logró ostentar el poder simbólico, cultural. Lo suyo consistió solo en disciplinar por medio de la violencia.

Recién cuando el oprimido hace suyo el discurso del victimario y logra resignificar su sentido, se libera del trauma y crea su propia identificación con su entorno. Solo a través de este modo la historia de esas tierras podrá ser contada por sus mártires. 

 


¿Te ha gustado?. Compártelo en las redes sociales

Denunciar relato

Comentarios

COMENTAR

(No se hará publico)
Seguridad:
Indica el resultado correcto

Por favor, se respetuoso con tus comentarios, no insultes ni agravies.

Buscador

ElevoPress - Servicio de mantenimiento WordPress Zapatos para bebés, niños y niñas con grandes descuentos

Síguenos en:

Facebook Twitter RSS feed