Una excursión a Los Eternos

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Existe una increíble aldea en la que sus habitantes refutan la biología: han perdido el hábito de morirse. El misterio presenta un sinfín de hipótesis: desde la calidad del agua y de sus vinos, las rutinas frugales de los moradores del valle, hasta una cierta extraña mutación genética, justificada en teorías más bien superficiales y disparatadas.

De hecho, muchos forasteros se instalaron allí durante años con la mezquina intención de engatusar al destino. Sin embargo, una estadística local muestra que han sido ellos los únicos pobladores que murieron a lo largo de dos décadas. No sabemos si la estadística es veraz, o fue confeccionada al solo efecto de disuadir a potenciales interesados. Lo cierto es que hace años que la población se mantiene saludable y vital. Razón por la cual el dueño de la única funeraria del pueblo, harto de esperar en vano que la supervivencia de sus vecinos le conceda un desahogo pecuniario, decidió marcharse del lugar.

Pero el pueblo ha ido envejeciendo. Si bien el nivel de longevidad de sus habitantes es asombroso, también lo es su baja tasa de natalidad. Demasiada vida frugal ha dotado a estos seres de una laxitud psicosocial, una conducta cercana a la pereza, al desgano. Así fueron pasando los años, y la escuela se fue despoblando de alumnos y docentes, por inexistencia de recambio generacional. Fue así que también los pediatras debieron emigrar hacia otros pueblos. Y el dueño de la única juguetería. La calesita de la aldea quedó en completo abandono.

Inútiles fueron los esfuerzos comunales –incentivos económicos, habitacionales y profesionales- destinados a incrementar la cantidad de alumbramientos. El programa para albergar parejas jóvenes también fracasó por falta de incentivos: nadie quiere criar a sus hijos en una población desapegada a ellos. 

Con el fin de estimular el ocio y la diversión, el alcalde dispuso la promoción de locales bailables y de esparcimiento. Pero el proyecto naufragó por el desinterés de los lugareños. También hizo instalar en forma gratuita una señal que emite películas condicionadas, para alentar el interés sexual. Pero la medida tampoco resultó eficaz. 

Pasa el tiempo y el pueblo, dramáticamente, envejece. El Consejo Honorario de Ancianos, cuya membresía se alcanza al cumplir los cien años, conforma el bloque social mayoritario de la aldea. Lejos de buscar soluciones, sus miembros juegan a los naipes y beben aguardiente. El alcalde mismo ingresó a ese rango etario, y hace décadas es reelegido una y otra vez por la displicente población.

En tanto, la política local encontró un filón para engrosar las arcas de su economía: el turismo. Y es que la eternidad constituye un tópico atractivo para cualquier mortal. Más aún, la curiosidad por saber qué hace que esta aldea y ninguna otra conserve la sobrenatural particularidad de la vida imperecedera en sus hombres y mujeres. 

En la región, y en todos los parajes circundantes del valle en donde se encuentra el villorrio, a sus pobladores se los conoce como Los Eternos, un apelativo que incluye una fuerte carga peyorativa. Sin embargo, el patronímico se ha expandido en toda la geografía, desde donde se promocionan excursiones a este poblado casi aislado en una angostura con nulos atractivos, como no sea la edad de sus habitantes.

Los tours incluyen una visita al Palacio Municipal, en donde rara vez se deja ver su titular, ya que el alcalde oficia desde su domicilio; la asistencia al Consejo de Ancianos, un despacho más parecido a una sociedad de fomento vecinal que a un buró en donde se imparten políticas municipales; una caminata guiada por la desolada plaza principal, el templo y un museo -reabierto luego de ser clausurado por desinterés público-. El recorrido finaliza en el único restaurante de la aldea, para que “los visitantes almuercen, se relajen y hagan vida social”, tal como reza el banner de una de las empresas dedicadas a trasladar excursionistas.

Hoy la localidad ha sido invadida no solo por turistas y curiosos sino, también, por biólogos y científicos sociales, atraídos por el fenómeno de la longevidad. Su presencia le ha dado al pueblo, si no un atractivo, al menos una pizca de interés. Encuestas, mediciones ambientales, hidrográficas, exploraciones gastronómicas y todo tipo de sondeos hacen las delicias de los investigadores, ante la impávida mirada de los aldeanos. 

Pero los sociólogos enloquecen con el sigilo y la discreción de los displicentes habitantes. Estudiar las pautas culturales y la idiosincrasia de los eternos resulta imposible ante su silencio y desidia. En el restaurante demoran siglos en atender a los comensales, los mozos se muestran abúlicos, el público insensible, y la parquedad de los comerciantes y vecinos conspira contra cualquier medición estadística.

Y aunque los tours no son en modo alguno lo que se dice atractivos, las excursiones a la aldea se multiplican: hoy se venden paquetes turísticos internacionales que publicitan “un viaje al sugerente valle en donde los mortales han derrotado el yugo temporal”. Está claro que la perpetuidad física ha sido siempre una jugosa zanahoria en el horizonte de la humanidad.

No se sabe si conocer a los Eternos representa un estímulo para los visitantes o induce, por el contrario, a la resignación y el consuelo de ser mortales. Algunos eruditos plantean que la vida contemplativa de los moradores del valle es, a priori, elevada y sublime. Otros, por el contrario, sostienen que si así es la eternidad, se hace preferible vivir a mil y dar las hurras a tiempo.

(Publicado en "Postales de la Eternidad", 2024)


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