La Prêta : las vueltas del destino parte dos

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Junio del 2007

 

Al terminar la clase, el frío de la noche santiaguina los recibió en la salida. Entre los estudiantes apareció José, un artesano de unos 45 años que deambulaba por el curso más por soledad que por estudio. José, con una insistencia incómoda, intentó cortarle el paso a Andrea, queriendo forzar una conversación que ella no deseaba.

?—Oye, morena, ¿te acompaño? —soltó José, extendiendo una mano hacia su brazo.

?Antes de que la incomodidad de Andrea se transformara en miedo, Claudio se movió con la misma rapidez con la que picaba verduras en la galería. Con un movimiento fluido, se puso entre ambos, tomándole la mano a Andrea con naturalidad.

?—Vamos, Andrea, que se nos pasa la micro —dijo él, firme pero tranquilo, lanzándole a José una mirada que no admitía réplicas.

?José retrocedió, murmurando algo entre dientes, mientras Claudio y Andrea se alejaban por la Alameda. Caminaron juntos bajo las luces amarillas de la avenida, sintiendo el calor de sus manos entrelazadas por primera vez. Descubrieron que sus casas quedaban cerca, en el mismo sector, como si el destino hubiera estado trazando sus rutas mucho antes de ese curso de julio.

?Al llegar al paradero, el pacto de Andrea de 1999 vibró en su memoria, pero el peso de la mano de Claudio se sentía diferente a cualquier dependencia. Era, por primera vez, algo que se parecía a la esperanza.

 

El 18 de julio en Santiago siempre se sentía como un bloque de hielo. Para Andrea, esa fecha no era una celebración, sino un recordatorio anual de su soledad. Recordaba los cumpleaños de su infancia: su padre, el único que la abrazaba, se había ido cuando ella tenía ocho años. Desde entonces, el día de su nacimiento solo significaba ver a su madre llegar tarde, con el olor agrio del alcohol de la bohemia santiaguina pegado a la ropa, olvidando incluso cuántos años cumplía su hija.

?Andrea se había acostumbrado a cenar un pan tostado y dormir temprano para que el día pasara rápido. Pero este año, Claudio tenía otros planes.

?Al terminar la clase de inglés, bajo la llovizna persistente, Claudio no la llevó al paradero. La guio hacia la pequeña cocina de la galería, que a esa hora ya estaba cerrada al público. El lugar estaba en penumbra, iluminado solo por una pequeña luz sobre la mesa de trabajo donde Claudio solía picar sus verduras.

?—¿Qué hacemos aquí? —preguntó Andrea, extrañada.

?—Pasa —dijo él con suavidad.

?En el centro de la mesa de acero inoxidable, brillaba una torta de bizcocho artesanal, decorada con una precisión que solo un profesional del azúcar podría lograr. Tenía una sola vela encendida que proyectaba sombras largas en las paredes de azulejos.

?—Feliz cumpleaños, Andrea —susurró Claudio—. Sé que no te gusta celebrarlo, pero hoy no estás sola.

?Andrea se quedó sin aliento. El nudo en su garganta, ese que llevaba apretado desde los ocho años, finalmente se soltó. No era solo la torta; era el hecho de que alguien se hubiera tomado el tiempo de pensar en ella, de crear algo con sus manos para verla sonreír.

?—Nadie... nadie había hecho esto por mí —logró decir, con los ojos empañados.

?Se acercaron en el silencio de la cocina vacía. Claudio le apartó un mechón de pelo negro de la cara. En ese momento, la promesa de independencia del liceo de 1999 se sintió como una armadura que ya no necesitaba usar. Se inclinaron el uno hacia el otro y, sobre el aroma a vainilla y el calor de la vela, se besaron por primera vez.

?Fue un beso lento, cargado de la promesa de una relación sólida, la noche siguiente el pequeño departamento pequeño estaba vacío la madre de Andrea se quedo dormida sola en el sofá con la típica aura etílico qué la acompañaba en las noches, solo que Andrea ya no estaba, en esa soledad amenazante, era fría esa noche de julio en la cama del departamento  bajo un cielo azul marino donde la luna predominaba, Andrea y Claudio él tenía la mirada en el rostro que brillaba bajo la luz de la luna resaltando como una piedra diafana, el beso que fundía los labios hasta terminar en la cama. 

 

Diciembre del 2007

 

?El calor de diciembre en Coquimbo era pegajoso, pero el aire dentro del departamento se sentía pesado por algo más que el clima. El sonido repetitivo de los disparos electrónicos y las explosiones del videojuego llenaban la sala, como lo habían hecho los últimos dos meses.

?Susana cerró la maleta de un golpe seco. Miró a su novio, quien ni siquiera desvió la vista de la pantalla. Él llevaba sesenta días cesante, sesenta días en los que el sueldo de vendedora de Susana apenas alcanzaba para cubrir las deudas que él seguía acumulando.

?—Me voy —dijo Susana, con una calma que daba miedo.

?—Ya, si mañana busco pega, no te pongas así —respondió él, sin soltar el control.

?Susana no respondió. Caminó hacia la puerta, arrastrando su vida en una sola maleta. En ese momento, entendió que el pacto de 1999 no era una exageración adolescente; era una necesidad de supervivencia. Había fallado en su promesa de independencia y ahora estaba pagando el precio de la madurez que le faltaba a su pareja, tomando su teléfono llamó 

?—¿Andrea? Soy yo, la Su. No aguanto más... Me voy a Santiago ahora mismo. ¿Todavía tienes ese espacio en el departamento?

?Al otro lado de la línea, la voz de Andrea sonaba brillante, casi presumida. Hablaba de su nuevo departamento, de su ascenso personal y, sobre todo, de un tal Claudio que parecía haberle bajado la luna.

?—Vente, amiga. Aquí te esperamos. Vas a conocer a Claudio... él no es como los otros.

 

El bus llegó a Santiago en una mañana de diciembre donde el asfalto ya empezaba a irradiar calor. Susana bajó cansada, con la mirada endurecida por el fracaso, pero con la esperanza de empezar de cero.

?Cuando llegó al departamento de Andrea, la sorpresa fue doble. No solo era un lugar cómodo y bien puesto, sino que el ambiente se sentía diferente a cualquier hogar que ella hubiera conocido. En la cocina, un hombre de espalda, ancho de hombros y movimientos precisos, terminaba de ordenar unas copas.

?—¡Llegaste! —gritó Andrea, abrazándola con fuerza—. Susy, te presento a mi Claudio.

?Él se dio vuelta y le dedicó una sonrisa tranquila, extendiéndole una mano limpia y firme. Sus ojos azules se encontraron con la mirada cansada de Susana.

?—Bienvenida, Susana. Andrea me ha hablado mucho de ti. Hay almuerzo listo, debes venir con hambre del viaje.

?Susana se quedó muda por un segundo. No era solo que Claudio fuera atractivo; era la energía de madurez que emanaba. Mientras su ex novio ni siquiera podía prepararse un café solo, este hombre tenía el control total de su espacio, de su cocina y, al parecer, del corazón de su amiga.

? Susana sintió una descarga que la asustó. Vio en Claudio todo lo que ella había buscado y nunca encontró. El "hambre" que traía no era solo de comida; era un hambre de estabilidad que, sin saberlo, empezaría a devorar su lealtad al pacto del colegio.

Continuará 


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