La Prêta : las vueltas del destino parte tres

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Santiago,  enero del 2008

La noche de enero en Santiago no daba tregua; el aire dentro del departamento era una masa densa y caliente. Andrea y Susana terminaban sus cervezas en la pequeña alcoba, entre el humo de los cigarrillos que flotaba sin moverse.

—Ya es tarde, me voy a dormir —dijo Andrea, apagando la colilla con desdén.

—¿No le vas a cocinar a Claudio? —preguntó Susana, extrañada—. Viene llegando del turno doble, debe estar muerto de hambre.

Andrea se encogió de hombros mientras se acomodaba en la cama.

—Mira, es monótono hacerlo a diario. Antes de conocerme, Claudio vivía a punta de sándwiches, así que hoy que se coma uno. Hay queso y jamón en el refrigerador. Que se las arregle solo.

Susana guardó silencio, pero sintió una punzada de rabia. No podía entender cómo Andrea despreciaba así al hombre que se desvivía por ellas. Sin decir nada, Susana se levantó y fue a la cocina.

El calor del fogón, sumado a la temperatura del departamento, se volvió insoportable. Susana, sintiéndose en confianza y creyendo que Claudio tardaría, se desabrochó la blusa y la dejó sobre una silla. Se quedó solo en sostén y unos shorts blancos muy ajustados, con sus sandalias golpeando suavemente el piso de flexit. Mientras el aroma del Chop Suey de ave empezaba a brotar del sartén y el arroz graneado humeaba, ella se sentía libre, conectada con el ritmo de la cocina que tanto admiraba en él.

De pronto, el sonido de la puerta principal la hizo saltar. Claudio entró, con el rostro cansado y la camisa manchada de sudor. Se detuvo en seco al ver la escena: la cocina iluminada, el olor a comida de verdad y Susana, casi desnuda, manejando los sartenes con una agilidad que Andrea ya no tenía.

Se quedaron mirando en un silencio eléctrico. El sudor brillaba en los hombros de Susana y en el cuello de Claudio.

—Te hice la cena —susurró ella, rompiendo el hechizo—. Chop Suey con arroz. Siéntate.

Comieron juntos en la pequeña mesa, compartiendo risas bajas para no despertar a Andrea. La complicidad crecía con cada bocado. Susana, aún en sostén, notó cómo la mirada de Claudio bajaba por su cuello, deteniéndose en la curva de su cintura y la firmeza de sus piernas. No era una mirada sucia; era la mirada de un hombre hambriento de afecto y reconocimiento.

Claudio se acercó, atraído por la sensualidad magnética de Susana y el agradecimiento de haber sido cuidado. El espacio entre sus rostros se redujo a milímetros, el calor del fogón se mezcló con el calor de sus cuerpos. Estaban a punto de cruzar la línea cuando el chirrido de la puerta del dormitorio los golpeó como un balde de agua fría.

Andrea apareció en el pasillo, con los ojos entrecerrados por el sueño, caminando directo al baño sin notar, en su somnolencia, la semi-desnudez de su amiga o la cercanía peligrosa de los dos.

Claudio se alejó de golpe, recuperando el aliento.

—Gracias por la comida, Susana... estuvo increíble —dijo con la voz ronca, evitando mirar atrás mientras se refugiaba en la habitación.

Susana se quedó sola en la cocina, con el corazón galopando contra sus costillas. Se puso la blusa lentamente, sabiendo que esa noche, aunque no se habían besado, algo en ese departamento se había roto para siempre.

Pasados los días las cosas empezaron a tensarse, un sábado en la mañana en el dormitorio de Andrea y Claudio ella acostada en la cama recién bañada y vestida era atacada por Claudio con cosquillas y besos en el ombligo ella reía hasta llorar, Susana que asomada en el dintel del dormitorio que ocupaba miraba la escena con envidia y como alguien que tiene un gran sueño que no se hará realidad contemplaba con el corazón vacío, veía el final de la obra, su amiga sentada en la cama y Claudio le colocaba botines café de tacones altos, al terminar ella se levanta y los dos se besan y de abrazan, Susana se alejó hasta su dormitorio.

 

El verano de Santiago en enero no daba tregua, pero dentro del departamento la atmósfera era aún más sofocante. Susana vivía en un estado de alerta constante. No era solo la presencia física de Claudio, su simpatía o esa suavidad con la que hablaba; era la devoción absoluta que él le entregaba a Andrea.

Lo peor eran las noches. Escuchar las risas bajas, los susurros y la intimidad de la pareja al otro lado de la pared, le recordaba a Susana el vacío inmenso de su propia vida. Los celos, lentos y ácidos, empezaron a carcomer su lealtad. Se preguntaba por qué Andrea, que a veces ya empezaba a quejarse de "la rutina" o de que Claudio pasaba mucho tiempo en la cocina, tenía tanta suerte.

Susana se levantó de la cama y vestida con una polera blanca my ajustada y calzones color rojos se miraba en el espejo,  se tocaba los contornos de sus pechos,  su cabello castaño en melena larga desordenada miraba con angustia, en tiempo escolar ella era la más popular gracias a su cuerpo atractivo,  tenía de novio a los hombres más populares y ahora, solo los hombres la veían como un juguete sexual,  el amor incondicional de Claudio qué estaba siendo despreciado la única amiga quién estuvo en las buenas y sobretodo en las malas fue Andrea, con lágrimas en los ojos dice " no puedo, no puedo hacerlo no se lo merece" al día siguiente Susana tomo una drástica decisión.

Andrea, Claudio... —empezó Susana, con la voz temblorosa mientras guardaban los platos—. No puedo seguir aquí. Siento que estoy invadiendo su espacio, su intimidad. Necesito mi propio lugar.

—Pero Susy, si no nos molestas para nada —respondió Andrea, restándole importancia—. Claudio está feliz de tenerte aquí, ¿cierto, Claudio?

Claudio asintió en silencio, sin atreverse a mirar a Susana a los ojos, sabiendo que si hablaba, su voz podría delatarlo.

—Es mi decisión, Andrea. Necesito aire —insistió Susana.

Andrea, viendo que su amiga hablaba en serio, recordó algo:

—Mira, hay una familia cerca de aquí que arrienda una habitación. Son gente muy tranquila, un matrimonio con hijos un poco menores que nosotros. Es una casa grande, te sentirías cómoda y tendrías tu privacidad.

Susana aceptó de inmediato. Necesitaba esa distancia. Necesitaba dejar de ver a Claudio cada mañana, dejar de oler su cocina y, sobre todo, dejar de desear lo que le pertenecía a su mejor amiga. Lo que no sabía era que esa distancia no apagaría el fuego, sino que le daría el oxígeno necesario para que, después de una experiencia en la casa se diera cuenta que ya no quiere ser la muñeca para el entreteniento de los hombres.

 


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