La Prêta : las vueltas del destino parte cuatro
Por Pretorius
Enviado el 07/04/2026, clasificado en Amor / Románticos
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Para Susana, su propio reflejo en el espejo era una trampa. Ser trigueña, de ojos café verdosos y tener un cuerpo que detenía el tráfico en la Alameda no le había traído felicidad, sino una soledad profunda. Los hombres la miraban con un hambre puramente animal; buscaban el trofeo, la conquista sexual, pero ninguno se quedaba a conocer a la mujer que leía sobre administración o que soñaba con un negocio propio.
?Instalada en la habitación arrendada, la desesperación empezó a pasarle la cuenta. En un momento de debilidad y vacío emocional, intentó buscar validación en los hijos de la dueña de casa, adolescentes que la miraban con fascinación. Pero al ver sus propias acciones, Susana sintió un asco profundo.
—¿En esto me he convertido? —se preguntó una noche, llorando en silencio—. ¿En una depredadora de niños solo porque me siento sola?
?Entendió que Santiago la estaba asfixiando. Derrotada temporalmente, decidió volver a la casa de sus padres en la zona sur de Santiago. Allí, entre calles familiares y el silencio de la periferia, intentó rearmar su espíritu, refugiándose en los libros y en la promesa de independencia que seguía quemándole el pecho.
Llegó marzo y con él, el aire de renovación que trae el otoño en la capital, ?Claudio no había conseguido el puesto en el Marriott; las cosas en la alta hotelería eran más políticas de lo que él esperaba. Sin embargo, su ambición no había muerto. Junto a su amigo Cristian, estaban trabajando en un proyecto propio: transformar un food truck de comida rápida en un restaurante de verdad. Claudio ya no quería mandar en cocinas ajenas; quería construir su propio imperio.
?Andrea, por su parte, había dado un salto. Dejó los pisos del hospital y, gracias a su esfuerzo y al apoyo de Claudio, consiguió un puesto administrativo mientras comenzaba sus estudios de Administración de Empresas, lo que Andrea no esperaba era que Susana, decidida a no quedarse atrás, se matriculó en la misma carrera en la,misma institución . Ahora, las dos amigas compartían cuadernos, leyes de mercado y sueños de oficina.Estudiar juntas en el departamento de Andrea significaba que Susana tenía que ver a Claudio casi a diario.
?—Estás distinta, Susy —le dijo Claudio una tarde, mientras les servía café a ambas mientras estudiaban—. Te ves más tranquila.
?Susana lo miró. Claudio seguía siendo ese hombre maduro, limpio y enfocado, pero ahora algo había cambiado. Andrea pasaba horas hablando de balances y presupuestos, y a veces, cuando Claudio intentaba mostrarle una nueva receta para el restaurante, ella apenas le prestaba atención, sumergida en sus nuevos contactos del mundo administrativo.
?Susana, en cambio, escuchaba cada palabra de Claudio sobre el restaurante, ella entendía de administración, pero también entendía la pasión de él, en esos intercambios de miradas sobre los libros de contabilidad, el "amor prohibido" empezó a germinar de nuevo. Susana ya no era la chica inestable de Coquimbo; ahora era una mujer que se estaba preparando para mandar, y Claudio era el socio —y el hombre— que su alma reconocía como igual.
El frío de mayo se colaba por las rendijas del departamento, pero la verdadera helada estaba en la mesa donde Andrea y Susana repasaban los libros de contabilidad. Susana cerró su cuaderno de golpe.
?—Se hace tarde, Andrea. Mejor me voy antes de que llegue Claudio —dijo Susana, evitando mirar a su amiga. Sus sentimientos por él eran una brasa que intentaba apagar cada noche, y la distancia era su única defensa.
?—No te apures —respondió Andrea con una voz gélida, sin levantar la vista de sus apuntes—. Claudio no viene. Se va a quedar otra vez "viviendo" en ese carromato de comida. Según él, hay que dejar todo listo para el turno de la mañana.
?Susana notó el veneno en sus palabras. El tono sarcástico, casi de asco, la hizo detenerse en la puerta.
?—¿Tienes problemas con él, Andrea? —preguntó con cautela.
?Andrea se levantó de la silla con un movimiento brusco. Caminó hacia la ventana y encendió un cigarrillo, soltando el humo con una impaciencia que rayaba en el desprecio.
?—Estoy aburrida, Susy. Aburrida de que Claudio se mate por un mísero food truck que no nos va a sacar de donde estamos. Me habla de "futuro", de "construir algo juntos"... ¿Te suena esa palabra, amiga? "Independencia".
?Susana la miró con horror, recordando el patio del liceo bajo la lluvia.
—Pero por favor, Andrea... esto es solo el comienzo. Claudio es un león trabajando, tiene manos de oro. Quiere ser su propio jefe, ser independiente para que nadie los mande. Eso fue lo que juramos, ¿no?
?Andrea soltó una carcajada seca, moviendo la mano frente a su cara como si espantara una mosca molesta.
—Los bancos no piensan lo mismo, querida. Fui a preguntar por un crédito para su "restaurante" y se nos rieron en la cara. Dicen que un carrito de comida no da ingresos suficientes para ser sujeto de crédito.
?Andrea dio una calada profunda al cigarro y miró a Susana con una fijeza cruel.
—¿Tener a un "emprendedor" al lado? No, gracias. Para los bancos, y para mí también, Claudio va a ser solamente eso: un pobretón con sueños de grandeza. Y yo no estudio administración para administrar migajas.
?Susana sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el invierno. Miró a su amiga y por primera vez, vio a una desconocida. Andrea ya no amaba al hombre que le hizo la torta cuando estaba sola; ahora solo veía un balance financiero que no cuadraba.
?—Él se está rompiendo el lomo por ti, Andrea —susurró Susana, apretando la correa de su bolso.
?—Se rompe el lomo por un sueño mediocre —sentenció Andrea, apagando el cigarro contra un cenicero de cristal—. Yo necesito a alguien que ya haya llegado a la meta, no a uno que todavía está aprendiendo a correr.
?Susana salió del departamento sin decir palabra. Mientras caminaba hacia el paradero, pensó en Claudio, solo en su food truck, rodeado de acero y vapor, cocinando un futuro para una mujer que acababa de llamarlo "pobretón". En ese instante, la lealtad de Susana hacia Andrea murió, y su amor por Claudio dejó de ser prohibido para convertirse en una misión: él no merecía esa soledad, y ella, con su conocimiento de administración, sabía que ese "mísero" carrito era una mina de oro que solo necesitaba un corazón que creyera en él.
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