La Prêta : las vueltas del destino capitulo cinco

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Junio del 2008.

 

El aire de la cafetería del instituto estaba viciado por el olor a café barato y el murmullo de cientos de estudiantes, pero en la mesa donde se sentaban las dos amigas, el ambiente era gélido. Andrea revolvía su almuerzo con una sonrisa cómplice que Susana ya no reconocía. Había una chispa de codicia en sus ojos negros que la hacía parecer una extraña.

—¿Sabes con quién me encontré? —soltó Andrea, rompiendo el silencio con una ligereza que espantó a Susana—. Con Juan. Juan Algarroña.

Susana frunció el ceño, haciendo memoria.

—¿Tu ex? ¿El que te dejó llorando en el patio del liceo? Pensé que era un caso cerrado.

—Ese mismo —rio Andrea, echándose hacia atrás en la silla—. Era un pobretón, ¿cierto? Pero se fue al norte, a las minas. Sacó una cantidad de dinero que no te imaginas.

Andrea se inclinó sobre la mesa, bajando la voz como si compartiera un secreto de estado.

—Ayer salimos a dar una vuelta. Me pasó a buscar en un Chevrolet Camaro. No era nuevo, claro, pero se veía espectacular... rugía, Susy. Rugía de una forma que ese furgón de comida de Claudio nunca entenderá. Me contó que ahora va a trabajar en una empresa norteamericana en el ámbitomineroaca en Santiago ¡va a ganar una fortuna!

Susana dejó el tenedor en el plato. El ruido metálico sonó como una sentencia.

—¿Y Claudio, Andrea? ¿Y todo lo que él ha hecho por ti?

Andrea desvió la mirada, restándole importancia con un gesto de la mano.

—Claudio es un buen hombre, pero Juan es una oportunidad. Sé que quiere volver conmigo, lo vi en sus ojos. Así que prepárate, Susana, porque quizás las cosas cambien muy pronto. Yo no nací para esperar a que un negocio "progrese"; yo nací para el éxito ahora..

 

Esa misma noche, Susana no pudo ir a su casa. El peso de la confesión de Andrea le quemaba en el pecho. Mientras Andrea seguramente soñaba con el cuero de los asientos del Camaro, Susana caminó hacia el sector donde Claudio tenía estacionado el Food Truck.el calor de la plancha resistía. Claudio trabajaba con movimientos mecánicos, restregando el acero con una energía desesperada, tenía la chaqueta de cocina abierta, revelando una camiseta blanca empapada en sudor; su cabello, antes rubio y brillante, estaba opaco, revuelto y sucio por la grasa de la jornada.

—Hola, Claudio —susurró Susana, acercándose a la ventanilla.

Él levantó la vista y sus ojos azules se iluminaron por un segundo, rompiendo la máscara de agotamiento.

—¿Susana? ¿Qué haces aquí tan tarde? Andrea me dijo que estarían estudiando hasta la noche.

Susana sintió un nudo en la garganta. Miró las manos de Claudio, manos de trabajador, manos que creaban y no solo arrebataban. Sabía que Andrea estaba a punto de destruirlo, y supo también que ella era la única que podía recoger los pedazos.

—Vine a ayudarte con los libros, Claudio. Andrea está... ocupada. Pero yo sé de administración, y sé que este negocio va a funcionar. No estás solo en esto.

Claudio la miró en silencio. Por primera vez en meses, no se sintió como un "pobretón". Se sintió visto. Mientras en algún lugar de la ciudad Juan acelera su motor para impresionar a una mujer vacía, en la penumbra del carrito de comida, un nuevo pacto, uno de verdad, empezaba a escribirse entre el cocinero y la mujer que finalmente lo valoraba.

A cualquier otra mujer le habría causado rechazo, pero Susana, sentada en el pequeño rincón de la caja ayudándolo con las cuentas, lo miraba con una fascinación religiosa. No veía la suciedad; veía a un guerrero. Veía al hombre que Andrea estaba llamando "pobretón" mientras ella se entregaba a la honestidad de ese esfuerzo, de pronto, los sintetizadores de la radio vieja rompieron el silencio. Los primeros acordes de "Livin' on a Prayer" de Bon Jovi inundaron el estrecho espacio de metal.

—¡Temazo! —exclamó Claudio, soltando una carcajada que rompió su máscara de cansancio.

Le subió todo el volumen a la radio y, con el rascador de la plancha en la mano como si fuera un micrófono, empezó a cantar a todo pulmón. 

Tommy used to work on the docksUnion's been on strike, he's down on his luck, It's tough So tough Gina works the diner all day.Working for her man She brings home her pay, for loveMm, for love ..."     Susana se asombró, verlo así, tan alegre, tan lleno de vida a pesar de que el mundo se le venía abajo, le dio un vuelco al corazón. Sintió una punzada de dolor al pensar en la traición de Andrea, en el Chevrolet Camaro y en la frialdad con la que su amiga planeaba desechar a este hombre excepcional.

Pero el dolor se evaporó cuando la música subió de intensidad. Susana se levantó, contagiada por la energía de Claudio, y empezó a cantar el estribillo con una voz cargada de emoción.

Oh, we're halfway there, Oh-oh, livin' on a prayerTake my hand, we'll make it I swear... —cantaron ambos, desafiando al invierno santiaguino.

Susana se acercó a la zona de trabajo y se apoyó en el mueble, justo al lado de la plancha caliente, puso sus codos sobre el acero, sujetó su rostro con las manos y se quedó mirando a Claudio fijamente, con los ojos brillando por una admiración que ya no podía esconder., estaba profundamente enamorada de cada poro de su piel, de cada mancha de grasa en su ropa.

Claudio dejó de cantar, se quedó quieto, con el pecho agitado, mirando esa sinceridad que ya no encontraba en los ojos de Andrea, en el rostro de Susana no había juicios, no había ambición, solo un calor humano que quemaba más que el fuego de sus quemadores.

Sin decir una palabra, Claudio soltó la herramienta y se acercó, sus manos, calientes y rudas por el oficio, buscaron el rostro trigueño de Susana. se besaron con una pasión que lo detuvo todo. fue un beso que sabía a verdad, a equipo y a un nuevo comienzo. Mientras Bon Jovi seguía sonando de fondo, ambos supieron que el pacto de independencia de 1999 finalmente había encontrado su verdadera forma: no era estar solos, era estar con la persona correcta.

 

 


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