Las cinco de la mañana. Parte 1

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Como cada tarde de domingo, fui a la discoteca Vinilo . El ambiente era el de siempre: luces que pulsaban al ritmo del bajo, el murmullo de las conversaciones mezclado con la música, y ese calor de cuerpos que se va acumulando conforme avanza la noche. Me encontré con los de siempre en la barra. Pedimos copas, nos pusimos al día, nos reímos de las tonterías de la semana. Después, casi sin darnos cuenta, acabamos en la pista. Fue ahí donde lo vi. Me quedé mirándolo más tiempo del que debería. Como si lo hubiera notado, volvió la cabeza y sus ojos encontraron los míos. No apartó la mirada. Yo tampoco pude. Se acercó despacio, abriéndose paso entre la gente sin perderme de vista. Era moreno, de esos que llevan bien los años. Tendría unos 45, pero le sentaban de maravilla — esa edad en la que un hombre sabe lo que quiere y no necesita demostrarlo a gritos. Vestía una camisa gris, las mangas enrolladas hasta el codo, y unos vaqueros oscuros. Sencillo, pero había algo en cómo lo llevaba que lo hacía difícil de ignorar. Lo que más me llamó la atención fueron las gafas. De montura fina, oscura, que le daban un aire entre intelectual y peligroso que no esperaba encontrar en una discoteca un domingo por la tarde. 

Sus ojos marrones me miraron directamente cuando llegó hasta mí, sin prisa, sin el descaro torpe de otros. —¿Bailas? —preguntó, inclinándose levemente hacia mi oído. Su voz era grave, tranquila. Sentí un pequeño vuelco en el estómago. —Depende de con quién —respondí, sosteniéndole la mirada. La comisura de sus labios se movió apenas. Esa sonrisa a medias que ya había visto desde lejos y que de cerca resultaba todavía más desconcertante. Me tendió la mano sin decir más. Y yo la tomé. 

La pista estaba llena pero encontramos nuestro espacio, como pasa cuando dos personas se sincronizan sin haber hablado apenas. La música era lenta en ese momento, de esas canciones que invitan a acortar distancias. Puso una mano en mi cintura con una seguridad tranquila, sin precipitarse. Yo apoyé la mía en su hombro y empezamos a movernos. Lo hacía bien, sin estridencias, marcando el ritmo con suavidad pero con firmeza. Se notaba que no era la primera vez que bailaba, ni que sostenía a una mujer así. Me acerqué un poco sin darme casi cuenta. —No te había visto antes por aquí —le dije cerca del oído. —Yo sí te había visto a ti —respondió, sin apartar los ojos de los míos cuando se separó un momento para mirarme. Sentí calor en las mejillas. 

Su mano en mi cintura apretó apenas, casi imperceptiblemente, atrayéndome un centímetro más hacia él. Podía oler su colonia, algo amaderado y limpio que mezclado con el calor de su piel resultaba tremendamente turbador. —¿Cómo te llamas? —pregunté. —Martin  —dijo—. ¿Y tú? —Anna. —Te apetece tomar algo, tengo la boca seca —dije, apartándome un poco de él sin querer perder del todo el contacto. —Claro —respondió, y con una leve presión en mi espalda me guio entre la gente hacia la barra. Ese gesto pequeño, su mano conduciéndome sin ser posesivo, me gustó más de lo que esperaba. 

El camarero apareció enseguida al vernos sentados en la barra. Era joven, espabilado, con esa eficiencia de quien lleva horas en movimiento y todavía sonríe. —¿Qué vais a tomar? Daniel me miró de reojo con una ligera elevación de ceja, cediéndome el turno. —Gin-tonic —dije. —Dos —añadió él, sin dudar. 

Mientras el camarero preparaba las copas, Martin se apoyó en la barra , mirándome con esa tranquilidad suya que empezaba a resultarme casi provocadora. 


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