Las cinco de la mañana. Parte 2

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No llenaba el silencio con palabras innecesarias. Solo estaba ahí, presente, con esa media sonrisa que no terminaba de desaparecer. Las copas llegaron. Chocamos los vasos sin brindis, solo con una mirada. El primer sorbo estaba frío y fuerte, exactamente lo que necesitaba. —Entonces Anna —dijo despacio, girando un poco el vaso entre los dedos—, ¿vienes mucho por aquí? —Cada domingo —respondí—. ¿Y tú? .

—Depende de lo que me encuentre —dijo, y sus ojos marrones detrás de las gafas no dejaban ninguna duda de lo que quería decir. Bebí otro sorbo para disimular la sonrisa. Dejé la copa sobre la barra y lo miré directamente. —¿Salimos un momento afuera? Necesito aire —dije, aunque los dos sabíamos que el aire tenía poco que ver con eso. 

Se levantó del taburete sin decir nada y volvió a poner esa mano en mi espalda mientras caminábamos hacia la salida. Empujó la puerta y el aire de la noche nos recibió, más fresco pero no menos cargado de tensión. Nos alejamos un poco de la entrada, donde la música llegaba amortiguada y las luces de la calle lo iluminaban de otra manera. Sin la penumbra de la discoteca se le veía mejor el rostro. Los ojos marrones brillaban distintos bajo las farolas. Se quitó las gafas un momento para limpiarlas con el borde de la camisa y ese gesto tan cotidiano me resultó increíblemente íntimo. Se volvió a mirarme y no dijo nada. Yo tampoco.

Se acercó despacio, dándome tiempo de sobra para apartarme si quería. Pero no quería. Su mano subió desde mi cintura hasta rozar mi mejilla, con los dedos cálidos a pesar de la noche. Me miró un segundo más, esa media sonrisa casi desaparecida ahora, sustituida por algo más serio, más intenso. Y entonces me besó. Despacio al principio. Sus labios sobre los míos con una calma que contrastaba con el pulso que yo sentía en las sienes. Luego con más presión, más hambre, una mano enredándose en mi pelo y la otra atrayéndome hacia él hasta que no quedó espacio entre los dos cuerpos. Cuando nos separamos yo tenía la respiración cortada. —Llevaba un rato queriendo hacer eso —murmuró contra mi boca. —Ya me lo imaginaba —respondí, y volví a besarle yo esta vez, sin esperar. Me tomó de la mano y nos colamos de nuevo dentro. Pero en lugar de volver a la pista, se inclinó hacia mi oído. —¿Hay reservados aquí? .

—Sí —dije—. Al fondo, pasando la barra. Me apretó la mano y echamos a andar. El reservado estaba casi vacío a esa hora. Una sala más pequeña, con sofás de terciopelo oscuro, iluminación tenue en tonos rojos y amarillos, y la música llegando más suave, como desde otro mundo. Había una pareja al fondo pero estaban en lo suyo, completamente ajenos a todo. Nos acomodamos en un sofá en el rincón más apartado. No duró mucho la distancia. Martin dejó las gafas sobre la mesita con cuidado y cuando se volvió hacia mí ya no había medias sonrisas ni pausas calculadas. Me rodeó la cintura con el brazo y me atrajo hacia él con una decisión que me cortó el aliento. 

Sus labios encontraron los míos con más urgencia que fuera, su mano recorriendo mi espalda de arriba abajo, aprendiendo mis curvas despacio pero sin timidez. Yo hundí los dedos en su pelo oscuro y me pegué a ese cuerpo atlético que bajo la camisa gris se sentía firme y cálido. Me besó el cuello y escuché sin querer el pequeño sonido que se me escapó. Noté su sonrisa contra mi piel. 

—Anna —murmuró, con esa voz grave que desde  el principio me habia  hecho  algo  por dentro.

 


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