De repente morí, o eso creía, y me encontré en una cola de hombres y mujeres, también niños, yendo hacia una gran luz. Todos íbamos solos, en un orden donde nadie podía adelantar a otros. Tú sitio estaba allí y tú avanzabas en la cola.
Después de un larguísimo tiempo cuando llegué a la luz, había una puerta. Crucé el umbral y me encontré en una sala que parecía un tribunal. Unos individuos de extraña apariencia me juzgaban y me declaraban culpable. Nacería de nuevo entre todos aquellos a los que había defraudado.
Apelé. Argumenté que, con un lavado de memoria, es imposible hacerlo bien.
Me respondieron que, si perdía la apelación, me enviarían a un infierno de tercer nivel: un lugar cutre y siniestro donde la existencia se prolonga durante eones.
—Adelante —dije—. Solicito un defensor.
Al instante apareció un ángel luminoso, con alas y todo. Pero aclaré que no era católico; que mi religión era el budismo y que no creíamos en dioses ni en ángeles.
Los miembros del tribunal comenzaron a murmurar entre ellos. No sabían cómo sentenciar aquella anomalía. Nadie podía renacer con la memoria intacta de su antiguo yo; sería un caos absoluto.
Finalmente encontraron una solución: decidieron que naciera en un "megaedificio" donde habitaban un millón de cerdos destinados al consumo humano.
Nací cerdito, con toda mi memoria intacta, pero no podía comunicarlo. Conocía mi destino: comer, crecer, engordar y, si no me seleccionaban como semental —lo cual habría sido maravilloso en aquel estado de vida—, iría directo al matadero. No más de ocho meses de existencia.
Reflexioné sobre mi nueva condición y sobre la mala ostia de los jueces que me habían engañado. Sabía que, por el hecho de ser budista, podía renacer en el reino animal, pero jamás imaginé que sería en el cuerpo de un cerdito.
Al cabo de un mes aproximadamente, llegaron unos humanos con batas blancas y me hicieron análisis genéticos. Dijeron que tenía un potencial reproductivo impresionante. Así que me trasladaron a la granja de sementales. Allí se comía mejor y teníamos más libertad en el campo.
Una tarde, antes de recogernos en la pocilga, surgió una luz entre los árboles de bellotas. Ninguno de mis compañeros le prestó la menor atención. Pero mi cerebro, aunque porcino, pensaba como el de un humano. Eso sí, mi comportamiento era de cerdo total.
La curiosidad me llevó hacia la luz, y la luz venía hacia mí. Al encontrarnos, ascendí flotando y entré en una nave extraterrestre. Me recibió la Plana Mayor. Nos comunicamos vía telepática, aunque lo que resonaba en mi cerebro era de naturaleza porcina. Aun así, lo entendía perfectamente:
¡Oinc, oinc! ¡Oinc, oinc!
No comprendían por qué yo era un cerdo mentalmente diferente. Así que me invitaron a unirme a ellos y desde entonces viajo por toda la galaxia, conociendo seres de las más extrañas condiciones.
Con los ciclos galácticos aprendí que la libertad absoluta también era aburrida. Los extraterrestres me veneraban como una anomalía consciente, pero yo solo pensaba en bellotas que no existían. Un día descubrí, revisando los archivos de la nave, que mi misión era servir de experimento:
"El Cerdito Ilustrado"
Comprendí entonces que el universo no castiga, solo recicla. Y mientras la nave saltaba al hiperespacio, acepté mi papel con dignidad porcina. Al fin y al cabo, nadie había prometido que la iluminación no oliera a pocilga.
Durante un salto estelar, la memoria comenzó a disolverse. Primero olvidé mi nombre, luego mi vida humana y, por último, el hecho de ser un cerdo. No sentí miedo. Cuando ya no quedaba pensamiento alguno, la nave desapareció y la luz se apagó. Desperté en la finca bajo una higuera, respirando en silencio. No había jueces, ni ángeles, ni galaxias. Solo el instante presente. Sonreí sin saber por qué. Quizá, por fin, comprendí que no era nadie.
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