CUENTOS DE LA LUNA ROTA (14)

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El enamoramiento de Anne y Mallory




     Anne vio a Mallory por primera vez en La tormenta y se enamoró perdidamente de él. Mallory era un actor profundamente comprometido con su arte. Conseguía penetrar en el personaje y encontrar sus puntos cardinales. Siendo niño quedó prendado de la capacidad de interpretación de sus actrices y actores preferidos y quedó sellado su destino: decidió estudiar arte dramático y se propuso emular a los que eran para él dioses.

Es cierto que Mallory no aceptaba cualquier papel: sus personajes tenían que seducirle. No le importaba si eran papeles destinados a generar rechazo y odio en los espectadores o bien a ser adorados por sus valores morales y humanos. Lo único que Mallory detestaba profundamente eran los estereotipos y opuestos radicales. Esos, sus principios éticos profesionales le habían causado muchos problemas con guionistas, directores y productores, hasta mantenerle fuera de los escenarios largas temporadas; incluso pasó épocas de seria penuria económica, pero Mallory tenía sobre todo y ante todo un compromiso con él mismo, con la forma de entender el arte interpretativo: para Mallory eso era irrenunciable.

Anne no podía penetrar tan a fondo en su subconsciente como para explicarse porque Mallory era su ídolo cinematográfico y porqué interiormente palpitaba por él. Ese sentimiento estaba tan arraigado en Anne que le producía un vértigo físico y un sufrimiento emocional. Bernie Carrington, el personaje que Mallory interpretó en La tormenta era un ser especial; especial por su sensibilidad y capacidad de simpatía profunda con los demás, particularmente los desfavorecidos. Además de esa empatía, Bernie, un profesor de filología clásica alto y enjuto, algo caído de hombros, que vestía gabardina a cuadros y gastaba zapatos flexibles de color marrón, punteaba sus mejillas y el mentón con una barba rala y escasa de mendigo, con un revuelto cabello rubio lacio y una mirada taciturna..., quizás distraída, perdida en rumbos no previstos y dispuesto a dejarse llevar por la furia intempestiva de una insaciable búsqueda de la verdad, más allá de las opiniones superficiales; Bernie Carrington no dudaba en mostrar una seca ironía con sus opositores.

Anne se sentía internamente como Carrington, el Carrington de Mallory. Para ella no había distinción entre Mallory y Bernie; es más Anne se "sentía" Bernie-Mallory. Ella participaba de la interpretación. Enmarcada en La tormenta Anne caminaba a la par de Mallory, se podía sentir como Mallory..., dentro de ella. Anne reaccionaba como Mallory-Carrington; se podría decir —ella se lo decía a sí misma— que ella "era" Carrington: que era Mallory también en lo exterior a sí misma, Anne se veía en el espejo y contemplaba rasgos de Mallory en sus facciones, en la forma en que sus ojuelos estrechos y verdes penetraban en los arcanos de los demás y de la naturaleza de las cosas. El mundo de Anne se articulaba tanto como el ser que ella adjudicaba a Mallory que se había desmaterializado como sí misma —no del todo, pero en gran medida—, que sus moléculas habían emigrado y se habían recompuesto dentro del cuerpo de Mallory. Tan era así, que Anne sentía las necesidades corporales de Mallory y su cuerpo "sentía" como el cuerpo masculino de Mallory; y como tal se satisfacía. Esto último ella lo encontraba "raro", pero sabía que era así y no lo cuestionaba: lo disfrutaba.

Mallory estudiaba a fondo a su personaje y se integraba en él. Buscaba bibliografía que devoraba y veía cuántas interpretaciones hubiera anteriores. Exploraba las ramificaciones del ser creado a partir de la imaginación elaborada de sus autores. Indagaba acerca de los propios guionistas y escritores hasta quedar extenuado. Sólo quedaba satisfecho cuando había abordado personaje y autor hasta sus últimos espacios, tanto artísticos como en sus vidas reales. Únicamente luego, tras ese largo proceso de integración, Mallory dotaba al personaje de su cuerpo y alma "vitales", entonces Mallory era ellos inseparablemente. Así lo entendía él y se entregaba al público.

El día en que Mallory se sintió auténticamente realizado fue cuando la noche del estreno de La tormenta él, disimulado entre el público, se fijó en aquella espectadora que había a su lado. Observó sus manos. Eran unas manos sufrientes o felices, activas o desmayadas, según transcurría la historia en la pantalla. Escuchaba su respiración cambiante, casi oía los latidos del corazón de aquella mujer. Inexplicablemente percibía un aroma especial que se desprendía desde su cuerpo, glandural, diferente según cada escena. En un momento se inclinó para ver su rostro: sus facciones delicadas, sus labios bien marcados, su piel brillante, su frente besada por pequeños mechones de cabello huidizos, sus ojos relucientes, clavados en la pantalla...

Mallory sintió aquel relampagueo misterioso en su estómago y una profunda necesidad de quedarse al lado de la mujer aún cuando terminase la película: no quería que terminase y un estremecimiento le recorrió, porque Mallory sabía que restaban pocis minutos ya para el final. Quiso que el tiempo se parase, que se paralizase la materia en movimiento; seguir absorbiendo las sensaciones que partían del cuerpo de aquella mujer y le envolvían, penetrando en cada partícula de su cuerpo: Mallory "se sintió" aquella mujer, pudo tocar su piel como parte de la piel de ella, descifrar su pensamiento como ideas propias de él, que podía entender y sentir. En su interior corría la sangre de ella, sus hormonas se fusionaban con las de ella, el líquido de su cuerpo era el mismo de la mujer... toda su existencia presente firmaba parte de ella... y Mallory no pudo evitar rozar con sus dedos el antebrazo desnudo de su espectadora ensimismada en la pantalla mientras millones de recuerdos se cruzaban entre los dos en la oscuridad indescifrable de la sala de cine.

 


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