CREEP capítulo uno

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Ahí estaba sentado en la banca de primero medio, siendo presa de las burlas, de los compañeros por su apariencia física, pero llegaban hombres y mujeres que nunca había visto ellos se reían de él rodeándolo, de pronto despierta, se había quedado dormido en el tablero de dibujo donde en un papel diamante trabajaba para terminar el plano que debía qué presentar el lunes en la facultad de arquitectura. El aroma de las rosas del jardín que se colaba por la ventana de su dormitorio que se mezclaba con la humedad de la tierra qué los aspersores regaban justo a las siete de la tarde.

 

Gabriel se incorporó, sacudiéndose el rastro de un sueño confuso sobre ángulos y vigas; los planos de la facultad seguían ahí, extendidos como una ciudad blanca que exigía un orden que él ya no sentía, se acercó al espejo ese que trataba de no mirar, su cabello negro crespo desordenado, los ojos negros tras los anteojos ópticos de marcos metálicos, su gran nariz que parecía una pera de boxeo y el labio superior algo deforme a raíz de la cicatriz que corrigió su labio leporino que cubría con un pequeño bigote y barba, del primer piso se escuchaba el murmullo de la radio, la voz estúpida y chillona del adolescente que auspiciaba una marca de bebida gaseosa de limón con su famoso jingle final, una mujer anunciaba la temperatura 23 grados seguido con el jingle de la radio,, Gabriel abre la puerta y mientras camina por el pasillo y luego encara la escalera, al bajar se escuchaba el anunció del instituto Simón Bolívar, cuando llego al living ve la hora son las 20:24 horas del sábado 14 de octubre de 1995, el vestido con sus jeans celeste zapatillas puma blancas de basketball, camisa celeste con líneas azules camino guiado por la radio, a medida que se acercaba a la cocina, el ritmo cambió. La voz de Thom Yorke, arrastrada y agónica, empezó a llenar el pasillo: “But I'm a creep... I'm a weirdo...”.?Empujó la puerta, no hubo resistencia, solo el roce sordo de la madera, adentro, el tiempo se detuvo. Kaira estaba allí, recortada contra la luz de la cocina como una aparición de una revista que él no debería estar leyendo. La minifalda escocesa que marcaban los glúteos y desafiaba la línea de sus muslos, y las Converse blancas, con su estrella azul impasible, marcaban un compás silencioso contra el piso. El ligero chaleco de hilo blanco era una frontera transparente; bajo la luz, el contorno de su sostén tipo C qué cubrían los pechos como envoltorios de dos bombones qué sobresalen por el chaleco, se revelaba con una honestidad que a Gabriel le cortó la respiración.

 

El aire cambió de pronto. Ya no olía a encierro, sino a ella: una mezcla embriagadora de fruta fresca y ese trasfondo de brandy que siempre parecía emanar de su piel, como si guardara un secreto maduro. Kaira sostenía un tarro de cerezas, estudiando la etiqueta con una concentración hipnótica, hasta que sintió su presencia, 

 

Giró la cabeza con una lentitud calculada, sus ojos color avellana, enormes y líquidos, anclaron a Gabriel al suelo mientras ella le regalaba una sonrisa, fue una sonrisa pequeña, cargada de una complicidad que no necesitaba palabras, en ese instante, los planos de arquitectura, el ruido de Radiohead y las leyes de la física se desmoronaron. Gabriel no solo olvidó el hambre; olvidó cómo se sentía el peso de su propio cuerpo sobre la tierra.

 

Gabriel se detuvo en el umbral, sintiendo el peso de su propio cuerpo como una estructura mal diseñada, a sus veinte años, todavía luchaba por aceptar los ángulos de su rostro: esa nariz que recordaba a una pera de boxeo y el rastro sutil, pero para él eterno, de la cicatriz en su labio superior, siempre se había sentido un boceto inacabado viviendo en una casa de líneas perfectas.

 

Kaira estaba allí, recordando que ella no era una hermana, sino una mujer extraña y magnética que ahora habitaba su mundo.

 

El perfume de ella, esa mezcla de frutas dulces y el rastro amargo del brandy, llenó sus pulmones. Kaira giró la cabeza, soltando el tarro de cerezas que examinaba. Lo miró con esos ojos avellana, enormes y curiosos, y le dedicó una sonrisa lenta, sus labios angostos pero recortados de forma perfecta adornada con un lunar al costado izquierdo del arco de cupido y sus dientes algo chuecos que más que un defecto transmitía una sensualidad, lo miró con esos ojos avellana, enormes y curiosos, y le dedicó una sonrisa lenta.

 

Gabriel sintió un pánico gélido, en la facultad de arquitectura le enseñaban que si una estructura no podía soportar su propio peso, colapsaba, y él, mirándola, sintió que los cimientos de su lealtad hacia su madre y su respeto por Rodolfo el padre de Kaira empezaban a agrietarse.

—¿Tienes hambre, Gabriel? —preguntó ella, y su voz sonó más fuerte que la música, él no respondió de inmediato, pasó la lengua por la cicatriz de su labio, un gesto nervioso que siempre hacía cuando se sentía expuesto, sabía que esa atracción era una granada sin seguro, si daba un paso más, si se permitía desearla, destruiría la felicidad que su madre tanto había tardado en construir. Pero allí, en la penumbra de la cocina, con el olor a brandy y la luz translúcida de su ropa, la gravedad simplemente dejó de funcionar.

 

Gabriel se quedó estático, apoyado en el marco de la puerta que aún vibraba levemente, en la radio, la angustia de Creep llegaba a su clímax, pero en el centro de la cocina, Kaira era el ojo del huracán: una calma absoluta, matemática, ella no posaba, no había nada de artificial en la forma en que su melena rubia caía sobre sus hombros ni en cómo sus Converse blancas descansaban con firmeza en el suelo, su belleza no era un arma que ella blandiera con arrogancia; era, más bien, una propiedad natural de su entorno, como la luz o el oxígeno.

 


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