El buzon Parte 1

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Siempre que vuelvo del trabajo, me paro en el buzón a recoger las cartas. Cuando lo cierro y me doy la vuelta, me encuentro con un apuesto chico. Le sonrío y me dirijo hacia el ascensor.

Esperaba cuando el chico se acercó.

—¿Eres nuevo? —dije.

—Sí, me mudé la semana pasada.

—Te invito a una cerveza.

—No me gusta, lo siento.

—Pues otra cosa: un café, un té...

—Por cierto, me llamo Álex.

—Yo soy Anna.

—No te dejaré hasta que respondas.

—Muy bien, tú ganas.

Solté un pequeño suspiro, tratando de no sonreír demasiado.

—Bien. Ganas. Pero solo un café.

Álex sonrió, una sonrisa cálida y fácil que me hizo sentir un pequeño vuelco en el estómago.

—Trato hecho. Pero solo porque dijiste que sí.

Volví a presionar el botón del ascensor, más que nada para tener algo que hacer con las manos. Las puertas se abrieron con un suave tintineo .

—Entonces, —dijo, girándose—. Hay una pequeña cafetería a dos calles, con los mejores croissants que he probado en mi vida.

Salimos al vestíbulo y él me abrió la puerta. El aire de la tarde era fresco, con un ligero aroma a lluvia que aún no había caído del todo. La calle estaba tranquila: solo unas pocas personas paseando a sus perros y un par de niños en bicicleta.

Álex caminaba a mi lado, con las manos en los bolsillos.

—¿Y a qué te dedicas, Anna? ¿Además de evitar a los guapos desconocidos en los buzones?

Me reí.

—Trabajo en una revista de moda. ¿Y tú?.

—Agente inmobiliario —dijo—. Ayudo a la gente a encontrar una nueva casa. Tiene sentido, ya que yo mismo acabo de encontrar una.

Llegamos a la cafetería, un lugar pequeño y acogedor con cálidas luces ámbar y sillas dispares. Me abrió la puerta y una campanilla sonó sobre nuestras cabezas. El aroma a café recién hecho y canela nos envolvió.

Pedimos: un latte para mí, un expreso para él, y encontramos una mesa junto a la ventana. Se sentó frente a mí, reclinándose en su silla como si tuviera todo el tiempo del mundo.

—Vale —dijo, rodeando su taza con las manos—. Dime la verdad. ¿De verdad no querías la cerveza, o solo era una prueba?

Tomé un sorbo de mi café con leche.

—La verdad es que no bebo alcohol. Pero me alegro de que no te hayas rendido.

—Nunca —dijo, y su sonrisa se suavizó—. Tengo la sensación de que mereces la insistencia. ¿Una chica tan guapa como tú, sin novio? Es difícil de creer.

Anna sonrió.

—Con mi trabajo es imposible. Casi siempre estoy viajando.

 

La tarde pasó sin darnos cuenta. Hablamos de todo: nuestras películas favoritas, en eso coincidíamos, éramos los dos muy cinéfilos.

—Ah —dijo, asintiendo lentamente—. Así que eres una mujer misteriosa. Siempre en movimiento, nunca en un lugar el tiempo suficiente para que te atrapen.

Tenía una manera de hacerme reír, fácil y espontánea, como si nos conociéramos de toda la vida.

Cuando miré el móvil, me sorprendió ver que eran casi las diez.

—Caramba —dije, dejando la taza vacía—. Tengo que levantarme temprano mañana. Debería volver.

Álex asintió, terminando su expreso de un trago.

—Yo también. La primera sesión es a las ocho.

Regresamos juntos. Las farolas proyectaban suaves charcos de luz naranja sobre la acera. Nuestro edificio se alzaba al final de la manzana, con sus cálidas ventanas brillando contra el cielo nocturno.

En el ascensor, Álex pulsó el botón y se giró hacia mí.

—¿Mismo piso?

—Tercero —dije.

Sonrió.

—Yo también. Parece que somos vecinos.

Las puertas se abrieron y salimos al pasillo. Nuestras puertas estaban a pocos metros de distancia, una frente a la otra.

—Bueno —dije, sacando las llaves del bolso—. Gracias por el café.

—Cuando quieras —dijo. Dudó un instante y luego añadió—: ¿Quizás podamos repetirlo? ¿Cuándo no estés de viaje?

Sonreí, sintiendo de nuevo ese pequeño cosquilleo en el estómago.

—Me gustaría.

Asintió, con una sonrisa juvenil que se extendió por su rostro.

—Buenas noches, Anna.

—Buenas noches, Álex.

Abrí la puerta y entré, cerrándola suavemente tras de mí. A través de las finas paredes, oí que su puerta se cerraba un segundo después. Me apoyé en la madera un instante, con una sonrisa tonta dibujada en la cara.

A la mañana siguiente, el despertador sonó a las seis. Me estiré entre las sábanas y lo primero que vino a mi cabeza fue su sonrisa. Sacudí la cabeza, intentando centrarme, y fui a la cocina a preparar café.

Mientras esperaba que hirviera el agua, me sorprendí mirando la pared que nos separaba. ¿Dormiría todavía? ¿Madrugaría él también?

Salí de casa a las siete menos cuarto, con el bolso al hombro y el termo en la mano. Al pasar frente a su puerta, aminoré el paso sin querer. Nada. Silencio.

Sonreí para mí misma y bajé las escaleras.

La jornada se me hizo larga. Reuniones, correos, el vuelo de vuelta con retraso. Cuando por fin entré al portal, eran casi las ocho de la tarde.

Como siempre, me paré en el buzón. Lo abrí, saqué un par de sobres sin mirarlos siquiera, y al cerrar la pequeña puerta metálica escuché el ascensor abrirse a mi espalda.

—Llegas tarde.

Me giré. Álex estaba apoyado en el marco de la puerta, con una bolsa de la compra en la mano y esa sonrisa que ya empezaba a resultarme demasiado familiar.

—Tú tampoco llevas mucho rato en casa —dije.

Se encogió de hombros.

—Te he visto entrar desde la ventana. No es lo mismo.

Noté el cosquilleo otra vez.

—¿Me estabas esperando?

—Estaba cocinando —dijo, sin responder del todo—. Para dos, por si acaso.

—¿Me has estado espiando desde la ventana? —pregunté, cruzando los brazos.

—No es espiar. Es... estar atento. Hay una diferencia.

—Ah, ¿sí? ¿Y cuál es?

Álex se separó del marco y se acercó. Llevaba una camiseta gris y el pelo un poco revuelto, como si hubiera estado en casa relajándose.

—La intención —dijo, y se detuvo frente a mí.

Lo miré un momento. Solté una risa cansada y pasé una mano por mi cara.

—He tenido un día horrible . Reuniones interminables, y para colmo hoy no bebi  mi  café favorito.

—Parece que necesitas un café de verdad —dijo Alex.

 Y resulta que  tengo uno de esos capuchinos en polvo que te gustan.

Abrí los ojos con sorpresa. —¿Cómo sabes que me gusta ese?.

Se encogió de hombros, pero la sonrisa se le ensanchó. —La otra tarde , en el café, pediste uno y dijiste que era tu favorito. Se me quedó grabado.

Me quedé callada un momento. Que un chico que apenas conocía desde hacía unos días recordara qué café me gustaba... era algo que no sabía muy bien cómo procesar.

—Vale —dije al fin—. Me ha convencido. Pero solo un rato, que mañana vulvo a madrugar.

 

 

                         

 

               

 


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