El reencuentro :Primera parte

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Hacía años que no volvía al pueblo, y este verano me decidí al fin. Nada había cambiado, o al menos eso parecía: las mismas calles estrechas, el mismo aire tibio que guardaba en la memoria desde la adolescencia, ese olor a piedra caliente y a tarde lenta que creía haber olvidado.

Al pasar por la plaza, me detuve frente a una zapatería. En el escaparate, un par de zapatos negros de charol me miraban con descaro. Los necesitaba, o eso me dije. Empujé la puerta, y una campanilla marcó mi entrada con su tintín familiar.

—Hola, ¿qué desea? —preguntó una voz grave, con ese acento del pueblo que reconocí de inmediato, como se reconoce una canción que no has escuchado en mucho tiempo.

—Los zapatos del escaparate, los negros de charol. ¿Podría traerme mi talla para probarlos?

—Ahora mismo.

Me senté en la silla de madera junto a un espejo alto y esperé. A los pocos segundos apareció con la caja en las manos. Se arrodilló frente a mí con naturalidad, como quien ha hecho ese gesto mil veces, y sin embargo algo en la escena me retuvo la respiración. Sus dedos rodearon mi pie con cuidado, rozando apenas el tobillo, y ese contacto mínimo bastó para que sintiera un calor inesperado subiendo despacio por mis muslos.

Levantó la vista. Nuestros ojos se cruzaron un instante —él aún de rodillas, yo con el borde de la falda demasiado cerca de su mirada— y algo se tensó en el aire entre los dos.

—Te quedan perfectos —dijo, con una voz que sonaba a algo más que a opinión profesional.

—Sí… —respondí, aunque en mi voz se notaba que no estaba hablando solo del calce.

Se puso en pie despacio, sin apartar del todo los ojos de mí.

—¿Eres Anna, verdad?

Me quedé quieta un segundo.

—Sí… ¿Cómo sabes mi nombre?

—¿De verdad no sabes quién soy?

Lo miré entonces, con atención, buscando debajo de los años algo que reconocer.

—Perdona… hace mucho tiempo que me fui del pueblo.

Él sonrió, y en esa sonrisa sí lo encontré: un gesto travieso, inconfundible, que no había cambiado nada.

—Soy Marcos.

El nombre cayó como una piedra en agua quieta. Marcos. Claro que sí.

—Discúlpame por no haberte reconocido antes —murmuré, sintiendo que me ardían un poco las mejillas.

—No te preocupes. —Se inclinó levemente hacia mí—. ¿Tienes planes esta noche?

—Que yo sepa, ninguno.

—Entonces cena conmigo.

—Iré encantada —respondí, sin dudarlo demasiado.

—¿Sigues teniendo la casa de tus padres?

—Sí.

—Paso a recogerte a las nueve. —Hizo una pausa, con esa media sonrisa—. Y llévate los zapatos, no te los dejes.

Los cogí con cuidado, consciente de que sus ojos me seguían mientras me dirigía a la puerta. Había en esa mirada algo que mezclaba el deseo con el recuerdo, y esa combinación me dejó inquieta durante todo el camino a casa, con un cosquilleo que no conseguía sacudir.

Me di una ducha larga, dejando que el agua caliente me despejara los pensamientos —o que los enredara más, no estaba segura. Me sequé el pelo con esmero y encima de la cama me esperaba el vestido negro ceñido, sin mangas, junto a los zapatos nuevos que aún olían a tienda. Me vestí despacio, me eché el perfume que guardaba para las ocasiones que lo merecían, y al mirarme en el espejo sonreí: estaba bien. Estaba más que bien.

Sonó el timbre.

Abrí la puerta y Marcos me recorrió de arriba abajo con los ojos, sin disimulo y sin prisa.

—Estás preciosa —dijo, simplemente—. Vámonos.

Cogí el bolso, cerré la puerta y caminamos juntos por las calles tranquilas del pueblo, bajo una luz dorada que lo hacía todo parecer suspendido en el tiempo. Llegamos a un restaurante pequeño y acogedor, y nos sentamos en una mesa del fondo, en un rincón que parecía hecho para las conversaciones que no se comparten.

El camarero trajo el vino —blanco, fresco— y brindamos. Al chocar las copas, sus dedos rozaron los míos con una intención que no dejaba lugar a dudas.

—Han pasado muchos años —dijo, girando la copa entre los dedos—. Pero estás igual de guapa que siempre.

—Y tú —lo miré sin apartar los ojos— has cambiado para bien.

Sonrió, apoyando el codo en la mesa, inclinándose un poco hacia mí. Entre plato y plato, las palabras fueron cediendo terreno a los silencios, y los silencios se volvieron más elocuentes que cualquier cosa que pudiéramos decir. Hablamos del colegio, de las fiestas del pueblo, de los veranos que se quedaron aquí mientras yo me marchaba. Y en algún momento, sin que pudiera señalar exactamente cuándo, la conversación dejó de ser sobre el pasado y empezó a ser sobre esa noche.

Se inclinó hacia mí.

—Anna… —dijo en voz baja— estás jugando con fuego.

Sentí el nudo en el estómago. Bebí un sorbo de vino antes de responder.

—¿Y si me apetece quemarme?

Sus ojos brillaron, y en ese instante supe que la cena era solo el preludio.

Terminamos la cena casi sin darnos cuenta. Apenas probé el postre; estaba demasiado ocupada en la forma en que Marcos me miraba, como si yo fuera lo único que hubiera en esa sala.

Pidió la cuenta, y mientras esperaba se inclinó hacia mí:

—No quiero que esta noche acabe aquí.

No respondí. Solo sonreí, bajando los ojos, y eso fue suficiente.

Salimos a la calle. El aire de verano olía a jazmín y a noche tibia. Caminamos despacio, su mano buscando la mía con naturalidad, y yo dejándome encontrar. En pocos minutos estábamos frente a la puerta de la casa de mis padres. El corazón me latía con fuerza.

—Aquí estamos… —dije, casi en susurro.

Marcos se acercó un poco más.

—¿Me vas a invitar a pasar?

Me tomé un instante, disfrutando de ese juego, de saber que todo dependía de una sola palabra mía.

—Claro —contesté, abriendo la puerta.

Entramos. Cerré detrás de nosotros y el silencio antiguo de la casa nos envolvió. Me giré hacia él. Nuestras miradas se encontraron, y el tiempo pareció detenerse.

Se acercó despacio, como si quisiera alargar cada segundo.

—Sigues oliendo igual que antes —susurró, inclinándose hacia mi cuello—. He pensado en este olor más veces de las que debería.

El roce de su aliento me erizó la piel. Sus labios apenas me rozaban, jugando a no llegar del todo, desatando una paciencia que yo no tenía.

—Marcos… —murmuré.

—Dime —respondió, con la voz baja y cálida.

—Para de torturarme.

Se rio suavemente contra mi cuello, y ese sonido me derritió más que cualquier caricia.

Su mano se deslizó por mi cintura, acercándome a él despacio, con una seguridad que no necesitaba demostrar nada. Y entonces me besó. No fue un beso tímido: fue uno de esos besos que llevan años guardados, que saben a todo lo que no se dijo en su momento. Le respondí con la misma urgencia, aferrándome a él, sintiéndome por primera vez en mucho tiempo exactamente donde quería estar.

—¿Sabes cuánto tiempo llevo pensando en esto? —susurró contra mis labios.

—Cuéntame —respondí, con la voz rota.

—Desde que entraste por esa puerta esta mañana. 


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