El reencuentro:Segunda parte -Final

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Desde que te vi sentada en esa silla, mirándome como si no supieras el efecto que me hacías.

Me dejé caer sobre el sofá, tirando de él conmigo. Sus manos recorrían mi cuerpo con una mezcla de hambre y ternura que me desconcertaba, como si quisiera devorarme y cuidarme al mismo tiempo.

—Eres exactamente como te recordaba —murmuró—, pero mejor. Mucho mejor.

—Calla —le dije, entre jadeos— y no pares.

—No pienso parar —prometió, con los labios rozando mi oído—. Esta noche tengo todo el tiempo del mundo para ti.

Nos perdimos el uno en el otro con la misma naturalidad con que dos ríos se encuentran: sin prisa, sin dudas, como si siempre hubiera sido así. Cada caricia era una pregunta y cada suspiro una respuesta. Nuestros cuerpos hablaban un idioma que los años no habían borrado, sino madurado.

—Anna… —dijo en un momento, mirándome a los ojos con una intensidad que me atravesó—. Qué bien que volviste.

No respondí con palabras. Lo besé, y en ese beso estaba todo.

Después nos quedamos en silencio, abrazados, con el calor de nuestros cuerpos mezclado con el aire tibio que entraba por la ventana entreabierta. Él me acariciaba el pelo despacio, sin prisa, como si no hubiera ningún otro lugar en el mundo donde prefiriera estar.

—Esto no puede ser solo una noche —dijo al fin, en voz baja.

Sonreí contra su pecho.

—No lo es —respondí.

Y afuera, el pueblo seguía igual que siempre, ajeno a todo, mientras dentro de esa casa algo que llevaba años dormido acababa de despertar.


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