El día que dejé de esperar

Por
Enviado el , clasificado en Reflexiones
32 visitas

Marcar como relato favorito

Subí a un mirador pequeño, de esos que no impresionan demasiado, pero igual te obligan a detenerte.

No era una gran aventura. Ni siquiera era una caminata difícil. Era apenas una colina suave, con bancas de madera, un camino de tierra y un mirador sencillo desde donde se veía la ciudad extendida. Pero esa tarde, mientras llegaba arriba sola, otra vez sola, sentí que algo dentro de mí también había llegado a su punto final.

Había bancas libres, pero no me senté en ninguna. Preferí acomodarme en el grass, un poco apartada, abrazando mis rodillas y mirando hacia abajo. La ciudad se veía desordenada y viva: techos, cables, autos, gente moviéndose sin saber que yo estaba ahí, tratando de decidir qué hacer con tres años de mi vida.

Durante tres años tuve una respuesta preparada para todo.

“Trabaja de noche.”
“Está cansado.”
“No coincidimos en horarios.”
“Es reservado.”
“Ya llegará el momento.”

Tres años diciendo eso. Tres años esperando que una relación que apenas ocupaba unas horas cada una o dos semanas se convirtiera, de pronto, en algo más. En algo con planes. En algo con presencia. En algo que se sintiera como una vida compartida y no como una visita pendiente.

Yo tengo treinta años. No lo digo con desesperación, como si la vida se acabara, pero sí con claridad. Ya no estoy para vínculos en pausa indefinida. Ya no quiero convencerme de que recibir migajas de tiempo es una forma de amor. Ya no quiero celebrar que alguien me vea un domingo por la tarde como si me estuviera haciendo un favor.

Pensé en todas las veces que salí sola porque él no podía. Cumpleaños de amigas, almuerzos familiares, paseos, feriados, domingos. Siempre había una razón. Y al principio la entendía. Yo trabajo en horario normal; él trabaja de noche. No era culpa de nadie. Pero con el tiempo entendí que una cosa es tener horarios difíciles y otra muy distinta es no hacer espacio.

En tres años no vivimos juntos. Ni siquiera lo intentamos. Nunca hablamos seriamente de eso sin que él cambiara de tema o dijera que “más adelante”. Ese “más adelante” se volvió una especie de promesa sin fecha, un lugar donde yo guardaba esperanzas que él nunca confirmaba, pero tampoco soltaba.

Tampoco me presentó formalmente a sus padres. Los conocía de nombre, por fotos sueltas, por comentarios al paso. Pero nunca hubo una cena, una invitación, un “quiero que conozcas a mi familia”. Con sus amigos fue igual. Yo era su enamorada, sí, pero en una versión privada, casi invisible. Existía en mensajes, en encuentros espaciados, en planes improvisados. No existía en su mundo real.

Y me dolió admitirlo.

Porque lo quise. No estoy dejando a un hombre malo. Eso sería más fácil. No hubo una gran traición, no hubo gritos, no hubo una escena dramática que explicara todo. Hubo algo más silencioso: una acumulación de ausencias. Una suma de fines de semana sola. Una colección de conversaciones postergadas. Un amor que nunca terminó de llegar a ninguna parte.

Desde el grass vi a una pareja sentarse en una de las bancas. Ella le acomodó el cuello de la camisa y él se rió. No sentí envidia exactamente. Sentí cansancio. Cansancio de fingir que no me importaba ir sola a todos lados. Cansancio de decir “no pudo venir” como si fuera una frase normal en mi vida.

Respiré hondo. La tarde estaba fresca y, por primera vez en mucho tiempo, el silencio no me pareció abandono. Me pareció respuesta.

Entonces entendí que terminar no siempre es dejar de amar. A veces es dejar de esperar.

Bajé de la colina despacio, sin drama, sin una escena de película. Solo con el cuerpo un poco cansado y la cabeza más clara. Sabía que iba a doler. Sabía que iba a extrañar su voz, sus manos, la forma en que me miraba cuando sí estaba conmigo.

Pero también sabía algo más importante: yo quería una relación que caminara conmigo. No una que siempre me dejara saliendo sola.

Esa tarde le escribí para vernos. Esta vez no para acomodarme a su horario, ni para pedir explicaciones, ni para rogar por un futuro.

Esta vez, para despedirme.

 


¿Te ha gustado?. Compártelo en las redes sociales

Denunciar relato

Comentarios

COMENTAR

(No se hará publico)
Seguridad:
Indica el resultado correcto

Por favor, se respetuoso con tus comentarios, no insultes ni agravies.

Buscador

ElevoPress - Servicio de mantenimiento WordPress Zapatos para bebés, niños y niñas con grandes descuentos

Síguenos en:

Facebook Twitter RSS feed