La tarde que ya había visto
Por Carol178
Enviado el 11/05/2026, clasificado en Intriga / suspense
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La primera vez que soñé con la niña del impermeable rojo, no le di importancia.
En el sueño, yo estaba parada cerca de la Avenida Caracas, en Bogotá. Llovía con esa terquedad fría que parece meterse por las mangas y por los pensamientos. Había una panadería con toldo azul, un semáforo peatonal, un charco enorme junto a la vereda y, en una de las vitrinas, un reloj digital que marcaba las 5:17 de la tarde.
Entonces aparecía la niña.
Tendría unos ocho años. Llevaba un impermeable rojo, una mochila amarilla y una bolsita de papel apretada contra el pecho. Se detenía en la esquina, miraba el semáforo y esperaba. Eso era lo que más me inquietaba del sueño: ella no corría, no cruzaba distraída desde el inicio, no hacía nada mal. Esperaba como le habían enseñado.
Cuando la luz peatonal cambiaba a verde, daba un paso hacia la pista. En ese momento bajaba la mirada, abría la bolsita y sacaba una empanada, confiada en que podía cruzar.
Yo intentaba gritarle, pero no me salía la voz.
Y justo antes de que avanzara, desperté.
Me senté en la cama con el corazón acelerado. Me dije que era absurdo asustarse por un sueño. Una a veces mezcla cosas: calles que conoce, miedos antiguos, noticias escuchadas a medias. Nada más.
Pero el sueño volvió.
No una vez. Varias.
Siempre igual: la lluvia, la panadería azul, el semáforo, el charco, el reloj marcando las 5:17 y la niña del impermeable rojo esperando la luz verde. Siempre la bolsita de papel. Siempre mi voz atrapada. Siempre esa sensación desesperante de saber algo y no poder impedirlo.
Durante días intenté explicarlo con lógica. Tal vez había visto a esa niña en algún lado. Tal vez esa esquina existía y mi memoria la había guardado sin que yo lo notara. Tal vez sólo estaba cansada. Últimamente vivía con la sensación de estar llegando tarde a todo: al trabajo, a mis propios planes, a mi vida.
Una tarde, mientras tomaba café en la oficina, mi compañera Paula comentó:
—Qué tráfico horrible por la Caracas. Con esta lluvia, cualquiera maneja como loco.
Sentí un frío en la espalda.
No dije nada. Seguí mirando mi taza como si el café pudiera darme una explicación razonable. Me repetí que en una ciudad como Bogotá siempre hay lluvia, tráfico y conductores imprudentes. No tenía por qué significar algo.
Pero esa noche soñé otra vez.
Y al día siguiente, cuando salí del trabajo, estaba lloviendo.
No una llovizna ligera, sino una lluvia fuerte, de esas que oscurecen la tarde antes de tiempo. Pensé en irme directo a casa. De verdad quise hacerlo. Pero había una inquietud dentro de mí, una presión extraña en el pecho, como si alguien me estuviera empujando suavemente hacia una dirección que yo no quería mirar.
Terminé caminando hacia la Avenida Caracas.
Cuando doblé la esquina, reconocí todo.
La panadería del toldo azul. El charco enorme junto a la vereda. El semáforo. Y, en la vitrina, el reloj digital.
5:16.
Me quedé inmóvil.
Entonces la vi.
La niña apareció del otro lado, con su impermeable rojo, su mochila amarilla y una bolsita de papel en las manos. Se detuvo en la esquina, exactamente como en mi sueño. Miró el semáforo. Esperó.
La luz peatonal cambió a verde.
Y ella avanzó.
Mientras cruzaba, bajó la mirada para abrir la bolsita. No vio el camión. No tenía por qué verlo. La luz estaba a su favor.
Mi cuerpo reaccionó antes que mi razón.
—¡Espera! —grité.
Esta vez sí me salió la voz.
La niña se detuvo, sobresaltada. Apenas un segundo después, un camión enorme se pasó la luz roja y cruzó la avenida con un rugido pesado, levantando agua contra la vereda.
La empanada cayó al suelo.
La niña no había hecho nada mal.
Eso fue lo que más me tembló por dentro.
Una mujer salió corriendo de la panadería, la abrazó y empezó a agradecerme con la voz quebrada. Yo apenas podía responder. Sólo miraba el reloj.
5:17.
Nunca supe por qué lo vi antes. No sé si fue un sueño, una advertencia o una coincidencia demasiado exacta para llamarse coincidencia.
Pero desde entonces, cuando algo dentro de mí insiste, escucho.
Porque a veces una señal no llega para explicarnos el mundo.
A veces llega sólo para que estemos a tiempo.
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