CUENTOS DE LA LUNA ROTA (15)
Por Eunoia
Enviado el 11/05/2026, clasificado en Amor / Románticos
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CUENTOS DE LA LUNA ROTA (15)
LA LUNA Y LA OSCURIDAD
El letrero luminoso de color granate tenía una silueta de cabellos femeninos sobre un zapato de tacón de aguja de chillón color amarillo, y el nombre del local: CP+2. Germán cruzó la travesera y empujó la puerta barnizada en negro.
Le bañó una luz tenue y morada que recorría el largo mostrador. También por los bajos una larga fila de luces de LED del mismo color salpicaba las paredes blancas y el fondo del local, donde había cuatro o cinco mesas; en una se encontraba una mujer rubia retocándose las uñas con displicencia. Dos mesas más allá, otra chica, morena, reía discretamente en medio de una conversación con un hombre mayor y grueso.
—Hola, campeón.
La voz era tan monótona como cabe esperar de quien realiza su trabajo con experiencia, sin demostrar impaciencia, esperando cualquier cosa y sin querer parecer demasiado profesional.
Germán miró a la mujer rubia de melena larga y lacia. Mostraba cara de cansancio. Algunas arrugas se dejaron vislumbrar cuando sus ojos indefinibles repasaron el rostro desaliñado de Germán; con barba de cuatro días, con la camisa desabrochada más abajo del cuello y el pantalón vaquero ligeramente caído…, y su cara de fatiga y desánimo.
La rubia estaba en topless. Sus pechos eran lo que cabía esperar de una mujer de más de cuarenta años. Dos brillantes chapas cubrían sus grandes pezones. Su cintura se bamboleó ligeramente cuando se sentó en el taburete alto: sus piernas quedaron colgando, tal vez por eso cruzó las piernas. Por toda prenda, llevaba un tanga blanco muy ajustado.
—¿Quieres tomar algo conmigo?
Germán la observó unos segundos y se chupó el labio superior que se encogió contra sus incisivos.
—Elige tú —fue la imprudente respuesta—; pero él ya lo sabía y le daba igual; casi todo le daba igual esa noche de mayo.
La rubia se volvió a la barwoman:
—Dos Barbados con poco hielo, Fanny.
—¿Eso…, qué es? —preguntó Germán con tono agrio, mientras tomaba asiento a su lado, en el duro taburete.
—Te gustará, cariño —En los labios de la mujer se pergeñó una sonrisa que no pudo esconder una melancolía pareja a la de Germán. Alargó el brazo y lo dejó reposar sobre el muslo derecho del hombre. Germán encogió los labios que se proyectaron hacia fuera de su cara angulosa.
Roto el hielo, se sintió más sólido; dispuesto a volver a su protectora imagen trabajada:
—¿Qué significa el rótulo?
La rubia bizqueó confundida. La otra, la chica alta y delgada, con el cabello teñido de verde glauco rapado por los lados, colocó sobre el mostrador dos grandes copas-fuente burbujeantes, de las que sobresalían dos pajitas amarillas con el pico doblado.
—Sí, ¿qué significa… —Germán trazó unos circulitos en el aire, simulando escribir en la nada visible de las partículas subatómicas que componían la tenue oscuridad del local—: CP+2. Eso.
(Ha dicho “significa”; no ha preguntado qué quiere decir: no es un hombre corriente. Su mirada es tan distinta…Desamparado, seguramente. Su novia o su mujer o su pareja le ha abandonado…, no hace mucho…; tal vez hoy)
Cuando la rubia iba a responder Germán cortó cruelmente cualquier posibilidad:
—”Coños-Pollas y las dos cosas a la vez” —La voz fue como un agudo cuchillo que causó más heridas en él que en la mujer. Ella notó el frío glacial con que las palabras, como un exabrupto (que lo quería ser) y ese frío le recorrió la nuca…, la espalda. Sus ojos no reflejaron irritación, tampoco desprecio. Él esperaba, callado, con los labios prietos, sus dedos aferrados al frío vidrio de la copa de la que se elevaba un vaporcillo ligero y un aroma como a nueces y naranja. No se produjo. La mujer rubia ni tan siquiera parpadeó. No abrió la boca; continuó mirándole inexpresiva (el dolor: puedo olerlo, palparlo; está perdido, como un niño en una isla desierta…: desolación), se dijo ella—. ¡Bahh, no importa! ¿Cómo te llamas? —hizo una pausa profunda como un brazo de mar irrumpiendo en una playa de arenas ocres— ¿O cómo quieres llamarte? —Ahora se dibujó la silueta de una sonrisa amarga y triste, sin cauterizar aún, en su boca varonil.
—¡Cariño —las uñas se apretaron sobre muslo, sobre el tejido desgastado—, ¿has tenido un mal día? —no sonó como una pregunta, sino como una afirmación punzante. La voz quiso sonar infantil y acogedora, pero él la interpretó como una intromisión impertinente.
—No es asunto tuyo.
Apenas pronunció las cuatro palabras se arrepintió. La amargura trocada en rencor transmisible es un veneno que hiere la lengua al hablar.
Hubo un silencio. Ella bajó la cabeza un instante y contuvo un suspiro. La garra abandonó instantáneamente el cuerpo de Germán que sin ninguno de los dos saberlo era más bien un refugio —¿para uno?, ¿para los dos?—.
Germán bebió el fortísimo licor, que al descender quemaba la garganta y el estómago vacío.
En un susurro: —Podría serlo—. Germán notó el relámpago súbito… ¿el de quién…, el suyo…; tal vez, inexplicablemente, el de ella? Maldijo su brusca inhospitalidad que instantes antes habían desahuciado aquellos dedos fríos y parecían buscar refugio. ¿Qué tormentas unen a los espíritus parejos? ¿Y el cruce del destino…?
La miró, allí en aquella oscuridad que de golpe se había transformado en acogedora. Algo inexplicablemente ligeramente, íntimo, hogareño, como una memoria cálida…
Ella, ¿lo había dicho?: «¡Llévame contigo!»
Los ojos de los dos se interrogaron mutuamente al mismo tiempo, y el fuego de la vida de los supervivientes renació en ambos cuando él le cogió la mano y entrelazó sus dedos con los de ella.
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