El Despertar [Parte Uno]

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El pasillo del hotel parecía interminable. El sonido de mis propios tacones sobre la moqueta era lo único que rompía un silencio que se me antojaba opresivo.

Llevaba la tarjeta de la habitación apretada , contra la palma de mi mano. Habíamos decidido que yo subiría primero; él no quería que nos viéramos en el hall, y las miradas curiosas de los recepcionistas.

Queríamos que el primer impacto fuera nuestro y de nadie más. Entré en la habitación y la puerta se cerró tras de mí con un clic definitivo. El aire estaba impregnado de ese olor a limpio de los hoteles, pero yo solo podía pensar en el perfume que Fran me había descrito tantas veces.

Me miré al espejo, me coloqué un mechón de pelo y respiré hondo. El corazón me golpeaba las costillas con una fuerza salvaje, como si quisiera salirse del pecho antes de que él llegara. 

 

Entonces, oí el sonido de unos pasos acercándose. Se detuvieron justo al otro lado.

 

El sonido de la tarjeta magnética al deslizarse por la cerradura me dejó sin aliento. La puerta se abrió lentamente y ahí estaba él.

Fran entró y se detuvo en seco al verme, era un hombre de carne y hueso, alto , con una presencia que llenaba todo el espacio. Llevaba una chaqueta ,camisa azul , vaqueros ,y zapatillas. 

 

Sus ojos recorrieron mi cuerpo de arriba abajo, deteniéndose en mis labios, en mis manos que temblaban ligeramente, y finalmente anclándose en mis ojos con una intensidad que casi me hizo retroceder. Durante unos segundos, ninguno de los dos dijo nada. El mundo se paro para nosotros.

 

—Anna —pronunció mi nombre.Su voz vibró en el aire, profunda y real, envolviéndome por completo.

—Fran —susurré apenas. 

 

Él dio un paso hacia delante, cerrando la puerta a sus espaldas sin apartar la mirada de la mía. La distancia que tanto nos había atormentado se redujo a apenas unos centímetros. Podía sentir el calor que emanaba de su cuerpo, el olor de su colonia, y esa energía eléctrica que solo surge cuando dos deseos largamente contenidos finalmente colisionan. 

 

Él levantó una mano, dudando un instante, hasta que sus dedos rozaron mi mejilla. El contacto fue como una descarga. Su piel estaba un poco fría por el aire de la calle, pero el lugar donde me tocaba empezó a arder. 

 

Eres real —dijo, con una mezcla de alivio y asombro—. Por fin eres real. 

 

Aquel roce en la mejilla fue la chispa que hizo saltar por los aires semanas de deseo acumulado. No hubo tiempo para presentaciones pausadas ni para la cortesía del silencio. En el momento en que nuestras miradas se fundieron a esa distancia, el aire en la habitación del hotel pareció encenderse.

Fran no esperaba. Sus manos, grandes y firmes, se hundieron en mi pelo para atraer mi rostro hacia el suyo con una urgencia que me hizo soltar un gemido ahogado. El primer beso no fue dulce; Fue una colisión de labios, lengua y dientes, una lucha por recuperar todo el tiempo perdido. Un deseo y esa verdad que solo se descubre cuando los cuerpos por fin se reconocen. 

Mis manos tocan desesperadamente el tacto de su ropa, queriendo buscarme deshacerme de cualquier capa que nos separe. Los botones de su camisa se convirtieron en un obstáculo insoportable; Sentí la seda de mi propio vestido rozando mi piel mientras él me empujaba con suavidad pero con firmeza contra la puerta cerrada. —No puedo más, Anna —jadeó él contra mi boca, sus dedos buscando con torpeza y ansiedad la cremallera de mi espalda—. He soñado con esto cada maldita noche desde que te conocí. —Entonces no esperes —le respondí, mi voz apenas un hilo quebrado por la excitación—. Quítamelo. La ropa empezó a caer al suelo formando un rastro de impaciencia: su chaqueta, mi vestido, cada prenda que abandonábamos era una victoria sobre la distancia. Sentir su piel desnuda contra la mía por primera vez fue casi un choque eléctrico. Su pecho era cálido, fuerte, y el vello de su torso rozaba mis pechos con una aspereza que me hacía vibrar. Solo el sonido de nuestras respiraciones entrecortadas y el roce de la piel sobre la piel. Fran me levantó en vilo, y yo me enredé en su cintura con la fuerza de quien ha encontrado por fin su puerto. El deseo, que hacía unos minutos era una idea abstracta, se había convertido en un estallido de sensaciones crudas y salvajes que apenas estábamos empezando a explorar. 

El trayecto desde la puerta hasta la cama fue un borrón de manos urgentes y suspiros ahogados. No había delicadeza en nuestros movimientos, solo una necesidad voraz de devorarnos, de confirmar con el tacto cada centímetro.

  El hambre era la verdadera protagonista, una fuerza salvaje que nos empujaba a buscarnos con una desesperación casi dolorosa.

Caímos sobre las sábanas blancas del hotel, pero no hubo pausa. Fran se posicionó sobre mí, y el peso de su cuerpo fue el alivio más grande que jamás hubiera sentido.

Sus manos no recorrían mi piel, la reclamaban. Sus dedos se hundían en mis muslos, en mis caderas, dejando una marca invisible de posesión mientras sus labios bajaban por mi cuello, dejando un rastro de fuego a su paso. 

—Anna… dios, Anna —gruñó contra mi piel, y su aliento caliente me hizo arquear la espalda, buscando más contacto—. No tienes idea de cuántas veces imaginaste el olor de tu piel. Es mil veces mejor de lo que creia.

Yo no podía articular palabras, solo sonidos que nacían de lo más profundo de mi garganta. Mis uñas se clavaron en su espalda, arrastrándose por sus músculos tensos, empujándolo hacia mí.

Quería que desapareciera cualquier rastro de aire entre nosotros. La urgencia era tal que cada segundo de preliminares se sentía como una eternidad desperdiciada. 

 

Cuando finalmente nos fundimos en uno solo, el mundo exterior dejó de existir por completo. Fue una colisión eléctrica, un estallido de sensaciones que me hizo cerrar los ojos con fuerza y echar la cabeza hacia atrás. Fran se movía con un ritmo frenético, dictado por esa ansiedad de semanas, y yo le seguía el paso, perdida en la marea de su cuerpo.

Cada embestida era una respuesta a una mirada , a una una promesa susurrada de madrugada.

 El sudor empezó a brillar en nuestras pieles, el roce de los cuerpos generaba un calor casi insoportable, y el sonido de nuestras respiraciones entrecortadas llenaba la habitación, sustituyendo al silencio de nuestras casas solitarias.

 No era un encuentro romántico al uso; era un ajuste de cuentas con el deseo. Era la pasión desatada de dos personas que se habían deseado . y que que ahora, por fin, se estaban reconstruyendo en el plano de la carne.

En el clímax, cuando la intensidad llegó a su punto de no retorno, me aferré a él como si fuera lo único sólido en un universo que se desmoronaba. Fran ocultó su rostro en el hueco de mi hombro, soltando toda la tensión acumulada, mientras yo sentía que, por primera vez en mucho tiempo, estaba verdaderamente despierta. 

 

Pero la burbuja del hotel no tardó en estallar. 

 

 

 


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