El Espejo de la Verdad l
Por Ernest
Enviado el 22/05/2026, clasificado en Adultos / eróticos
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La cuarentena la encontró en la cima de una montaña que ella misma había escalado, piedra a piedra, noche tras noche. Directora de proyectos en una consultora internacional, con una agenda que parecía un rompecabezas imposible y una reputación que muchos definían como “impecable”. Otros, con menos diplomacia, la llamaban fría. Ella prefería pensar que era precisa. Controlada.
Pero bajo esa armadura de reuniones y correos electrónicos, algo se había resquebrajado hacía tiempo. Su marido se marchó con su secretaria —veinte años más joven— con la misma naturalidad con que uno cambia de coche. “Cosas que pasan”, dijo él. Nuestra hija, ya adulta y en su propio universo, apenas registró el cambio: el dinero seguía llegando puntual.
Ella siguió adelante. No podía permitirse derrumbarse. Las reuniones no esperaban a que una mujer de cuarenta y ocho años llorara en el baño. Así que cada mañana se ponía el traje sastre negro, recogía su melena rubia en un moño apretado y dirigía proyectos como si su vida no estuviera en pausa.
Hasta esa noche.
El apartamento estaba en silencio. Se quitó la ropa con movimientos mecánicos y se quedó frente al espejo de cuerpo entero. Desnuda. Sin defensas.
Allí estaba ella.
Las estrías plateadas en el vientre, recuerdos del embarazo, como ríos secos trazados por el tiempo. Los senos más pesados, más bajos. Y más abajo, esa mata oscura que había dejado crecer, como si quisiera ocultar lo que ya no usaba.
Se miró durante largo rato. No con asco, sino con una distancia casi científica. El éxito profesional había comprado muchas cosas, pero no había comprado tiempo para sí misma. Ni caricias. Ni deseo.
Apoyó la palma de la mano en el cristal frío. Sus dedos dejaron una huella que se desvaneció lentamente. Y en ese instante, algo se movió dentro de ella. No fue una epifanía ruidosa, sino un susurro:
«Algo tiene que cambiar».
No sabía aún qué forma tomaría ese cambio. Pero la semilla ya estaba plantada.
Los días siguientes fueron una niebla densa. El trabajo seguía siendo su ancla, pero por las tardes salía a caminar. No por ejercicio, sino por necesidad. Necesitaba aire que no oliera a café frío y pantallas.
Esa tarde, el sol aún calentaba las calles de Sevilla. Caminaba sin rumbo cuando las vio.
Eran dos o tres. Jóvenes, con esa confianza que parece venir de fábrica. Llevaban leggings negros que se adherían a sus cuerpos como una segunda piel, marcando cada curva con naturalidad. Caminaban riendo, despreocupadas, hablando de cosas que Elena ya no recordaba.
Se detuvo en una esquina, fingiendo mirar el móvil, pero en realidad las siguió con la mirada hasta que doblaron la esquina. No era solo envidia. Era reconocimiento. Hace veinte años ella también había caminado así.
Siguió andando, más despacio. Y en su cabeza nació una idea absurda, casi infantil.
¿Y si yo…?
Buscó en el móvil leggings anticelulíticos. Leyó reseñas, vio fotos. Eligió unos negros, de cintura alta. Al confirmar la compra, dudó. Entrega a domicilio no. Cambió a punto de recogida. Anónimo. Seguro.
Esa noche, mientras esperaba la notificación del paquete, se sorprendió sonriendo en la oscuridad. Era una sonrisa pequeña, secreta. Como si hubiera concertado una cita consigo misma.
La notificación llegó a media mañana. Fue al punto de recogida con gafas de sol y una bufanda, aunque no hacía frío. Recogió la bolsa discreta y volvió a casa.
Bajó las persianas a medias, puso Clair de Lune de Debussy y empezó el ritual.
Primero, la ducha. El agua tibia resbaló por su piel, despertándola. Se lavó con jabón de jazmín y vainilla, masajeando cada zona con lentitud reverente. Se depiló con cuidado, no por vanidad, sino por redescubrimiento. Quería sentir su propia piel, sensible, viva.
Salió envuelta en una toalla, se hidrató con crema de coco y se perfumó: cuello, muñecas, entre los senos. Soltó su melena rubia y la recogió con un pañuelo de seda al estilo de los años cincuenta.
Luego, los leggings. La tela se deslizó por sus piernas como una caricia. Se ajustaron a sus caderas, a su vientre, a sus muslos. Sin nada debajo. Se puso un top antiguo, pequeño, sin sujetador. Los senos se marcaron suavemente bajo la tela.
Se miró al espejo.
Esta vez no vio deterioro. Vio a una mujer que empezaba a reclamarse. La tela negra abrazaba sus curvas con devoción. Un calor lento comenzó a ascender desde su centro.
Sus dedos rozaron el borde de la cintura. Solo un roce. Y el cuerpo respondió.
El ritual había terminado. La sinfonía acababa de pasar del adagio al andante.
Se quedó frente al espejo, respirando. Los leggings se adherían a su piel como una segunda memoria. Cada movimiento hacía que la tela rozara justo donde más sensible estaba.
Caminó hasta la cama y se recostó. Empezó despacio: manos recorriendo sus costados, subiendo hasta los senos. Los pezones respondieron al instante.
Bajó una mano. Presionó sobre la tela, trazando la costura central. La humedad apareció pronto, haciendo que los leggings se pegaran más. Era excitante saber que su cuerpo respondía así.
Los dedos se movieron con más intención. Círculos lentos al principio, luego más rápidos. La otra mano pellizcaba un pezón con delicadeza. La respiración se volvió jadeante. La espalda se arqueó.
El orgasmo llegó como una ola que rompe contra la orilla: intenso, profundo, liberador. Gritó en silencio, el cuerpo convulsionando mientras un río cálido empapaba los leggings.
Cuando la ola retrocedió, quedó temblando, con una mano aún sobre su sexo, sintiendo los últimos ecos.
Por primera vez en mucho tiempo, su cuerpo no era un problema. Era suyo. Vivo. Capaz.
La sinfonía no había terminado. Solo acababa de concluir su primer movimiento.
Deslizó los leggings empapados por sus piernas y los besó con ternura, como agradeciéndoles. Se metió desnuda en la cama. Las sábanas frías contra su piel ardiente fueron otra caricia.
La excitación no desapareció. Se abrazó a la almohada, pero no era suficiente. Fue a la habitación de invitados, tomó otra almohada y la llevó consigo.
Se montó sobre ella con movimientos primero suaves, luego urgentes. El roce era perfecto. El orgasmo llegó rápido, intenso. Sintió una presión extraña, casi como si fuera a orinar, pero no paró. Un segundo orgasmo, más fuerte, la atravesó. Gritó. Pellizcó sus pezones duros. No dejaba de gozar.
Cuando terminó, abrazó la almohada empapada y susurró:
— Buenas noches, mi amor.
Se durmió profundamente, como hacía años que no dormía.
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