Entre Pisos -III

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Después, solo respiraciones entrecortadas.

Se apartó lentamente. Se arregló el pantalón con manos temblorosas. Yo bajé de la encimera, sintiendo cómo su corrida empezaba a deslizarse por el interior de mis muslos.

—Vuelve a la reunión de las 12 —dijo, como si nada hubiera pasado—. Trae el informe de Valencia.

Salí primero. Él salió dos minutos después.

En el pasillo, Marta me miró con curiosidad.

—¿Todo bien? Tienes la blusa… arrugada.

Sonreí con inocencia.

—La plancha falló esta mañana.

Nadie supo.

Pero todos lo sintieron.

19:03.

El piso 15 era un cementerio de escritorios vacíos. Solo una luz encendida: su despacho.

Entré sin llamar.

Alejandro estaba de pie junto al ventanal, de espaldas a mí, manos en los bolsillos. Madrid brillaba abajo, indiferente a lo que estaba a punto de ocurrir por última vez en ese lugar.

Cerré la puerta.

Esta vez sí eché la llave.

—¿Y ahora? —pregunté.

Se giró lentamente. Por primera vez no había esa sonrisa peligrosa en sus labios. Solo cansancio… y algo mucho más profundo.

—Renuncié esta mañana —dijo.

El aire se me escapó de los pulmones.

—¿Qué?

—Entregué la carta a Recursos Humanos a las 8:02. Salgo en dos semanas.

Di un paso hacia él.

—¿Por mí?

—Por nosotros. Porque no puedo firmar tu evaluación sabiendo cómo sabe tu piel. Porque no puedo mirarte en una reunión sin querer follarte sobre la mesa. Porque esto —señaló el espacio entre nosotros— es mucho más grande que un contrato.

Silencio.

Me acerqué hasta quedar frente a él. Le quité la corbata lentamente y la dejé caer al suelo.

—Entonces ya no eres mi jefe —susurré.

—No.

—Entonces ya no hay reglas.

Lo besé. Esta vez fue lento, profundo, sin prisa. Sin miedo.

Nos desnudamos como quien desarma una bomba: camisa, falda, sujetador, calzoncillos. Cada prenda que caía era un adiós al secreto que habíamos mantenido durante semanas.

Me llevó hasta el sofá de cuero. Me tumbó con cuidado y se colocó encima de mí.

Esta vez no fue urgencia. Fue memoria.

Besó cada centímetro de mi piel como si quisiera memorizarla. Sus labios bajaron por mi cuello, por mis pechos, por mi vientre. Cuando llegó entre mis piernas, me abrió con las manos y me devoró con la boca: lengua lenta, profunda, saboreándome sin prisa. Me corrí una primera vez contra su boca, temblando, susurrando su nombre.

Luego subió y entró en mí despacio, centímetro a centímetro, hasta que estuvo completamente enterrado.

Empezó a moverse. Embistidas largas, profundas, controladas. Mis piernas rodeaban su cintura. Mis uñas se clavaban en su espalda.

—Valeria… —gimió contra mi cuello.

—Alejandro…

Nos corrimos juntos, sin prisa, sin mordernos para callar. Solo luz de la ciudad entrando por el ventanal y nuestros nombres susurrados como una promesa.

Después, me abrazó. Su cabeza descansó en mi pecho. Mi mano acariciaba su pelo.

—¿Y ahora? —pregunté.

—Ahora empezamos de verdad —respondió—. Sin ascensores averiados. Sin oficinas vacías. Solo tú y yo.

Sonreí, por primera vez en semanas, sin culpa.

A las 20:17 salimos juntos del edificio. Él llevaba mi mano en la suya. Yo llevaba su chaqueta sobre los hombros.

En el ascensor pulsamos PLANTA BAJA.

Esta vez, subía.

Seis meses después 

El ático de Malasaña olía a café recién hecho y a sexo de domingo por la mañana.

Alejandro estaba en la cocina, sin camisa, removiendo huevos revueltos. Yo, envuelta solo en su camiseta vieja, lo observaba desde la isla con una sonrisa perezosa.

Se acercó, me cogió por la cintura y me sentó sobre la encimera. Sus manos subieron por mis muslos, apartando la camiseta.

—Proyecto nuevo —susurró contra mi cuello mientras sus dedos encontraban mi humedad—. Tú, yo, una start-up… y noches sin ascensores averiados.

Entró en mí despacio, profundo, con esa calma que solo teníamos ahora. Mis piernas lo rodearon. Nos movimos juntos, lento y sensual, besándonos sin prisa. Me corrí primero, contrayéndome alrededor de él con un gemido largo. Él me siguió poco después, derramándose dentro de mí mientras murmuraba mi nombre contra mi boca.

Después, en la ducha, me enjabonó la espalda con cuidado. Sus manos resbalaban sobre mi piel mojada.

—Valeria Vega, jefa de proyectos —dijo con una sonrisa.

—Y tú, mi socio favorito —respondí, girándome para besarlo bajo el agua caliente.

Nos besamos largamente.

Sin secretos.

Sin horarios.

Sin miedo.

Solo futuro.

Solo deseo.

Solo nosotros.


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