"Un aspecto fundamental de la condición humana es que somos animales contadores de historias, y necesitamos entender nuestras propias historias.”
Kenneth Kendler
(Del cuaderno de notas de unos aficionados a escribir)
¿Es posible diferenciar lo vivido de lo imaginado? ¿Acaso no son las plasmaciones de la imaginación un fruto de las vivencias y emociones conjugadas con las esperanzas, necesidades expresadas, ilusiones, deseos y esperanzas?
Cuando narramos, una parte (tal vez la más substancial) de nosotras mismas como personas completas es lo que toma cuerpo y se transforma en otra cosa más misteriosa, una especie de energía que es trasladada a las lectoras y los lectores y que (¡cómo describirlo con alguna expresión que pueda contener la riqueza de matices que se estructura en un relato, aun simple…!) pueden sentir en lo más profundo en lo que toman (tomamos) parte; algo que conecta con una o uno mismo. Un relato, un cuento, una narración cualquiera, participa del texto que conduce a quien lee al ambiente (eso es lo más fundamental), al “mundo" de quien escribe. De algún modo, quien lee y quién escribe se funden en las vivencias creadas y son tan reales como el mundo exterior a los individuos.
¿No es algo muy parecido al amor?
Tal vez por eso, las historias nos acompañan desde siempre. Antes incluso de aprender a escribir ya contamos historias al mundo. En el juego simbólico en la infancia, en las canciones, en los recuerdos repetidos una y otra vez para no olvidar nada de lo vivido.
Narrar no es solo un acto creativo: es también una manera de existir.
Y quizá ahí resida una de las sensaciones más hermosas que sentimos: aquello que jamás ocurrió puede llegar a emocionarnos con una intensidad absoluta, mientras que ciertos hechos reales se desdibujan hasta parecer inventados. La imaginación no se opone a la verdad; muchas veces la revela de otra manera, en otro formato.
Hay emociones que solo encuentran su lenguaje en la ficción y sin ella son difícilmente expresadas.
Quien escribe, aun cuando crea personajes lejanos, mundos inauditos o imposibles, deja inevitablemente una huella de sí mismo en cada línea. Un gesto, una pérdida, un miedo apenas insinuado, una esperanza que ni siquiera sabía que conservaba.
Y quien lee lo escrito, reconoce algo de todo ello, porque también habita en esas mismas grietas invisibles, porque también hay huellas parecidas en su camino. Tal vez por eso un libro puede hacernos sentir acompañados incluso más que con determinadas personas. Porque el libro no oculta, muestra, el libro no miente, sino que plasma lo que no somos capaces de asimilar, de aceptar o de decir.
Leer y escribir son actos profundamente íntimos, pero también son puentes. Un relato logra que dos soledades se encuentren por un instante y compartan una emoción común. De pronto, alguien descubre en palabras ajenas algo que llevaba dentro y no sabía nombrar.¿No será entonces que las historias funcionan como una forma de reconocernos mutuamente? Como si, detrás de cada narración, existiera el deseo silencioso de decir: “esto he sentido yo también”. Y quizá ahí, precisamente ahí, sea donde la literatura se aproxima tanto al amor: en la necesidad de ser comprendidos y en lo difícil que puede llegar a ser conseguirlo.
Porque, al final, amar y narrar se parecen en lo esencial: ambos son un intento humano de permanecer en el corazón de otro ser, aun después del silencio.
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